30 de enero de 2007

Piensa, por favor, ¡piensa!

por Ricardo Gondim

Las personas más ancianas adquieren algunos derechos con la edad. No necesitan esperar en las filas, tienen descuento en las boleterías de los teatros y, en Brasil, no pagan pasaje de autobús.

Envejecer tiene también algunas ventajas menos percibidas. A aquellos con más experiencia, se les otorga el derecho, por ejemplo, de enojarse. Esto permite que ellos puedan reclamar por ruidos molestos, por casas desordenadas y por otras cosas que les fastidian en la vida.

Estoy lejos de volverme un viejo, pero ya quiero reivindicar por lo menos un privilegio.

Quiero el derecho de enojarme con personas que tienen pereza de pensar. Acabo de descubrir una cosa horrorosa: el número de flojos mentales es mucho mayor de lo que jamás imaginé.

Recientemente un alumno de una escuela de teología visitó mi página y me envió el siguiente mensaje:

“Ricardo, mi profesor me advirtió que andas escribiendo muchas herejías y que yo debo apartarme de tu perjudicial influencia. ¿Qué tienes para decirme? ¿Es verdad?”

Confieso que mi genio cearense “cabra da peste” me hizo hervir la sangre. Tuve ganas de tirar mis escrúpulos a los tomates y responder al novicio: “Don bobalicón, acabas de entrar a una página con centenas de textos que escribí en los últimos cuatro o cinco años. ¿Por qué no te das el trabajo de leer y sacar tus propias conclusiones sobre mi persona?”.

Me imaginé que él iba a quedar demasiado dolido y cerré su mensaje. No respondí nada, pero pensé: “Realmente no parece justo que haya tantos obstáculos para la genialidad y que sea tan fácil la imbecilidad”.

Pensar no es difícil. Puede ser peligroso, pero no es complicado; puede ser trabajoso, pero no está prohibido.

Es preferible correr el riesgo de exponerse a las amenazas de un hereje ponzoñoso como yo, que ser encabestrado por un profesor obtuso y prejuicioso. Es mucho más digno tener opinión propia que repetir preconceptos ajenos.

La religión intenta preservarse creando “Guantánamos” donde tirar a aquellos que ella considera terroristas. Allá enmohecen los “Galileo” que osaron afirmar sus constataciones científicas; allá se pudren los “Huss” que no se conformaron a las anteojeras farisaicas que le fueron impuestas; allá mueren los “Martin Luther King” que no se inclinaron frente al status quo.

La religión de certezas no tolera que la espiritualidad conviva con incertidumbres. El fariseo necesita crear sistemas lógicos para que sus opiniones perduren inquebrantables. Él apedrea a todos los que se exponen a otras verdades. Y quien tuviere el atrevimiento de pedir explicaciones será exiliado.

La postura de la elite eclesiástica es: rotúlese como apóstata a todo aquel que mire por encima de nuestras cercas para ver si hay algo de vida fuera de nuestro estrecho pasillo dogmático.

El religioso no defiende la libertad de pensamiento, por el contrario, busca crear enojo y mala voluntad contra los “rebeldes” para que nadie reflexione nunca acerca de lo que ellos afirman.

Así y todo, ni todos dan valor a la libertad, algunos prefieren marchar como bueyes al matadero; otros, cabizbajos, adoran obedecer sin cuestionar.

Hay momentos que tengo unas ganas locas de gritar: “Piense, amigo. ¡Por favor, piense!”. Tengo el impulso de arrodillarme delante de algunas personas e implorar: “Mi hermano, lea más. Intente adquirir la mayor riqueza que alguien puede poseer: buen juicio”.

Creo que llegué a la edad de confesar que me pongo nervioso cuando estoy cerca de gente que se dejó masificar por el ambiente religioso. No soporto más conversar con personas que se contentan en repetir el discurso de la jerga evangélica y no hacen el menor esfuerzo por razonar aquello que acaban de decir.

Cada día se me vuelve sumamente difícil leer mensajes iguales al que recibí del joven seminarista; todavía voy a necesitar de mucha paciencia.

¡Que Dios me ayude!

Soli Deo Gloria.

29 de enero de 2007

Recordando que soy polvo

por Ricardo Gondim

Ahora se que soy quebradizo como una galleta en la mano de un niño, efímero como los banderines que se deshacen en el ventarrón.

Descubrí que mi pecho se puede descomponer con cualquier lluvia fuerte, y que no soy más que una marca en el camino, dibujada para desaparecer bajo las pisadas ajenas. No falta mucho para que se agoten mis días y, sin canciones de cuna, cerraré los ojos a esta tierra.

Ya aluciné como un Quijote enloquecido, pero el mundo me venció. No desarticulé ningún cartel de cocaína, no deshice ningún comercio internacional de armas, no acabé con la prostitución infantil, no trabajé para ninguna clínica de enfermos de sida en África. Planté iglesias, pero como agente transformador de la historia sólo conseguí arañar la superficie. Envié misioneros, pero quedaron pocos, la mayoría fueron tragados por culturas fuertísimas e historias milenarias. Por la falta de recursos financieros, hicimos lo mínimo.

