27 de febrero de 2008

Fe radical

por Ricardo Gondim

Cuenta una fábula árabe que las mariposas querían entender la luz, deseaban saber el secreto de sentirse tan fascinadas por la llama de una vela. ¿Qué las deslumbraba? ¿Sería la luz o el calor? Entonces le pidieron ayuda a la mariposa reina. Luego de meditar sobre el asunto, ella aconsejó que cada una, individualmente, intentara encontrar la respuesta. Todas salieron buscando develar el secreto del fuego.

Pasado un tiempo, una mariposa volvió ciega de un ojo, afirmando que había llegado demasiado cerca y que la luminosidad de la vela le había encandilado, aunque seguía sin entender el misterio de la luz. Otra volvió con un ala quemada, reconociendo que su experiencia no había sido satisfactoria. Por siglos, las mariposas no entendieron por qué la luz les cautivaba tanto. Hasta que un día, una de ellas voló en dirección a un candil con tanta determinación que murió quemada. Ese día la mariposa reina dijo: “solamente esta mariposa conoció el misterio del fuego, pero nosotros nunca lo sabremos”.

La experiencia con Dios es muy similar a esa fábula. Es un encuentro con lo trascendente que no puede ser contenido en la dimensión del saber empírico. Nadie aprende sobre lo eterno valiéndose de las mismas herramientas experimentales de un científico. Por lo tanto, están equivocados los ateos que buscan en la exactitud matemática o en la investigación astronómica los medios de probar la existencia de Dios. También están equivocados los teólogos que intentan responder las acusaciones de los ateos con “argumentos aún más sólidos” sobre la realidad divina.

La experiencia con Dios es espiritual, por lo tanto, mujeres y hombres naturales no logran alcanzarla o discernirla. El creyente oye una voz inaudible, se siente acompañado por una presencia imperceptible y comprende verdades inaprensibles. Desafortunadamente, el occidente iluminista, positivista, cree poder abrazar las verdades espirituales con las mismas herramientas que utiliza para estudiar la química y la biología. Cuando Jesús afirmó que sus ovejas oyen su voz no se refería a la audición física, sino a una intuición espiritual que necesita ser desarrollada como una sensibilidad intangible.

La experiencia con Dios es siempre inédita, y cada encuentro con Dios será original, nunca previsible. Las religiones, con sus ritos, intentan domesticar lo sagrado, pero Dios no consiente la jaula de ninguna liturgia. No existe una red lo suficientemente grande como para atrapar al Todopoderoso, quien es libre para actuar como y cuando quiere.

En diversas ocasiones, Dios manifestó su presencia con un vacío inmenso. En otras, “las orlas de su manto llenaban el templo”. Siempre frustró a magos y hechiceros que prometían controlar sus acciones. Los verdaderos profetas sabían que Dios no se deja maniatar por ninguna amarra.

La experiencia con Dios es siempre personal, intransferible. La manera como cada uno entiende y percibe al Señor es única. Por eso, él es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Él es el Dios que se relaciona con cada persona con absoluto respeto a su individualidad. El Señor conoce las personas por su nombre y se manifiesta con total consideración a la historia de cada uno.

Siendo así, la experiencia con Dios requiere radicalidad. Para percibirlo es necesario un vuelo tan profundo y radical como el de la mariposa que murió. Conocer a Dios es sumergirse en el misterio, aunque eso cueste la propia existencia. Los que rozan la llama por curiosidad nunca aprenderán sobre lo divino.

En India, cuentan que un maestro meditaba a la orilla de un río cuando un discípulo se le acercó pidiendo su ayuda pues no lograba tener un encuentro significativo con Dios en sus ejercicios espirituales. El maestro lo tomó de la mano, lo llevó hasta el río y lo forzó a quedarse bajo el agua, sujetándolo por el cabello. Luego de dejar al joven casi tres minutos son aliento lo sacó del agua para que, desesperado, pudiera respirar. Entonces el maestro le enseñó la lección: “si tú buscas a Dios con la misma intensidad con la que buscaste el oxígeno que te da vida, ciertamente, lo encontrarás”. La Biblia promete que hallaremos a Dios “cuando lo busquemos de todo corazón”.

Así que cuando cada uno se esfuerza por conocer a Dios, y se entrega con radicalidad a esa búsqueda, descubre la razón última de la vida.

