30 de septiembre de 2008

La historia en tiempo real

por Ricardo Gondim

E agora, José?
A festa acabou,
a luz apagou,
o povo sumiu,
a noite esfriou,
e agora, José?
e agora, você? *

¡Por favor, presta atención! No me refiero a lo que voy a escribir. Necesitamos acompañar el desarrollo de la historia. Llegamos a una de esas esquinas principales donde la humanidad va a dar un giro que marcará el futuro para siempre. ¡No pierdas ningún capítulo!

La crisis financiera, la quiebra de los bancos, la caída de las bolsas, el debilitamiento del dólar, no son acontecimientos puntuales y pasajeros, fácilmente eludibles con una intervención. Somos testigos de otra realidad: el fracaso de las políticas neoliberales, que desfallecen y no logran mantenerse en la superficie de las aguas turbulentas de la especulación financiera.

Asistimos al comienzo del fin del imperio económico de la minúscula Wall Street; el fin de la vanagloria estadounidense; la venganza de la Europa de la posguerra, unida ahora por el "mighty” euro. El trillón más cien billones gastados en Irak van a hacer falta en el esfuerzo por rescatar el sistema bancario del Tio Sam.

Estemos atentos al día a día. Y preparémonos para tiempos difíciles. Enfrentaremos una decesión brutal, con desempleo en masa debido a la falta de liquidez de los mercados. La fiesta capitalista declinó. La soberbia de la Gran Potencia, envidiada hasta el último de sus cabellos, será abatida. (Le aconsejo a los emigrantes, que fueron en busca de un Shangri-La, regresar, es mejor pasar necesidad en casa cerca de la familia).

El mundo nunca más será igual. La economía capitalista tocó el fondo del pozo. Se desmoronó el último mito de la modernidad. Un evangélico, que se jactaba de buscar la sabiduría divina, presidió la más devastadora crisis económica desde la Gran Depresión de 1929. George W. Bush entrará en la historia como un líder incompetente. Además de ser beligerante, no impidió la lujuria de los especuladores ávidos por dinero fácil. Una vez más, la gran Babilonia, que no tiene escrúpulos en negociar con el alma de los hombres, se arrastra enloquecida.

Acompañemos el noticiero con intenso interés. Somos testigos oculares de un hito importantísimo de la historia. Pero no nos olvidemos de lamentar y llorar. Además de ser triste, una vez más los pobres pagarán el cargo de la cuenta.

Soli Deo Gloria.

* Fragmento del poema "José", de Carlos Drummond de Andrade.

11 de septiembre de 2008

Un huracán y tres países

por Ricardo Gondim

Sólo una pequeña pregunta: ¿por qué la misma tempestad produjo distintos sufrimientos en tres países? El huracán Ike masacró a los indefensos haitianos y mató gente muy, muy miserable; luego castigó a los cubanos que padecen la anacrónica economía castrista. Cuando llegue al rico suelo americano, los texanos estarán bien preparados para defenderse de sus tempestades. Con eficientes programas de evacuación el pueblo podrá librarse de su ferocidad. Y las residencias, construidas de acuerdo a rígidas legislaciones, tendrán grandes posibilidades de soportar el azote de Ike.

Quiero saber. ¿Los haitianos son más pecadores que los cubanos y los americanos? Si no lo son, ¿por qué sufren más? ¿Qué justicia explicaría suertes diferentes frente a un fenómeno de la naturaleza? Cuando suceden terremotos de la misma magnitud, los que agonizan bajo la pobreza padecen más. Insisto, quiero saber por qué.

Cuestiono, porque vi el noticiero y me sentí pésimo al ver las multitudes padeciendo. Simultáneamente en Haití y en India, mujeres y niños hambrientos corrían para recibir comida con el agua en la cintura.

Quiero conexiones que hagan sentido en mi alma, necesito organizar mi espiritualidad y fe. Las respuestas que me dieron no me tranquilizan, ya no convencen…

Por lo pronto, la respuesta que tiene algún sentido es que el sufrimiento asimétrico de Haití, Cuba y los Estados Unidos no tienen nada que ver con Dios, sino con la injusticia, con la distribución de la riqueza y con los procesos históricos que debilitan dos naciones y fortalecen la otra.