Trabajé como un mesías omnipotente, pero me cansé en esa arrogancia. No vi crecer a mis tres hijos porque deseaba predicar en congresos que, sólo hoy lo veo, servían más para inflar egos que para ayudar a la construcción del Reino. Viajé cientos de miles de kilómetros para, abatido, ver el avance desenfrenado de una teología mercantilista, egocéntrica, dogmática y fundamentalista. Dejé a mi mujer llorando en casa porque me creía esencial en un evento que, mirando hacia atrás, no era más que un programa para fortalecer instituciones humanas. Dejé, muchas veces, mi cama y mi almohada para dormir en hoteles baratos, porque me veía como Atlas, teniendo que cargar el mundo en la espalda. Hice pocos amigos porque encontraba que necesitaba atender a todas las personas.

Lamento no haber tenido tiempo para conversar, al final de las tardes, con mi querida abuela, que tanto pidió mi presencia. Yo me sentía obligado a visitar a un miembro de mi iglesia que nunca me consideró su amigo. Él sólo quería usar un poco de mi falsa omnipotencia.

Viví como un dios inmortal y desperté tardíamente a mi finitud. Con treinta años de edad, consideraba que la vejez esperaría siglos para visitarme. Ahora, con cincuenta y dos, ella me hace señas desde una esquina lluviosa y fría. Que tonto fui al creer que podía desperdiciar momentos preciosos y que mi calendario se prologaría para siempre.

Desisto de mis quijotadas, mi falsa omnipotencia y de los deseos de ser eterno.

Así que, tomo algunas decisiones:

1. Seguiré luchando sin la presión de tener que ser correcto y salir airoso. Haré el bien porque vale la pena, aunque no haya ninguna recompensa por ello. Deseo terminar mi caminata al lado de personas queridas y sentirme como en aquellas películas en que un puñado de héroes idealistas se preparan para enfrentar, y probablemente ser aplastados, por un ejército y uno de ellos le dice a los otros, creyendo que esas son sus últimas palabras: “Fue una honra luchar al lado de ustedes”.

2. Para aceptar cualquier compromiso o hablar en alguna conferencia, usaré dos, únicamente dos criterios: a) ¿las aspiraciones, el rumbo y las intenciones de ese evento contribuyen con las ansias más profundas de mi alma? b) ¿estaré entre amigos que se prefieren los unos a los otros en honra?

Quiero prepararme para el último tiempo de mi vida. No tengo más tiempo para comportarme como un neófito porque, como dicen los americanos: “the stakes are too high!”.

Soli Deo Gloria.

27 de enero de 2007

La religión es la cocaína del pueblo

por Ricardo Gondim

Viví parte de mi adolescencia durante las décadas de los sesenta y los setenta. En aquellos años, los Beatles y los Rolling Stones reinaban en la música. Se discutía el existencialismo de Sartre en los barcitos de Ipanema. Las mujeres se liberaban leyendo a Simone de Beauvoir. El Che Guevara inspiraba los ideales revolucionarios de los latinoamericanos. Las drogas se volvieron una obsesión mundial. Muchos jóvenes caminaban por las veredas que comenzaban en Ámsterdam, seguían por Afganistán y llegaban a la India en búsqueda de hachís. La marihuana dejó de ser consumida en el submundo de la marginalidad y dominó las universidades de toda América. Se tomaban dosis mínimas de LSD para viajar por horas en el mundo alucinógeno. Los pinchazos de heroína intravenosa acortaban la vida de miles.

Los tiempos cambiaron. La rebeldía de los jóvenes se aquietó, los héroes comunistas cayeron, el consumismo sustituyó las antiguas aspiraciones revolucionarias y la música techno sustituyó al rock. Aquellas drogas que entorpecían y dejaban a sus consumidores en un estado zen, fueron reemplazadas por otras que activan, energizan y potencializan. Se sustituyeron las drogas que causaban entorpecimiento por otras que daban una sensación de poder y de autonomía. Así que, hoy casi no se habla más de heroína o LSD. Las drogas de moda son la cocaína y su versión más barata, el crack. Y crece la búsqueda por drogas sintéticas, como el éxtasis, que prometen un mejor desempeño, incluso sexual.

La religión también cambió mucho. En aquellos años, predominaba entre los jóvenes el concepto que la religión servía a los intereses de las elites, pacificando a los oprimidos. Los debates reforzaban el pensamiento de Karl Marx que en 1844 afirmó: “El sufrimiento religioso es, por una parte, la expresión del sufrimiento real, y por la otra, la protesta contra el sufrimiento real”. Marx creía que “la religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una situación carente de espíritu”. Mis contemporáneos repetirían su conclusión: “La religión es el opio del pueblo”.

Marx no afirmaba que la religión es un narcótico cualquiera. Él la identificaba como un entorpecedor poderosísimo en sus días: el opio. Las condiciones sociales perversas de la Europa en el siglo XIX condenaban a los trabajadores a ser poco más que esclavos. Marx entendía que las mismas condiciones también producían una religión que prometía un mundo mejor sólo para la próxima vida. Así que, tanto él como sus seguidores difundieron que la religión no es sólo una ilusión, sino que cumple una función social: distraer a los oprimidos. Por eso, afirmaba que la religión es un narcótico que no solamente alivia el dolor del trabajador, también le embriaga, robándole el poder de transformar su realidad. Para él, la esperanza religiosa era un opio que prometía felicidad en el porvenir, posponiendo el furor revolucionario. Lo peor es que él tenía razón en su análisis. La iglesia de sus días realmente estaba decadente y, aliada a la aristocracia, desempeñaba exactamente ese papel anestésico.