Soli Deo Gloria.

14 de enero de 2008

Cómo Dios ve

por Ricardo Gondim

Dios ve todo, nada pasa desapercibido a sus ojos. Él conoce el sendero de la hormiga negra que carga una hoja picada en la noche de la selva amazónica. Sabe de los intentos de mi corazón engañoso; del trayecto inmediato entre la palabra que surge y su expresión, Dios tiene ciencia perfecta.

Con semejante familiaridad, ¿cómo Dios me ve? Ciertamente, con desdén. No maduré como debería, no subí los escalones de la excelencia, no alcancé el mínimo prestigio religioso. Llego a los 54 años con un sentimiento de deber incumplido, con la misma sensación de aquel niño que se presenta al examen sin haber estudiado. Me siento como un pirata que nunca descubrió el mapa del tesoro; un Indiana Jones que nunca vio el Arca; un Quijote que nunca abandonó su biblioteca.

Dios tiene todo el derecho de llamarme un siervo infiel; debo imitar a Pedro: “Apártate de mi, que soy pecador”. Merezco el azote del siervo que sabía la voluntad de su Señor y no obedeció.

Sin embargo, preparo una fiesta con mucho alborozo. Quiero celebrar el amor de Dios que conquistó ese desdén merecido por mí. A pocos días de mi cumpleaños, percibo que el Señor aumento el volumen de su megáfono celestial. Apuesto que él va a gritar el día 14 de enero: “Tú eres mi hijo amado, estoy satisfecho con tu vida”.

Las potestades acusatorias del infierno quieren impedir la disposición divina de contradecir el castigo merecido -esa disposición tiene el nombre teológico de gracia-. Pero Dios insiste, y tres veces él pronuncia la misma expresión a todos sus hijos adoptados por causa del Unigénito: “Tú eres mi hijo amado, estoy satisfecho con tu vida”.

Así, libre y querido, estoy dispuesto a retomar las riendas de mi vida aunque el sol ya empiece a declinar.

Soli Deo Gloria.

10 de enero de 2008

Sobre personas y cerdos

por Ricardo Gondim

Había una vez una pequeña ciudad llamada Gadara, que era muy, muy pequeña. Gadara quedaba en la frontera entre dos países. Sólo había que cruzar la calle y del otro lado ya se hablaba una lengua extraña y se comía otro tipo de alimentos. La circulación de personas en esa frontera facilitaba no solo el intercambio comercial, las relaciones entre los habitantes se desarrollaban cordialmente; los niños de los dos países crecían bilingües, pero además transculturales.

Un bello día, Jesús de Nazaret decidió visitar esa aldea olvidada. Subió a un barco y viajó el día entero para cruzar el lago que lo separaba del lugar donde vivía. Después de arribar a Gadara, un lunático, poseso por una legión de espíritus malignos, vino a su encuentro.

El estado de este ciudadano anónimo era lamentable. Inmundo, vivía en tenebrosos cementerios. Nunca se supo acerca de sus familiares, sus traumas y heridas de la adolescencia o de sus perversiones morales. ¿Cómo llegó a corromperse tanto? Nadie sabía, y todos se conformaban con su decadencia.

Se divulgaron versiones de su fuerza descomunal. Algunas veces, estando encadenado, se soltaba y resurgía para aterrorizar a los niños que, seguramente, volvían a contar y agrandar la historia del “monstruo de los sepulcros”. Durante la noche se escuchaban sus gritos.

El gadareno quería ser libre; buscaba recuperar su vida, pero no lograba encontrarla. En la desesperación por arrancar de dentro del alma tanta degradación, desarrolló manías autodestructivas. Por la mañana, era común verlo mutilado por los cortes hechos con piedras.

Jesús dialogó con los demonios que lo poseían. En esa corta conversación, y para dejar al loco en paz, la legión de demonios tuvo de Cristo el permiso para poseer una manada de cerdos que pacían a la redonda. Cuando los demonios entraron en los cerdos, ellos se desesperaron y se precipitaron en un abismo.

Se cuenta que los que cuidaban a los cerdos huyeron. Al contar estos hechos en la ciudad, el pueblo fue a ver lo que había sucedido. La sorpresa fue absoluta. Todos fueron testigos, el hombre que había sido cautivo por una legión de demonios ahora estaba sentado, vestido y en perfecto juicio.