Vivimos en un mundo con tempestades, terremotos, sequías y tsunamis. Tan solo sé que, si fuéramos más solidarios, menos aldeanos y más ciudadanos del mundo, la suerte de esos miserables no sería tan cruel.

Soli Deo Gloria.

4 de septiembre de 2008

Oración como poder

por Ricardo Gondim

Acabo de ver la cadena de televisión estadounidense MSNBC. Estupefacto, escucho que el psicólogo-pedagogo James Dobson, un líder ultraconservador de la derecha evangélica, convocó una reunión de oración para pedir que un temporal estropeara el discurso de Barack Obama (el tiro le salió por la culata, pues un huracán casi termina con la convención de los republicanos).

La neopentecostal Valnice Milhomens, precursora de la teología de la prosperidad en Brasil, afirmó que Fernando Collor de Melo fue producto de la oración “en el seno de los evangélicos”. Según ella, cuando Collor enfrentó a Lula da Silva, los creyentes le dieron la victoria.

Max Lucado fue el eco de la enorme mayoría evangélica que apoyó la invasión a Irak. En un “desayuno de oración” con George W. Bush, pastores de varias denominaciones bendijeron las tropas que avanzaban con tanques y aviones, lanzando misiles “inteligentes”. Millares murieron y los púlpitos se mancharon de sangre. ¿Cómo hacen algunos de ellos para volver a citar: “Bienaventurados los pacificadores porque serán llamados hijos de Dios”?

Edir Macedo sugirió que Lula, su actual correligionario, era una encarnación de Satanás. Según el obispo, el diablo sería un ángel “barbudo, sin un dedo y con el frenillo lingual corto”.

¿Cuál es la correlación entre los hechos? Es simple: ávidos de poder, hombres y mujeres utilizan la religión para legitimar sus ambiciones. Hasta pierden el temor de quebrantar el tercer mandamiento: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano”.

La lógica sería la siguiente: “nosotros somos los escogidos de Dios, por lo tanto podemos acceder a su poder y combatir a quien juzguemos como enemigo”. Si el presidente es cristiano y sabe orar, no existe la mínima posibilidad de errar o de reproducir una política belicista, imperialista. “The President” cumple con los propósitos eternos del Señor. Si sucedieran muertes: “Dios las necesita para cumplir con su agenda”.

¡Basta! Discursos semejantes justificaron la carnicería de Moctezuma. La rapiña española en Latinoamérica que exterminó naciones era “necesaria para terminar con la idolatría pagana”. Para establecer de manera correcta la civilización cristiana, los negros agonizaron en el sótano de barcos inmundos; muchos pasaron por la vida como animales encadenados. Y todas las carabelas partieron de la península Ibérica con misas y bendiciones oficiales del Papa –todo para la “gloria de Dios”-.

Me encontraba participando de una reunión evangélica en Atlanta, Georgia, cuando Bill Clinton ganó la elección. En ese mismo momento, escuchaba al pensador indio radicado en Estados Unidos, Ravi Zacharias. Él predijo con mucha vehemencia que la permisividad moral del nuevo presidente llevaría a la nación a la bancarrota. Zacharias fracasó en su pronóstico. Clinton produjo excelentes resultados para su país e incluso logró la reelección.

Sigo siendo cristiano porque reconozco que Dios no se deja manipular por ruegos tan perversos e inconsecuentes, de lo contrario tendría terror de algunas oraciones que ya se han hecho en mi contra –parecidas a las de James Dobson-.

Soli Deo Gloria.

3 de septiembre de 2008

Religión y alucinación

por Ricardo Gondim

Me dan mucha pena los crédulos. He llegado a llorar por mujeres y hombres ingenuos, los de semblante triste que abarrotan magnificas catedrales a la espera de promesas que nunca se cumplirán. Soy consciente que no tendría éxito si intentara convencerles que han caído en una trampa. La gran mayoría inconscientemente repite la lógica siniestra del “engáñame que me gusta”.

Si pudiera, les diría a todos que no existe el mundo protegido de los sermones. Sólo en “Alicia y el país de las maravillas” es posible vivir sin peligros de accidentes, sin posibilidades de frustración, sin contingencias y sin riesgos.