Sin embargo, en la posmodernidad, la religión ya no cumple esa tarea entorpecedora. En occidente, la propuesta religiosa viene crecientemente volviéndose parecida a otra droga: la cocaína. El neoliberalismo, padre de este consumismo materialista tan bien representado por la fascinación por los shoppings y por las marcas famosas, ya entorpece como el opio. Por otro lado, le religión de hoy busca excitar y producir sensaciones de poder parecidas a las de la cocaína.

Las iglesias neopentecostales se multiplican prometiendo que las personas tienen el derecho de ser felices aquí y ahora. Repiten hasta el cansancio que nadie necesita transferir para la eternidad lo que puede ser reivindicado ya. Insisten en la promesa hecha a Israel de que el fiel “es cabeza y no cola”. Y así el creyente que frecuenta los cultos de prosperidad, recibe semanalmente una inyección de cocaína espiritual en la sangre, haciendo que se sienta el dueño del mundo. Aunque sea por algunos minutos de culto, sueña con todo lo que sus ojos gulosos vieron a las empresas de marketing anunciar en televisión.

Las iglesias se transforman en islas de fantasía capitalista. Empresarios fallidos, artistas en el fin de sus carreras, jugadores de fútbol fracasados, empleados no cualificados, corren tras interminables campañas en busca de revertir la pretendida “maldición” que acecha sobre sus vidas. Y, después de ser despojados, son devueltos a la dura realidad de la vida, obligados a enfrenta el fastidio de los lunes. Colgados en los trenes suburbanos o en una fila burocrática sufren tristes y deprimidos como los bailarines del carnaval que vuelven a su destino en la madrugada del miércoles de ceniza. Enfrentan solos la dura realidad de que no son reyes ni reinas, son nada más que subempleados obligados a vivir con un sueldo miserable.

La propia definición de lo que es la fe viene sufriendo enormes cambios. Antiguamente se entendía la fe como una adhesión a un concepto teológico, lo mismo que una habilidad sensorial de percibir el mundo espiritual. Personas de fe discernían las acciones de Dios y del mundo espiritual con mayor perspicacia. Eran personas que confiaban en el carácter de Dios, aun sin evidencias que comprobasen su palabra. Hoy se entiende la fe como una mera capacidad de instrumentalizar los poderes de Dios de manera egoísta. Por eso, la fe y la cocaína se parecen mucho: dan una falsa sensación de poder y generan personas artificialmente soberbias. Sin embargo, la resaca tanto de la cocaína como la de la fe posmoderna es horrible, pues siempre viene acompañada de depresión y de desengaño.

La droga religiosa de hoy es siempre estimulante. Por eso los nuevos mercachifles de la fe necesitaron redefinir, incluso, a la persona de Dios. La divinidad posmoderna sólo existe para servir a los caprichos de las personas. Los cultos se transformaron en centros de perfeccionamiento y esfuerzo humano. Las iglesias dejaron de ser espacios para dar culto a la divinidad y se especializaron en enseñar como manipular a Dios. Las liturgias espiritualizan las técnicas más populares de cómo “liberar el poder de Dios”, “alejar deudas”, “tomar posesión de derechos”, “conquistar gigantes”. Las personas se acercan a Dios llenas de derechos, caprichos, creyendo ser el centro del universo y que todo y todos les deben favores. Se pierde el estado de asombro, de reverencia y sumisión al Eterno.

Así que, el objetivo de toda actividad religiosa es homocéntrica, nunca teocéntrica. Las iglesias terminan transformándose en mostradores de servicios religiosos y la relación del pastor con los fieles es la misma que la del empresario con sus clientes. Se multiplican los esfuerzos por ofrecer una mayor gama de actividades que agraden a los clientes que se vuelven feroces consumidores religiosos y con un tremendo nivel de exigencia.

Creo que el genuino mensaje del evangelio no puede ser comparado al opio como hizo Marx y tampoco con la cocaína, como hacen los predicadores de la religiosidad posmoderna.

Jesucristo no prometió un porvenir color de rosa que anestesiara. Sus discípulos fueron convocados a ser sal de la tierra, a leudar la masa, a enfrentar a los reyes poderosos, a transformar la realidad aquí y ahora. Antes que se levante el sol de justicia y que el Señor vuelva trayendo salvación sobre sus alas, Él comisionó a su iglesia para enfrentar las estructuras humanas que producen la muerte y declarar la guerra al propio infierno. Tampoco prometió que nos volveríamos dueños del mundo, ricos y prósperos. Fuimos llamados para encarnar el mismo sentir que hubo en Cristo, que siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

El culto no debería ser disminuido al punto de transformarse en un centro de autoayuda. No necesitamos aprender técnicas que nos ayuden a obtener el favor de Dios. Necesitamos sí aprender a celebrar su gran amor de Padre que nos ama, a pesar de nuestra propia pequeñez.

Creo que Marx estaba en lo cierto cuando denunció lo que estaba ocurriendo con la iglesia que se colocaba al servicio de la aristocracia. Aquella religión enferma y muerta, realmente merecía el mote de opio del pueblo. Los líderes religiosos que comían en las mesas de los poderosos y que eran indiferentes de la suerte de los miserables, realmente buscaban entorpecer al pueblo.

