Crudeza histórica
por Ricardo Gondim
Los americanos utilizan una expresión tosca cuando quieren terminar con un parloteo: “let’s cut the crap”. En español, un poco menos tosco, sería “basta de tonterías”.
La Navidad se terminó, cualquier aura sentimentaloide se desvaneció, y el juego bruto de la historia ya se impone. Las noticias del día 27 de diciembre nos muestran cómo será el nuevo año. Israel bombardeó la miserable Franja de Gaza, y hay más de 120 muertos. Madres desesperadas buscan entre los escombros lo que queda del cuerpo de sus hijos, ¡las bombas no seleccionan objetivos, matan indiscriminadamente!
La complicada ecuación de la geopolítica palestina aún contiene el elemento religioso. Y, para mi vergüenza, la tradición evangélica de la que fui parte legitima el derecho de expulsar, matar y diezmar a los palestinos, basándose en la posesión de la tierra que Dios dio a Abraham hace milenios. Pero delante de la carnicería mundial, ¿qué son 120 palestinos muertos? El mismo día quizá el doble muere en Darfur, Congo o Zimbabwe.
La historia siempre fue cruda. Sólo en el siglo XX, los turcos despedazaron a los armenios; rusos exterminaron millones de rusos; Europa se ahogó en sangre en la Primera Guerra Mundial; los nazis perfeccionaron las técnicas de exterminio en masa; los americanos lanzaron dos bombas atómicas sobre la población de Japón; la Guerra Civil Española fue horrenda; los chinos impusieron el comunismo en base a la fuerza bruta; Vietnam, Camboya y Laos tuvieron sus holocaustos; dictadores latinoamericanos torturaron, asesinaron y mutilaron indiscriminadamente; en Ruanda, fueron suficientes 45 días para diezmar ochocientos mil con hachas y machetes.
Las luces navideñas, los fuegos artificiales del Año Nuevo y las apoteóticas aperturas de los Juegos Olímpicos no son más que trapos rotos, que intentan disfrazar la lepra de nuestra Historia. Somos lobos feroces. Creamos lógicas que legitiman la muerte de los inocentes -¿daños colaterales por el bien mayor de la humanidad?- e invocamos a dios para bendecir nuestra maldad. Escribimos teología para explicar nuestro porvenir pero somos peores que los chacales, predadores que acechan aun cuando no tienen hambre.
Las bombas que cayeron sobre Gaza me dejaron con el mismo gusto amargo del Tsunami de hace algunos años. Por cierto, let’s cut the crap, ese rollo de año nuevo es puro cuento.
Soli Deo Gloria.
(Dos horas después, el número de muertos llegó a 205. Cuatro horas después, 220 muertos. Al día siguiente, más de 300 muertos -entre ellos 150 niños-. La carnicería continúa 36 horas después, 350 muertos. Habrá que esperar más malas noticias).



El mundo nunca más será igual. La economía capitalista tocó el fondo del pozo. Se desmoronó el último mito de la modernidad. Un evangélico, que se jactaba de buscar la sabiduría divina, presidió la más devastadora crisis económica desde la Gran Depresión de 1929. George W. Bush entrará en la historia como un líder incompetente. Además de ser beligerante, no impidió la lujuria de los especuladores ávidos por dinero fácil. Una vez más, la gran Babilonia, que no tiene escrúpulos en negociar con el alma de los hombres, se arrastra enloquecida.
En Jerusalén había un estanque que estaba cerca de un mercado de animales. Como siempre había sido una ciudad muy mística, alguien comenzó a decir que las aguas de esa fuente eran milagrosas. Rápidamente, la noticia tuvo dimensiones extraordinarias y escandalosas; en el mercado se decía que un ángel venía del cielo una vez al año, movía las aguas, y el primer enfermo que se sumergiera sería sanado.