Si pudiera, diría que no es verdad que “todo va a salir bien”. Para muchos (incluso cristianos) la vida no ha salido bien. Algunos perecieron en campos de concentración, otros nunca salieron de la miseria. Mujeres han visto a sus esposos agonizar bajo torturas. Padres han sufrido en cementerios debido a la partida prematura de sus hijos. Si pudiera, advertiría a los ingenuos que varios hijos de Dios murieron sin nunca ver cumplida la promesa.

Si pudiera, diría que sólo en los delirios mesiánicos de los falsos sacerdotes suceden milagros a borbotones. La regularidad de la vida requiere realismo. Los tetrapléjicos van a tener que esperar por los milagros de la medicina –quien sabe, algún día, los experimentos con células madre logren regenerar los tejidos dañados-. Los niños con síndrome de Down merecen ser amados sin la presión de “tener que ser sanados”. Los amputados no deben esperar a que los miembros crezcan nuevamente, sino que la cibernética invente prótesis más eficientes.

Si pudiera, diría que sólo los oportunistas con menos escrúpulos prometen riqueza en nombre de Dios. En un país que remunera el capital por encima del trabajo, los torneros, los choferes, los cocineros, las enfermeras, los albañiles, los maestros, van a tener dificultad para pagar una canasta familiar básica. Miente quien reduce la religión a un proceso mágico que garantiza el ascenso social.

Si pudiera, diría que no todo tiene un propósito. Denunciaría la muerte de bebés en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital público como pecado; por lo tanto, contrario a la voluntad de Dios. No permitiría que los teólogos cargaran a la cuenta de la Providencia el río que se transformó en cloaca, el bosque incendiado y las favelas que se acumulan en la periferia de las grandes ciudades. Jamás dejaría que se intentara explicar el accidente automovilístico causado por un borracho como suceso de la “voluntad permisiva de Dios”.

Si pudiera, pediría a las personas que intentaran vivir una espiritualidad menos alucinada y más “con los pies sobre la tierra”. Diría: de nada sirve disfrazar la realidad del mundo con deseos utópicos. De la misma manera en que un etíope no cambia el color de su piel, no se altera la realidad cerrando los ojos y esperando un paraíso de delicias.

Soy consciente que no seré oído por la gran mayoría. Debo seguir escribiendo, hablando… puede ser que unos pocos presten atención.

Soli Deo Gloria.

31 de agosto de 2008

Gratitud y despedida

por Ricardo Gondim

Llegó la hora de decir muchas gracias.

Muchas gracias por haberme dejado con la sensación de que vivía protegido. Por años me sentí escoltado por un pastor vigilante. Si no te hubiera imaginado cuidadoso, cobarde como soy, tal vez no hubiera conseguido enfrentar los percances que se repitieron en mi historia.

Muchas gracias por no corregirme cuando, influenciado por una espiritualidad utilitaria, te pedí qué comer o qué vestir. Por hacerme tan dependiente, terminé no dándole alas a la arrogancia que escondía.

Muchas gracias por las primeras influencias de mi caminata espiritual. Me pusiste a trabajar con gente sincera, ingenua, noble, inconsecuente, bondadosa, torpe. Les debo a todos el criterio ético, la responsabilidad humana y los escrúpulos espirituales que fui forzado a aceptar.

Muchas gracias por los libros que pusiste a mi disposición. Bajo tu tutela, devoré innumerables compendios de teología sistemática y me familiaricé con los presupuestos cartesianos de la fe. Bebí con la misma avidez de autores liberales y fundamentalistas. Con el corazón abierto, leí los mejores manuales exegéticos, estudié las hermenéuticas más ortodoxas. Fui un discípulo aplicado, siempre esforzándome por esmerarme en mi dedicación.

También llegó la hora de despedirme, necesito entrar en una nueva fase.

Necesito vivir una espiritualidad madura que no necesite de milagros, que no espere liberaciones espectaculares. Miro hacia atrás y noto los procesos pedagógicos que tenían el propósito de prepararme para esta vida autónoma. Responsablemente consciente que eres, Padre, reconozco que tú me adiestrabas para volar y tallar mi destino en el mármol. Me arriesgo a dar los primeros pasos sin depender de tus sucesivos amparos.