Lo que se ofrece desde muchos púlpitos posmodernos no es el Evangelio de Jesús de Nazaret, sino mera cocaína religiosa. Estaremos obligados a coincidir, con algún otro filósofo ateo, en que esa religión pragmática que se esparce en occidente hace juego con el narcótico de moda.

Ya se escucha el murmullo de las piedras. Urge que los profetas comiencen a hablar.

Soli Deo Gloria.

24 de enero de 2007

Inquietudes inmediatas

por Ricardo Gondim

Recientemente participé de un encuentro de teólogos, aunque yo no lo sea. Allí hice picadillo a la llamada iglesia evangélica brasileña con sus disparates teológicos y éticos, otros me acompañaron, igualmente indignados. Denunciamos las agendas frustradas de las iglesias neopentecostales. Uno de los participantes llegó a pensar en convocar a un Concilio para definir cuál es el genuino movimiento evangélico, heredero de la Reforma. Bramé más que todos contra el tumor de los neopentecostales.

Regresé a casa y comencé a sentirme un verdadero fariseo. De aquellos que se indignan con una tilde y una coma de la ley que fue quebrantada, pero que hace enormes concesiones en lo esencial.

Me inquieté por haber predicado en ambientes en que sería incómodo hablar en contra de la injusticia social que condena a millones de personas a vivir en una miseria vergonzosa. Y para no perturbar, discurrí sobre asuntos esterilizados, insípidos y que no perturban la complacencia burguesa.

Confieso que continúo callado delante de los grandes debates y no me comprometo con las causas humanas. Es allí cuando me confronto a mi mismo: ¿Será que me adecué al sistema y encuentro que ya no puedo, y no quiero, revolver el avispero? ¿Me siento cómodo? Comienzo a pensar que esas comodidades éticas no son sólo un desvió de mi propia vida, sino del contexto religioso en que vivo. Convivo con una religión rápida y ágil para denunciar lo que es de menor importancia, elástica y lenta para detectar lo que es inconveniente y siempre silenciosa para el profetismo real y genuino. Creo que ni siquiera conocemos el verdadero carácter del oficio profético. La camisa de fuerza de la teología sistemática no me deja ser creativo, las cataratas espirituales del dogmatismo secular oscurecen mi visión y la persecución del gueto me amenaza cuando quiero pensar con libertad.

La pandilla de la teología ortodoxa se indigna con las aberraciones neopentecostales, pero no escucho de ellos una sola denuncia contra el nacionalismo evangélico norteamericano que bendijo una de las mayores mentiras de la humanidad (¿dónde estaban las armas de destrucción masiva de Irak?), como mató mucha gente inocente, meros efectos colaterales de una guerra sin propósito. No se escucha nada, sólo un silencio dubitativo.

Participo de un medio que denuncia a Benny Hinn y a Kenneth Hagin, pero se calla frente al fundamentalismo de derecha del status quo evangélico; tememos confrontar el patio de los famosos como Franklin Graham, Pat Robertson, John McArthur, Chuck Colson, etc. Cuando los militares dominaron la escena política brasileña, hicimos un acuerdo tácito con ellos. Ellos nos dejaban predicar, realizar nuestras campañas evangelísticas, y nosotros los dejábamos en paz, torturando en los sótanos y enriqueciendo a las elites. ¿Por qué yo tengo dificultades en sentarme en la mesa de los neopentecostales y no tengo escrúpulos en participar de la rueda de los ricos pastores del primer mundo, que bajo el manto de conservadurismo teológico, empujan la agenda de la derecha conservadora americana? Ellos ciertamente leen del manual de instrucciones de Bush. La Mayoría Moral batalla contra el aborto, contra los homosexuales, pero defiende la pena de muerte y apoya el discurso de la Asociación Nacional del Rifle, una de las más anacrónicas entidades que defiende el uso de armas.

¿Será que nos vemos como guardianes de la inerrancia, vigilantes de la ortodoxia apostólica, y sin embargo perpetuadores de una religiosidad cada vez más desconectada del mundo real; cada vez más insípida?

La gran verdad es que nosotros los evangélicos, continuamos especializándonos en lo irrelevante. Nuestra agenda no tiene la menor bifurcación hacia la lucha contra el preconcepto racial o de género. No revertimos la suerte de millones de niños que viven en las fétidas periferias de las metrópolis brasileñas. Sin embargo, convocamos más forums para discutir nuestra identidad evangélica, e indignados con aquellos que difieren de nuestra cartilla teológica, bramamos con nuestro furor farisaico.

Creo que hay enormes defectos genéticos en nuestra identidad; la cultura que nos formó venia con anomalías. Nuestra cosmovisión nació de una aberración de la naturaleza espiritual: religión sin alma. Acabo concluyendo: Enfermaron mi alma, y no me doy cuenta siquiera que enfermedad sufro…

Soli Deo Gloria

23 de enero de 2007

Quiero aprender a lamentar

por Ricardo Gondim

El profeta Ezequiel comió un libro repleto de lamentos, llantos y ayes. Después de llenar su estomago, afirmó: “Y yo me lo comí, y era tan dulce como la miel” (Ez. 3:3). ¿Cómo puede tal libro saber dulce en la boca de alguien? Es muy extraño saborear lamentos en una sociedad hedonista y obsesionada por el éxito. Pero, felices los que lloran y alivian el corazón de sus dolores; ellos consiguen ahogar sus coherencias con lágrimas; lloran sin la persecución de la lógica y no les importa la censura. Alguien dijo que el poeta sólo es poeta si sufre, también puede afirmarse: el profeta sólo es profeta cuando aprende a lamentar.

