17 de enero de 2007

Vicios y virtudes

por Ricardo Gondim

Dicen que la genialidad camina muy cerca de la locura. Todo el mundo tiene por lo menos una historia de un conocido inteligentísimo, pero con un tornillo flojo.

No sólo los genios caminan al borde la locura. Todos nosotros, con nuestros actos y actitudes, cargamos la posibilidad de desequilibrarnos, tiñendo nuestra vida con maldad.

Un ejemplo. Como me gustan los libros, me seducen los depósitos de bibliotecas. En una de esas visitas, vi en un estante, una enorme cantidad de libros amontonados como si hubieran pertenecido a una sola persona. El gerente del establecimiento me contó que aquella biblioteca era de un empleado del Banco de Brasil; uno de esos incansables, que no toman vacaciones – en el caso de él fueron 17 años sin parar.

Un nuevo jefe de departamento, que necesitaba hacer una reorganización interna, le insistió para que fuera a descansar durante aquel periodo de reestructuración. Un mes después, todo había cambiado; la disposición de los muebles, los armarios y, principalmente, el orden de los cubículos de trabajo.

Indignado con la nueva disposición, aquel empleado volvió a su casa y se suicidó. Su minuciosa diligencia por el trabajo y su obsesiva disciplina lo habían dejado neurótico. La familia vendió todos los libros debido a su trágico fin.

Sí, algunas virtudes pueden enfermar de tal manera, que se transforman en defectos.

Una persona sincera corre el riesgo de volverse inconveniente. Que desagradable es la transparencia de algunos críticos que se sienten tan comprometidos por mostrarse cándidos que acaban siendo personas intragables. Toda sinceridad necesita ser precedida de gracia, intimidad y ser equilibrada con el consejo.

Los valientes deben cuidarse de no permitir que su valentía se transforme en obstinación, porque los obstinados corren el riesgo de despreciar tanto las personas como los sentimientos. Toda intrepidez sin equilibrio puede transformarse en una obsesión enfermiza.

Diligencia sin moderación puede degenerar en activismo. Se queda uno tan absorto en lo que hace, que pasa a sufrir una “trabajolatría”, padeciendo de un complejo mesiánico.

Ser diligente sólo es bueno cuando ello no induce el pensamiento de que somos dioses. Cuando alguien se excede en la búsqueda de la perfección, tiende al preciosismo, a una meticulosidad asfixiante. Los ojos de la gente demasiado juiciosa se aguzan como lupas, hurgando hasta lo que no deben.

Es necesario que la fe no derrape en dos desvíos demasiado serios: credulidad y presunción. Una persona puede ser tan crédula que llega a creer en todo lo que otros dicen. Sin embargo, el libro de Proverbios afirma “El ingenuo cree todo lo que le dicen; el prudente se fija por dónde va.” (Prov. 14:15)

Aun existen los que imaginan poseer tanta certeza espiritual que llegan a alucinar que pueden anticipar hasta lo que Dios aun hará.

No me siento libre para caminar al lado de personas enfermas de un rigor sobrehumano. Busco estar al lado de quien se relaja y de quien logra encontrar sus propios defectos, e intenta cambiarlos, dentro de lo posible.

Soli Deo Gloria.