Necesito vivir una espiritualidad solidaria que no busca liberaciones sobrenaturales. Mientras haya un niño abandonado en algún campo de refugiados de las Naciones Unidas, mientras haya un hospital con camillas en los pasillos, no pediré ningún bono sobrenatural. No quiero privilegios divinos que me distingan. Espero tan sólo un milagro: escuchar tu lamento y tu indignación por tanta muerte innecesaria. Concédeme sensibilidad para atender tu llamado y ser, al mismo tiempo, pregonero de la justicia y buen samaritano.

Necesito vivir la fe con valentía. No transformaré mi relación contigo en una fuga existencial. Enfrentaré las adversidades, celebraré las conquistas, soportaré el hastío, lamentaré las ruinas, confiando que los valores propuestos por Jesús de Nazaret son suficientes para hacerme más que victorioso.

Así que, digo adiós a mi infancia espiritual. Claudicante, gateo rumbo a la madurez. Admito que aún tengo mucho suelo por delante. Sigo, sin embargo, la carrera que me fue propuesta con el corazón vibrante.

Soli Deo Gloria.

17 de junio de 2008

Despedidas necesarias

por Ricardo Gondim

Puedo haberlo aceptado, pero no tolero más la idea de volver a subir a un escenario de show evangélico. Ya pasé la vergüenza de dar una “palabrita” entre un artista y otro para luego preguntarme: “¿qué fui a hacer allí?”

Crié un verdadero rechazo a las muletillas que, en esos grandes espectáculos, presumiblemente exaltan la gloria de Yavé. Rostros empapados de sudor y manos levantadas por el frenesí bien teatralizado de “levitas” simplemente vacíos no me impresionan más.

Lo intento, pero no logro entender la utilidad de las “Marchas para Jesús”. Quizá sirvan para mostrar a los buitres políticos del país la presa electoral que los apóstoles de turno logran juntar. A decir verdad, en esas marchas las bandas arrastran a los creyentes a un carnaval a destiempo. Pueden interrumpir el tránsito del sábado, ¡pero la comunidad gay percibirá que los creyentes son numerosos e igualmente extravagantes!

Ya fui un pastor almidonado, pero hoy desprecio los trajes Armani, los gemelos de oro, los relojes empedrados de brillantes que componen el kit de los “siervos” de Dios que, con tic nervioso, se arreglan la corbata para mostrar como la “unción” les infló el pescuezo.

Río siempre que me deparo con las estadísticas de los creyentes. Leí que un evangelista estaba logrando “ganar” cien mil almas para Cristo por año; determinada misión, que se volvió notable al mostrar la película Jesús, “convierte” decenas de millones por mes. Un misionero alemán, que carga la mayor carpa del mundo por tierra africana, reporta números astronómicos; otro pastor americano afirma haber vendido más libros que cualquier otro autor secular o religioso de todos los tiempos. Si fuera a darles crédito, la población de la tierra ya se hubiera convertido unas cinco o seis veces.

Sospecho de los testimonios de milagro con el mismo cuidado con el que abro la carta que me dice que gané treinta kilos de oro en un sorteo del que nunca participé. Si todas las maravillas propagadas en los programas de televisión y todas las intervenciones sobrenaturales anunciadas por la radio sucedieran realmente, con seguridad, la renta per cápita de América Latina sería mayor a la de Suiza y la comunidad científica ya estaría investigando el secreto del cáncer erradicado entre los pentecostales.

Llega el tiempo en que las fases, procesos y estaciones se cierran. Se hace necesario dejar la vieja piel para recubrirse de la nueva. Cuando doy la espalda a muchas cosas, presiento la Tierra Prometida más allá del río que lucho por atravesar.

Soli Deo Gloria.

26 de mayo de 2008

Por favor, otra vez no

por Ricardo Gondim

Por favor, no quiero oír explicaciones sensibleras para las tragedias asiáticas.

Por favor, mejor me ahorran tener que escuchar “los asiáticos son budistas, por lo tanto idolatras que merecen que Dios derrame el cáliz de su ira”.