Abracé, por años, una fe discursiva, triunfalista y racional que me hizo olvidar el valor del lamento. Yo asociaba el llanto a la debilidad. Consideraba que el mensaje del evangelio transformaría a las personas en vencedores imbatibles y que nada podría sacudir a un creyente. Hasta que leí al teólogo judío, Abraham Joshua Heschel. Con él aprendí una nueva dimensión sobre la intimidad con Dios. Heschel afirmaba que los profetas no fueron meros portavoces de la voz divina, sino personas llamadas para comulgar con el pathos de Jehová – palabra griega que significa sentimiento. Para él, ser profeta representaba el privilegio de participar de las emociones divinas. Así que, cuando Jeremías, por ejemplo, llora y lamenta, las lágrimas no son suyas, sino las de Dios.

El apóstol Pablo también pensó en esa identidad profética al afirmar en Filipenses 1:29. “Porque a ustedes se les ha concedido no sólo creer en Cristo, sino también sufrir por él”.

Así que, quiero volverme íntimo de Dios, no sólo para celebrar su presencia en lo que hay de bonito y loable, sino también para aprender a lamentar con Él, los horrores de un mundo que no comprende su voluntad.

Quiero conocer el corazón de Dios para lamentar la suerte de África que viene siendo diezmada por el avance del sida. Sabré llorar la muerte innecesaria de millones de niños que se amontonan en campos de refugiados, expulsados por las guerras étnicas. Lamentaré el descanso de las naciones ricas, tan preocupadas consigo mismas. Sufriré porque ellas se comportan como Caín, que le respondió al Señor: “¿Soy yo responsable por mi hermano?”.

Quiero conocer el corazón de Dios para lamentar el drama de los pequeños países latinoamericanos sin recursos naturales y sin posibilidades para pagar sus deudas. Con los ojos llenos de lágrimas, recordaré que toda América Latina fue robada, explotada y usada por imperios que se llevaron de aquí oro, plata, cobre, hierro, madera y bananas. Lamentaré que no haya una justicia retributiva para que esos países sean indemnizados y no sufran tanto. Lloraré por la hemorragia de la riqueza latinoamericana que gasta todo lo que produce para pagar intereses extorsivos.

Quiero conocer el corazón de Dios para lamentar lo que sucede en mi patria. Lloraré por los ríos que se convirtieron en cloacas, por los bosques talados, por la saña del mercado y por las playas que perdieron su virginidad blanca, inundadas de basura. Sentiré mi corazón apuñalado cuando recuerde que Brasil se volvió una amenaza para la humanidad; una Amazonas desvastada representará, tal vez, el desequilibrio final y total del sistema ecológico global.

Quiero conocer mejor el corazón de Dios para llorar por la existencia de clínicas clandestinas de abortos, míseros cuartos donde travestis negocian barato el cuerpo, mendigos que duermen con sus familias bajo puentes, y favelas inmundas que se multiplican en las márgenes de los riachos fétidos. Deseo comprender lo que significó para Jesús afirmar: “Así también, el Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ninguno de estos pequeños” (Mt. 18:14).

Quiero conocer mejor el corazón de Dios para lamentar la exportación de niños que servirán al sórdido mercado de la pedofilia. Quiero llorar al Brasil que se transformó en ruta de turismo sexual. ¿Conseguiré expresar mi tristeza porque mi país es conocido internacionalmente por su violencia, sensualidad, desnudez e irresponsabilidad? Hoy ya me siento constreñido por saber que los cónsules tratan a los brasileños como oportunistas que sólo desean emigrar a sus países como subempleados. Me avergüenza cuando observo brasileños llegando al aeropuerto, para luego verlos esposados, porque no fueron bienvenidos.

Quiero conocer mejor el corazón de Dios para lamentar que muchos sectores evangélicos de occidente se alinearon a una geopolítica norteamericana desastrosa. Lloraré porque han apoyado una guerra, y por hacer inviable el diálogo con el mundo islámico. Es lamentable que los musulmanes identifiquen a los cristianos como infieles sanguinarios y legitimadores de una doctrina bélica.

Quiero conocer mejor el corazón de Dios para poder lamentar la pérdida de la credibilidad de la iglesia. Es necesario que me duelan los fracasos morales que se suceden; el clero que despoja al pobre; los sermones que se volvieron irrelevantes y la fe que se transformó en mercadería. Cerca de Dios, sabré valorar la sangre de los mártires, de los misioneros y el esfuerzo de los teólogos. Diré que la fe no puede perderse en un mar de obviedades. ¡Quiero indignarme por los discursos vacíos, las promesas irreales y la banalizacion del milagro!

Anhelo ser tan íntimo de Dios como el profeta Isaías. Yo también diré que Dios odia las fiestas religiosas y las muchas oraciones hechas en su nombre sin que se busque la justicia, combata la opresión y defienda el derecho de la viuda y del huérfano. Se que hay tiempo para la celebración, pero hoy quiero aprender a lamentar.

