7 de marzo de 2007

Mea Culpa

por Ricardo Gondim

Me gusta el rito de la misa católica cuando, en la hora de la contrición, los fieles repiten: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Me gusta también cuando, un poco antes de la Cena, los pastores protestantes piden a las personas pasar unos momentos en contrición y arrepentimiento.

Por cierto, siento que hace falta que se hable más de arrepentimiento en los días actuales. Parece que ya nadie se equivoca, es malo o hace tonterías. Hace poco, un ejecutivo de una multinacional perjudicó a millones de personas, fue condenado, pero murió sin pedir perdón. En Chile, el dictador que torturó con barbarie a miles de inocentes fue sepultado sin que jamás hubiese pedido clemencia. En Irak, varios líderes del antiguo régimen fueron ahorcados sin ningún pedido de absolución.

Lamentablemente, los propios cristianos olvidan que en su primer sermón, Juan el Bautista llamó al arrepentimiento. Jesús también comenzó a predicar repitiendo lo mismo: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca” (Mateo 4:17).

Mis padres me educaron en la rigurosa disciplina del cinturón. ¡Ay, como dolía! Sin embargo, no resiento aquellos métodos anticuados – era la única manera que ellos conocían para corregir a sus hijos. Recuerdo que allá en nuestra casa errar no era tan grave como intentar encubrir o mentir sobre nuestros desaciertos.

El mundo necesita que más personas se conduzcan como el publicano de la parábola de Jesús en Lucas 18:13, “En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: '¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!'” Siempre que leo este versículo, me conciencio que necesitamos luchar para revertir la actual tendencia de culpar a los otros, justificando nuestros malos hechos.

El presidente George W. Bush necesita pedir perdón por haber mentido. Él se valió de falsos pretextos para invadir otro país. Afirmó que Irak amenazaba con armas de destrucción masiva y cobijaba terroristas de Al-Qaeda. Después de una guerra desigual y de una serie de trastornos en la ocupación del país, condenó a millones de inocentes a sufrir y morir en una guerra civil. Al revés de pedir perdón por sus falsedades, él no solo insiste en el error sino que además intenta aumentar el número de soldados en un esfuerzo desesperado por resolver el problema con más combates.

Algunos de los principales líderes evangélicos estadounidenses necesitan pedir perdón por haberse posicionado en favor de la guerra. Ellos confundieron el mensaje del Evangelio con la cultura de su país; no denunciaron el clima de venganza que se diseminaba después del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001; se equivocaron al buscar en el Antiguo Testamento textos para una “guerra justa”; adhirieron a los planes bélicos del Pentágono; alegaron que confiaban en las decisiones del presidente evangélico que decía pedir orientación a Dios. Después de tanta sangre derramada, tales pastores tienen sus manos manchadas de sangre y deben arrepentirse.

El presidente Luis Inácio Lula da Silva necesita pedir perdón por no haber tratado las iniquidades éticas de sus auxiliares con rigor. Después de haber defendido la ética en la política por décadas, él no podía decir que “no sabía” lo que sucedía en la habitación de al lado. Su currículo se ensució y se volvió condescendiente con los vicios morales que condenan a Brasil a permanecer como una nación injusta.

Algunas de las principales denominaciones evangélicas necesitan pedir perdón por los desmanes administrativos de sus instituciones. Editoriales, colegios y emprendimientos en radio y televisión quebraron, y desapareció el dinero sudado de las personas pobres. La manera como lidiaron con sus fracasos, infelizmente, repitió los padrones del mundo: encontrar un chivo expiatorio, castigarlo y continuar tocando la máquina eclesiástica como si nada hubiese pasado.

Los medios de comunicación denunciaron varios ilícitos practicados por los evangélicos, y cuando se esperaba alguna manifestación de los predicadores, hubo silencio. Algunos intentaron explicar los hechos con la alegación de la “persecución religiosa”. Cuando los promotores del Ministerio Público señalaron crímenes practicados en nombre de la fe, se escuchó que eran agentes del diablo.

Entiendo que Dios no trata a los pecadores con dureza e inclemencia. Él apenas pide que las personas sean honestas cuando se equivocan; que no intenten justificar cínicamente sus maldades.

Arrepentirse es una decisión de cambiar los rumbos de nuestra vida; nace cuando compungidos, desistimos de intentar arrojar las consecuencias de nuestros actos sobre los otros. David fue llamado “un hombre según el corazón de Dios” aún después de haber cometido adulterio y homicidio. Después de casi un año intentando encubrir su perversidad, David admitió su monstruosa maldad, aceptó la reprimenda del profeta y compuso un Salmo para lamentar su mal y mostrar como Dios trata a los transgresores: “Tú no te deleitas en los sacrificios ni te complacen los holocaustos; de lo contrario, te los ofrecería. El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido” (Salmo 51:16-17).

Como mi techo también es de vidrio, y no cualifico, propongo un día de arrepentimiento para que podamos volver, ser buena gente, y soñar con un mundo mejor.

Soli Deo Gloria.