Por favor, no me digan que la mordida de Adán y Eva en el fruto prohibido fue la causa primaria de tantos sufrimientos. Si tales razonamientos forman la lógica que fundamenta algunos argumentos, no quiero participar de esa lógica. Si acaso tenga que pagar el precio de ser llamado hereje por no pensar de esa manera, no me importa. Abandono el análisis del biblista, del hebraísta, del profesor de teología sistemática, sea quien sea que escoge historias del Antiguo Testamento para mostrar cómo Dios castiga las naciones con el “furor de su odio”.

Por favor, déjenme en paz. Quiero aprender a llorar para ver el noticiero con otro espíritu.

Por favor, dejen avivar mi indignación contra los dictadores de Myanmar.

Por favor, tengo que reconstruir los contenidos de mi corazón ante tanto dolor.

Soli Deo Gloria.

23 de mayo de 2008

¿Dónde está el milagro?

por Ricardo Gondim

Estudio en el programa de maestría de la Universidad Metodista de San Pablo. Al lado del Edificio Capa, donde cursamos la carrera, está la Clínica de Fisioterapia; allí, a cada instante, estacionan junto a la acera diferentes vehículos con portadores de discapacidades motoras –parálisis cerebral, paraplejía y cuadriplejía-. Cuando llegan, no es posible evitarlos. Aunque algunos alumnos intenten dar vuelta el rostro, ciertamente abrumados, brilla la nobleza resiliente de las madres que cargan sus niños en brazos y que, aun arrastrando los pies, mantienen su dignidad.

Todavía no me atreví a entrar en la clínica, pero me imagino la abnegación de médicos, enfermeras y fisioterapeutas; hasta veo el sudor goteando y las manos agarrando barras paralelas y aros con sacrificio. Sé que allí dentro la vida sigue a un son diferente.

Aquel entrar y salir de discapacitados debe haber sido el responsable de terminar con mi encanto por las charlatanerías de los milagreros, pues ya no me asombran los testimonios de sanidad que la televisión y la radio anuncian constantemente.

Sinceramente no me intrigan las declaraciones de que serán sanados “por la fe” todos los enfermos que acudan a “la vigilia de los lunes”, o a “la campaña de los 348”, o “la cruzada pro evangelización del mundo”.

La Iglesia Presbiteriana de Fortaleza fue mi cuna religiosa. En mis primeros pasos poco hablábamos de sanidad ya que éramos “tradicionales”, una versión “light” aunque fundamentalista del evangelicalismo. Cuando surgía algún enfermo en nuestra comunidad repetíamos que el verdadero creyente no se resigna, sino que pide: “sea hecha tu voluntad”.

Luego de pasar por una experiencia pentecostal y hablar en lenguas (técnicamente llamada glosolalia), me volví un pentecostal de pura cepa. Asistí a muchas conferencias sobre sanidad divina; dos de ellas auspiciadas por Morris Cerillo, en Londres y San Diego. Fui evangelista asociado de la Cruzada Buenas Nuevas, del misionero Bernhard Johnson. Fui el intérprete de Jimmy Swaggart en su gira por Brasil, en los estadios Morumbi y Maracanã; Swaggart creía y hablaba de los milagros aunque no era propiamente un predicador de sanidad divina.

Por lo tanto, no soy un neófito ni un incrédulo en lo que concierne a lo trascendente. Sé todos los versículos, conozco todos los razonamientos que fundamentan la lógica de buscarse una solución sobrenatural para las enfermedades. Nadie necesita convertirme a ese embrollo. Sé citar Isaías 53, Marcos 16, 1º Corintios 12 y tantos otros textos.

Sucede que el dolor del mundo me alcanzó en la vereda de una clínica de fisioterapia; allí se expuso la angustia de millones de madres y mi corazón se cerró a las antiguas lógicas milagreras.

Aunque me sienta inclinado a creer en los predicadores de la sanidad divina, recuerdo que multitudes de niños y niñas morirán de VIH/Sida en países como Congo, África del Sur, Mozambique y Angola. Cuando soy tentado a ser condescendiente con los Cerullo, los Benny Hinn y los R.R. Soares de la vida, con sus interpretaciones literales de la Biblia, recuerdo el malestar que muchos pacientes pueden estar sintiendo en aquel preciso momento como consecuencia de una quimioterapia.