Soli Deo Gloria.

22 de enero de 2007

Egocentrismo

por Ricardo Gondim

La película brasileña, “El año en que mis padres salieron de vacaciones”, contiene un poco de mi historia de adolescente. Aunque un poco mayor, fui muy parecido a Mauro, el personaje principal de la trama.

En la dictadura, yo también me vi obligado a vivir en la casa de mis abuelos, también juegue a la pelota en un campito improvisado, también espié por cerraduras indiscretas, también tuve miedo de los jeeps, también vi la Copa Mundial de fútbol de México en un clima tenso. Porque mi padre había sido expulsado de la Aeronáutica y vivíamos bajo el rigor de las leyes de excepción, yo tampoco festejé el tricampeonato mundial como me hubiera gustado.

Sin saber como enfrentar los días represivos, necesite encapsularme en mi propio mundo. Yo estaba forzado a enfrentar, sin saber como, el vituperio de ser hijo de un “subversivo-comunista, enemigo de la patria”.

Ocasionalmente agarraba mi vieja bicicleta, de aros desproporcionadamente grandes, aun de los tiempos de “freno de pie” (dábamos vuelta el pedal para trabar la rueda trasera) y huía debajo de un árbol.

Allí entraba en mi exilio, mi Pasargada, mi Maracangalha, mi cueva de Adulam. En aquella sombra, permanecía incógnito. Escuchando el susurro de las hojas, conversé y vacié mi corazón ante nadie; lloré delante de los gorriones mudos, mis únicos oyentes.

Cuando no tenía la bicicleta, que también pertenecía a mi hermano, trepaba al tejado de la vieja casa de la Avenida Universidad. Con los problemas oprimiéndome, aumentaba la compulsión por aislarme. Era mi defensa.

Esos ostracismos auto impuestos construyeron mi carácter introspectivo. Algunas personas son como son por necesidad y no por desvíos del carácter. Algunos violentos pueden haber sido obligados a reaccionar con violencia para no morir; del mismo modo, los irónicos, los graciosos, los fríos.

Hay veces en que me sorprendo con mis actitudes egocéntricas, auto referenciales, ensimismadas. Me asusto cuando personas queridas pelean conmigo porque me desconecté, dejándoles hablando solos. Ya me pasó de atropellar conversaciones sin querer.

Pero mi peor falla es que no me gusta que señalen mis defectos. Me quedo resentido cuando las personas difieren de mis argumentos. No tolero ser contradicho.

Esa tendencia de apreciar mi propia compañía viene de lejos – Narciso puro.

Me explico sin querer justificarme. Mas allá de la paranoia que los militares generaban en nosotros, el ambiente allí en casa se volvió asfixiante y yo no toleraba más tener que oír una discusión entre papá y mamá y, aun, ser testigo de las loqueras que mi hermana mayor armaba. La dictadura destruía mi núcleo familiar, y para sobrevivir en mi impotencia adolescente, me encerré en secretos.

No, no busco atenuar la triste comprobación que soy egocéntrico, deseo sólo descubrir los orígenes de esas vanidades para lidiar mejor con ellas.

Se que necesito abrirme y celebrar la belleza de mi prójimo; se que el mundo no rueda alrededor mío; se que estoy lejos, muy lejos, de la genialidad, de la rectitud, y de los pasos ya andados por santas y santos; se lo irritante que es convivir con personas que “se creen”.

Imploro a mis amigos: sean pacientes. Reconozco que creé un mundo aparte para poder ejercer un poco de control.

Recuerden que era un niño cuando mis padres salieron de vacaciones y que ellos demoraron mucho en volver. Entiendan, por favor, por qué endurecí mi corazón.

Hace años que procuro salir de esa artimaña y reconozco que estoy tardando. Pero voy a esforzarme para construir puentes sobre los escondrijos de aquel niño llamado Ricardo.

Soli Deo Gloria.

Aún sobre la pena de muerte

por Ricardo Gondim

En enero de 2007 comencé a leer “Los miserables”, quizá uno de los mayores clásicos de la lengua francesa – magistral, aun en su traducción al portugués.

En compañía de Victor Hugo, me opongo totalmente a la pena de muerte.

No lea la Biblia Hebrea con los mismos lentes que los fundamentalistas, por lo tanto, no hago las mismas analogías que ellos. Se que los relatos milenarios del Antiguo Testamento mandan a que los niños desobedientes a los padres, homosexuales y mujeres adulteras, sean apedreados hasta la muerte.

Entiendo, sin embargo, que los parámetros sociales, legales y políticos de aquellos días no pueden ser transportados para la actualidad, ya que nadie, en su sano juicio, podría imaginar sociedades donde, en su máxima expresión de humanidad, se les aconseja a los señores dueños de esclavos que sean más compasivos cuando traten a sus vasallos.

No leo la Biblia haciendo un “cortar y pegar” de los tiempos semíticos para los actuales.

No logro estar de acuerdo con la pena de muerte; no acepto que el Estado se apropie del derecho de quitarle la vida a un ser humano, por más horrendo que haya sido su delito.