Cuando escucho promesas de milagros a granel, pregunto ¿quién ayudará a la adolescente que no tiene novio porque nació con un trastorno genético que la desfiguró?

Mi cuestionamiento es: los religiosos deberían querer lidiar con el mundo real que necesita de grandes intervenciones, no de panaceas. Un ministro del evangelio no tiene derecho de predicar que “en teoría” todos serán sanados y luego mostrar indiferencia ante aquellos que no recibieron su milagro diciendo que les faltó fe.

El cristiano verdadero debe buscar intervenciones divinas donde el sufrimiento se muestra más agudo. Yo me dispongo a ayudar a cualquier evangelista que tenga el valor para estar de guardia en la acera de la Universidad Metodista. Voy a buscarlo y prometo interceder a su lado. Sinceramente deseo que los más afectados vuelvan a casa saltando de alegría.

De antemano sé que nadie vendrá. La mayoría está interesada en propagandear prodigios con el propósito de prosperar en sus emprendimientos religiosos. Si acaso creyeran en las interpretaciones que hacen de la Biblia, se arrodillarían en los pasillos de las clínicas de cáncer infantil, en los centros de hemodiálisis y en las salas de infectología de los grandes hospitales.

Necesitamos otras respuestas para el sufrimiento humano; los presupuestos de esos evangelistas que anuncian la sanidad con tanto alarde no abarcan la complejidad del sufrimiento universal.

Propongo que los prodigios del evangelio sean otros; que la presencia de Dios se revele en el servicio, en el amor solidario y la compasión. Que las manos y los pies de Dios sean las manos y los pies de los que no huyen del dolor ajeno. No conozco a los profesionales dedicados de aquella clínica de fisioterapia, sin embargo tengo la seguridad que todos encarnan la posibilidad de un milagro.

Soli Deo Gloria.

25 de marzo de 2008

Propuesta de espiritualidad

por Ricardo Gondim

No es necesaria mucha perspicacia para darse cuenta que el movimiento evangélico occidental pasa por una gran crisis. La intromisión del neo-fundamentalismo de la derecha religiosa en la política norteamericana no ha ayudado mucho.

Los reclamos para que la sociedad preserve “valores morales” cayeron por tierra porque no encontraron respaldo en las propias iglesias, que fueron de escándalo en escándalo. Para agravar la crisis, grandes segmentos evangélicos se apresuraron a legitimar la invasión de Irak, argumentando que la Biblia respaldaba una “guerra justa”.

En Latinoamérica, principalmente en Brasil, la rápida expansión del pentecostalismo produjo una grave desviación ética en la comprensión del Evangelio. Surgió un nuevo fenómeno religioso, más comúnmente identificado como “teología de la prosperidad”. Lo que se escucha como “predicación” por los televangelistas y en las megaiglesias difícilmente podría ser asociado al protestantismo histórico o al pentecostalismo clásico.

Como ya no es ninguna novedad afirmar que es necesario que sucedan cambios radicales dentro del movimiento evangélico, la gran pregunta ahora es ¿Qué es lo que tiene que cambiar? He aquí algunas propuestas:

Propongo una espiritualidad menos eficiente. Que los pastores desistan de asociar la aprobación de Dios para sus ministerios con proyectos exitosos. La fe cristiana no se propone reflejar el mundo corporativo, donde la competencia se prueba con resultados.

En la espiritualidad de Jesús, los hechos de algunos siervos de Dios pueden ser anónimos, inadvertidos y pequeños. La urgencia por el crecimiento de las comunidades y pastores intentando demostrar como Dios los bendijo con “ministerios aprobados” acabó produciendo este tumor: iglesias que se parecen más a mostradores de servicios religiosos que a comunidades de fe.

Propongo una espiritualidad menos cognitiva y más vivencial. La primacía de la “sana doctrina” sobre la experiencia de la fe, terminó produciendo creyentes astutos para “probar” su fe, pero carentes de testimonio.