Cito a Victor Hugo sobre la postura del obispo Myriel, apodado Bienvenu, delante del cadalso en “Los miserables”:

En efecto, el patíbulo cuando está erguido, es algo que alucina. Se puede considerar con cierta indiferencia la pena de muerte, no aprobarla ni considerarla, mientras no se haya visto, con los propios ojos, una guillotina; pero, cuando se ve una, el impacto es violento y es necesario decidirse o a favor o en contra.

Unos la admiran como De Maistre, otros la detestan, como Beccaria. La guillotina es la síntesis de toda la ley; su nombre es venganza; no es absolutamente neutra, y no permite que uno continúe neutro. Quien la ve se amedrenta con el más misterioso de los miedos. Todas las cuestiones sociales levantan signos de interrogación alrededor de esa cuchilla.

El patíbulo es una visión. El patíbulo no es un simple armazón de madera, no es una maquina: el patíbulo es el ingenio inanimado hecho de madero, hierro y cuerdas. Parece un ser que posee no se qué iniciativa sombría; se ha dicho que ese armazón ve, que esa maquina entiende, que ese mecanismo comprende, que esa madera, esos hierros, esas cuerdas tienen voluntad propia.

En la pesadilla amedrentadora en que lanza al alma, el cadalso se muestra terrible, confundiéndose con su tarea. El patíbulo es el cómplice del verdugo; devora, se alimenta de carne, se sacia con sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez y por el carpintero, un espectro que parece vivir una vida hecha de todas las muertes que ocasiona.

Yo no pensaba que aquello fuera tan monstruoso. Es un error concentrarnos en la ley divina al punto de no percibir más la ley humana. La muerte pertenece solamente a Dios. Con qué derecho los hombres osan tocar cosa tan desconocida.
Nunca alimenté ningún aprecio por los dictadores, principalmente aquellos que legitiman la tortura y la muerte (George W. Bush, aunque haya sido elegido en una democracia, tiene saña dictatorial).

Nunca tuve ninguna admiración por Saddam Hussein, por su régimen o por su soberbia destructiva, pero no me sentí bien cuando lo vi caminando en dirección al cadalso.

Mis entrañas se retorcieron por él, y después, cuando me mostraron el video de su cuerpo colgando, temblé todo.

La pena de muerte no hace parte del espíritu de Jesús de Nazaret; en ella no existe la palabra Misericordia.

Para mí, ver la ejecución de Saddam Hussein fue un shock del que me llevará mucho tiempo reestablecerme.

Soli Deo Gloria.

Estoy en contra de los ahorcamientos

por Ricardo Gondim

Victor Hugo escribió un clásico contra el patíbulo, el cadalso, la guillotina.

Leí de corrido “El último día de un condenado”. No pude despegar los ojos del relato sobre las sensaciones, angustias y desesperación de un condenado, antes de pagar la más alta sentencia impuesta por los hombres.

En el libro, el novelista francés no exime al sistema penal de su patria, que se juzgaba con derecho de ejecutar a alguien.

En el prefacio de la obra de 1832, escribió:

“El edificio social del pasado se apoyaba en tres columnas: el sacerdote, el rey y el verdugo. Hace ya mucho tiempo que una voz dijo: “¡Los dioses se marchan!”. Últimamente se ha alzado otra voz para proclamar: “¡Los reyes se van!”. Y ahora se eleva otra que afirma: “¡El verdugo se va!”.

A quienes lamentan la supuesta ausencia de los dioses podemos decirles: Dios se queda. A quienes lamenten la de los reyes podemos decirles: queda la patria. A quienes lamenten la del verdugo, no tenemos nada que decirles.

Y el orden no desaparecerá con el verdugo, no lo creáis. La bóveda de la sociedad futura no se hundirá por no disponer de esa odiosa clave. La civilización no es más que una serie de transformaciones sucesivas. La benigna ley de Cristo impregnará al fin la ley y resplandecerá. Se considerará el delito como una enfermedad, y esa enfermedad tendrá sus médicos que sustituirán a los jueces; sus hospitales, que sustituirán a las cárceles.

La libertad y la salud se asemejarán. Donde antes se aplicaba el hierro y el fuego se aplicará el bálsamo y el aceite. Se tratará con caridad el mal que antes se trataba con cólera. Esto será tan sencillo como sublime”.
Recibí hace poco un mensaje electrónico de un “protestante-calvinista-fundamentalista” defendiendo la pena de muerte – en una obvia alusión al ahorcamiento de Saddam Hussein.

Su lógica, aunque bien nutrida de citas bíblicas, me lleno de espanto. Inmediatamente pensé: “No puedo admitir que el mensaje de Jesús aun produzca personas así, inclementes y ávidas de juicio”.

Entonces, entre la ortodoxia de ese escritor brasileño y la visión romántica de Victor Hugo, me quedo con el francés.

Soli Deo Gloria.

18 de enero de 2007

El rostro de la Pietà

por Ricardo Gondim

“¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré!” (Isaías 49:15)

¡Tengo una miniatura de la Pietà! Contradiciendo mi tradición protestante que no permite imágenes de escultura, compré una pequeña réplica de la famosa escultura de Miguel Ángel. No adquirí el mármol como objeto de culto religioso. Dos motivos me impulsaron a parar delante del vendedor italiano y pagar para traer a casa la pequeña señora que carga en su regazo al hijo muerto. Primero, deseaba guardar por más tiempo el sentimiento que invadió mi pecho cuando vi la imagen por primera vez. También quería recordar, por los años venideros, un amor tan fuerte que ni la piedra consiguió volverlo frío o inexpresivo.