La obsesión de la verdad como una construcción racional ha hecho que los catecismos se vuelvan bellas elaboraciones conceptuales, mientras que los testimonios personales permanecen cuestionables. El evangelio precisa ser escrito en tablas de carne; mostrarse en los hechos de aquellos que se proponen brillar como luz del mundo.

Propongo una espiritualidad menos mágica y más responsable. La idea de un Dios intervencionista que invade a cada momento la historia para rescatar a sus hijos dándoles alivio, abriendo puertas de empleo y resolviendo querellas judiciales, terminó produciendo creyentes alienados, sin responsabilidad histórica y sin iniciativa profética.

Con ese egoísmo, las iglesias se distanciaron de la arena de la vida. Creyeron que sería suficiente atar a los demonios territoriales para terminar con la violencia y la miseria. El Evangelio no propone que la historia sea transformada por arte de magia, sino con acciones políticas que defiendan la justicia.

Propongo una espiritualidad menos intolerante. La idea de un mundo perdidamente hostil a Dios genera iglesias intransigentes, que se creen privilegiadas. La radicalización de la doctrina de la caída da la visión de un mundo condenado, irremediablemente perdido. Con esa visión, la iglesia se encierra, sólo encara al mundo como un campo de batalla, y es incapaz de acoger a los moribundos que yacen a la orilla de los caminos.

La espiritualidad evangélica necesita rescatar doctrinas conocidas en los primeros años de la Reforma, como la Imago Dei (la imagen de Dios en todos) y la Gracia Común (el favor de Dios que capacita a todos).

Propongo una espiritualidad que promueva la vida. Los evangélicos predicaron por años y continuamente la salvación del alma y, muchas veces, se olvidaron que Dios desea que experimentemos la vida abundante antes de la muerte. Por cierto, el cielo debería ser una consecuencia de las decisiones hechas por las personas en la tierra y no una promesa distante. Con ese énfasis exagerado en la salvación del alma algunos se contentaron con una existencia mediocre, mal resuelta, creyendo que un día, en el más allá, todo estará bien.

Propongo una espiritualidad que no contemple la santidad como un apuro legal, sino como integridad. Con reclamos legalistas los ambientes se vuelven intransigentes. Es inútil establecer como meta de la vida cristiana la perfección exagerada, ya que para alcanzarla seria necesario transformar a las personas en ángeles.

La hipocresía nace con ese tipo de exigencia. Es necesario dialogar con las imperfecciones, con las sombras y luces del alma; sin culpas y sin fobias. Sólo en ambientes así existe libertad para madurar.

Propongo una espiritualidad que establezca como objetivo generar hombres y mujeres amables, leales, misericordiosos. Antes de anhelar aparecer como la institución religiosa poseedora de la mejor comprensión de la verdad, que intente amar con sencillez; antes de volverse una fuerza política, que sepa caminar entre los más necesitados; antes de alcanzar el mundo entero, que trabaje al lado de quienes construyen un mundo mejor.

Estoy consciente que mis propuestas no tienen muchas probabilidades de realizarse, pero voy a mantenerlas como un horizonte utópico y con vocación.

Soli Deo Gloria.

2 de marzo de 2008

El estanque

por Ricardo Gondim

Había una vez una ciudad muy, muy importante; considerada el centro del mundo porque hechos notables habían sucedido en sus colinas. Primero conocida como la ciudad de David, luego Jerusalén, se volvió la sede de la religión de los judíos, cristianos y musulmanes; que la consideran sagrada.

En Jerusalén había un estanque que estaba cerca de un mercado de animales. Como siempre había sido una ciudad muy mística, alguien comenzó a decir que las aguas de esa fuente eran milagrosas. Rápidamente, la noticia tuvo dimensiones extraordinarias y escandalosas; en el mercado se decía que un ángel venía del cielo una vez al año, movía las aguas, y el primer enfermo que se sumergiera sería sanado.

Se reunían multitudes, todos aguardando por un milagro. La administración municipal de Jerusalén, interesada en la romería, pero también por razones humanitarias, resolvió construir un edificio para abrigar a tanto enfermo. Edificaron una estructura imponente, con un patio rodeado por cinco pórticos, que se llenaba de paralíticos, ciegos y enfermos de toda clase. Debido a esa enorme expectativa, siempre postergada, de que una persona (solamente una) sería favorecida con un milagro, el lugar fue denominado irónicamente Betesda que significa “casa de misericordia”.