El rostro de aquella mujer, joven aun, tallada en piedra carga dolor. “¿Cómo?”, me pregunté al contemplar la imagen. “¿Cómo el escultor logró esculpir con cincel el sufrimiento de una mujer?” Se de la dificultad de un escritor cuando intenta traducir en palabras los dolores sentidos, vividos y que son tan personales. Imagina los de él.

Era una mañana lluviosa en Roma cuando me paré delante de la Pietà. Los cielos lloraban una neblina lenta y ella sostenía el hijo muerto, sin lágrimas. Las lluvias de los siglos eran sus lágrimas. No pude mover mis pies, los ojos de María me seducían, su dolor pasó a ser mío. Noté que la joven mujer no sostenía al Mesías, o al Salvador del mundo; en su regazo no yacía la esperanza de Israel, sólo su hijo. Sus brazos sostenían al niñito que amamantó, al adolescente que vio crecer jugando en las calles pobres y polvorientas de Palestina. Quien sostenía al hijo no era la Maria idealizada por la tradición cristiana, apenas una madre sufrida, que no lograba contener el tamaño de su luto. Derramé una gota de neblina de mis ojos, dentro de mi vive un niño huérfano que aun llora de noche con nostalgia del afecto materno.

Contemplo la miniatura de la Pietà y recuerdo el gran amor de Dios. Hay muchas especulaciones sobre Dios, todas fracasan si no intuyen su gran amor. Así que, como el escultor logró hacer que una piedra transpirara afecto, el Espíritu Santo hace que las páginas de la Biblia exhalen no sólo el cariño de Dios por nosotros, sino, inclusive, su sufrimiento. Los testamentos retratan el rostro sufriente de Dios con un mundo donde impera la muerte, las injusticias y el pecado. Los Evangelios nos inspiran a meditar y a percibirnos en el rostro de Jesucristo, el padre de la Parábola del Hijo Pródigo. Él sufrió mucho en su abandono. El tamaño de su dolor fue proporcional al tamaño de su amor.

Cuando me siento perdido y solo, recuerdo que hay alguien me ama mucho. Él entiende y comparte mi dolor. Bajo sus ojos misericordiosos me siento acogido.

Soli Deo Gloria.

Nunca importó tanto ser sal

por Ricardo Gondim

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo recobrará su sabor? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee”. Mateo 5.13.

Vivía en Estados Unidos y cursaba el Instituto Bíblico, preparándome para el ministerio pastoral. Semanalmente salíamos anunciando el mensaje del Evangelio en lugares donde normalmente no se esperaba la presencia de cristianos. Entrábamos en clubes nocturnos, bares mal iluminados y en los sucios callejones de las ciudades americanas. En una de esas incursiones al submundo, me encontré con un joven que había optado por vivir en la calle. Sucio, con la mirada distante y sin ninguna sonrisa en los labios, aceptó conversar conmigo.

Me senté a su lado, en la misma acera, y le hablé de Cristo y de mi experiencia de conversión. Durante mi conversación, su expresión facial no cambió, ya estaba acostumbrado al discurso religioso americano. Decidí cambiar de tema. Le pregunté que había estudiado. Se había graduado en ciencias políticas por una renombrada universidad. “Opté por un estilo de vida alternativo, pues detesto el consumismo americano”, añadió.

De repente, mirándome directamente a los ojos, me preguntó: “¿Tú, ya te soñaste volando como una mariposa?”. Le afirmé que sí, ya me había soñado volando, pero no estaba seguro si como una mariposa. Aun sin entusiasmo en su hablar, continuó: “¿Quién garantiza que no somos mariposas soñando que somos hombres?”. No había como responderlo.

En aquel día entendí que la modernidad vivía sus últimos momentos. Allí estaba un estudiante universitario que había abandonado todas sus promesas de civilización occidental y que también había abandonado sus métodos racionales. La posmodernidad, que es el tiempo histórico en el que vivimos, no se limita al conocimiento científico. La verdad es hoy totalmente irrelevante. Las personas están dispuestas a aceptar cualquier culto, secta, ideología. Todo vale en el mercado de las ideas posmodernas.

Cuando predicamos el evangelio en los tiempos actuales, no enfrentamos más los típicos rechazos del siglo pasado. No se pregunta más: “¿la Biblia es confiable? ¿es verdadera? ¿Jesús realmente existió? ¿el Cristo descrito en las páginas del Nuevo Testamento es el mismo que sus contemporáneos conocieron?”.

Lo que les interesa a las personas se llama credibilidad. Preguntan si: “¿hay coherencia entre lo que tu me dices y lo que vives? ¿tus principios se concretan en la vida y en las acciones?”. El mundo está abierto a un mensaje que posea testimonio. Por lo tanto, antes que tú te entusiasmes en ganar al mundo, procura saber si estás consiguiendo vivir lo que deseas anunciar. Antes de que la iglesia proponga cambios a la sociedad, debe mirar hacia adentro y responder honestamente si logra ser sal de la tierra. Nuestro desafío no es apologético, sino testimonial. Hoy, más que nunca, sal sin sabor, recibirá enormes pisadas humanas.

Soli Deo Gloria.