Se cuenta que muchas familias, para verse libres de sus enfermos, los abandonaban en los pórticos del estaque de Betesda. Los ricos compraban esclavos para ayudarles a entrar en las aguas. Algunos alquilaban los espacios cercanos a los bordes, que posibilitaban un mejor acceso. Todos querían su milagro y, lógicamente, los más acaudalados, astutos y famosos, se sentían más cerca de la gracia.

Los pobres y los enfermos graves, los dementes, terminaban detrás de todos. La esperanza para ellos se desvanecía, pronto llegaban noticias de un lado y de otro, que alguien acababa de recibir su milagro. Al lado, en el mercado, los agraciados contaban su historia y los crédulos y atentos peregrinos que visitaban Jerusalén retransmitían los testimonios. Así, la esperanza de la sanidad se postergaba otro año más.

Jesús no vivía en Jerusalén. Es más, él residía lejos de ese ambiente supersticioso, en Capernaúm, pero conocía los rumores. En una de sus visitas a la ciudad, se dispuso visitar el estanque de Betesda. Con seguridad, lo que vió fue peor de lo que le contaron.

Las personas afirmaban que el ángel descendía al estanque anualmente, pero nadie sabía la fecha exacta. Inquietos, los enfermos más hábiles saltaban esporádicamente para anticiparse al ángel. La confusión era constante. Los que se sentían mejor, corrían por lo pasillos gritando “¡aleluya!” y otros, nerviosos y frustrados, desmentían los milagros. De vez en cuando, se levantaban profetas que predecían el día preciso en que el ángel visitaría el lugar.

Ciertos enfermos yacían por años y años en total mendicidad, esperando el momento de la sanidad que nunca llegaba. El estado de algunos era deplorable. Escaras malolientes y piojos podían ser vistos con solo observar el cabello de ciertas mujeres.

Ante esa realidad tan perversa, Cristo pasó de largo de los más aptos, de los más ricos y de los que menos necesitaban la sanidad. Se dirigió hacia uno de los rincones olvidados del estanque de Betesda y encontró a un hombre que esperaba por su milagro hacía treinta y ocho años. Nadie sabe su nombre, pero, seguramente era un pobre. Su familia, ocupada con su supervivencia, se había olvidado de él hacía décadas.

Jesús se acercó al paralítico y le preguntó: “¿Quieres quedar sano?” Él respondió dentro de la lógica que había aprendido: “Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque mientras se agita el agua, y cuando trato de hacerlo, otro se mete antes”. Con un solo aliento, Jesús le ordenó: “Levántate, recoge tu camilla y anda”. Inmediatamente el hombre tomó su camilla y comenzó a andar.

El paso de Jesús por el estanque de Betesda sucedió un día sábado, el día sagrado de los judíos, porque él tenía un propósito: mostrar que la religión se preocupa, principalmente, de su estabilidad. Los religiosos sobreviven de la ilusión y no tienen escrúpulos en generar falsas expectativas en personas vulnerables.

Cuando aquel señor abandonó el estanque de Betesda cargando su camilla, Jesús dejó un mensaje para la ciudad de Jerusalén: “Los milagros que proceden de Dios no premian a quien sabe mostrarse hábil, santo o rico, Dios no hace acepción de personas ni busca transformar los espacios religiosos en una carrera desenfrenada por la bendición donde sólo los más fuertes sobreviven”.

El estanque de Betesda es la metáfora que recuerda a la humanidad que Dios mira misericordiosamente a los desfavorecidos, a quienes no tienen ni la menor posibilidad de escapar de los torniquetes perversos de la injusticia, a los más indefensos; huérfanos y viudas, por ejemplo.

El cristianismo debe, por lo tanto, asumir el compromiso de continuar visitando los campos de exiliados (Darfur), las clínicas de tratamiento del sida (África del Sur), las periferias miserables de las grandes ciudades (Brasil) para anunciar la más jubilosa de todas las noticias: Dios no se olvidó de los pobres.

Soli Deo Gloria.