La noticia corrió, y cuando los curiosos relataron lo que había sucedido al gadareno y a los cerdos, el pueblo de la ciudad se reunió para expulsar a Jesús de allí. No hubo caso, el Nazareno se vio obligado a retirarse del territorio.

¡Que extraño! Mientras un ser humano era destruido por fuerzas satánicas, nadie tomó ninguna previsión para rescatarlo. El Club de Leones no movilizó a los empresarios ricos para ayudar; sacerdotes, pastores y rabinos serenaron a sus congregaciones con buenas explicaciones teológicas; los políticos prometieron acciones concretas para el próximo año fiscal; ninguna ONG se formó para disminuir su sufrimiento. El pobre mendigo seguía preso, esclavizado a fuerzas mayores que él.

En el momento en que se constató el perjuicio financiero, se hizo necesaria la expulsión de Jesús. Él amenazaba el equilibrio económico de la región: “our life style cannot be theatened”, repetían.

Sin embargo, antes de partir, Jesús dejó una lección de moral a aquella comunidad judía (que desde su formación tenía prohibido el tocar, criar o comercializar cerdos): “¡que vergüenza, ustedes aprendieron a amar un cerdo más de lo que aman a una persona!”.

Gadara es la metáfora del mundo. Las naciones siguen amando a los cerdos más de lo que aman a mujeres y hombres.

Lógico, un caballo de raza vale más que un niño liberiano. Un anciano palestino no tiene la misma importancia que un caniche de Texas. No hay dudas: las vacas lecheras inglesas son protegidas con más denuedo que las niñas usadas para el tráfico internacional de la pedofilia.

Mientras los religiosos vociferas sus sermones más entusiastas, mientras los políticos alternan debates sobre el futuro de la humanidad, mientras los banqueros multiplican sus lucros, muchos pobres necesitan ser restituidos a la vida y recuperar su dignidad para poder abrazar a sus familiares.

La historia continúa y Jesús de Nazaret sigue siendo un estorbo. Mientras él considera que un alma vale más que el mundo entero, las naciones mantienen esa extraña predilección por los cerdos.

Soli Deo Gloria.

9 de enero de 2008

Cortito

por Ricardo Gondim

Hoy no quiero escribir mucho. Ando saturado de teorías, sin inspiración para versificar, sin paciencia para explicar, sin tiempo para corregir.

Apenas quiero tranquilizar a mis poquísimos lectores. Algunas personas me escriben preocupadas. Por favor, no se alarmen, estoy bien, muy bien. No me amargué, no me obstiné en la perfidia, no escupo insultos; creo que aún no soy una mala compañía.

Caramba, ¡si estoy contento! El domingo prediqué sobre Filipenses 2:5-11, hablé de Jesús de Nazaret y me sentí con el alma lavada. Desperté el lunes y corrí 12 kilómetros conversando con mi amigo Ed René, exorcizamos los demonios de la semana pasada con endorfina y sudor. Acabo de recibir como regalo una nueva bicicleta de carrera para prepararme (finalmente) para el triatlón. Hoy voy a visitar a mi querida tía. Releo “Los hermanos Karamazov”. ¿Qué más un hombre puede querer de la vida?

El día 14 de enero de 2008 celebro 54 años bien vividos. En mi biografía: amé como un pagano, me comprometí como un cristiano, trabajé como un obrero, lloré como un huérfano y celebré como un campeón. Nunca pasé 24 horas en un hospital, nunca necesité dar explicaciones a un juez, nunca mendigué el pan.

Me siento amado y querido por mi comunidad de fe. Soy padre de tres amados hijos; tengo tres nietos que se parecen a ángeles; mi esposa me ama apasionadamente. Mi hogar es un oasis. Pago cualquier fortuna por pasar una noche en casa.

Corrí 10 maratones y 16 pruebas de São Silvestre. Ya dejé a muchos jóvenes, con la mitad de mi edad, mordiendo el polvo en los 42 kilómetros y 195 metros de la competencia más difícil del atletismo.

Nunca hice convenios con masones, políticos, militares o sacerdotes para lucrar financieramente; jamás lamí las botas de quien sea para ganar prestigio personal. No soy un cuervo que sobrevive de una burocracia denominacional.

Entonces, ¿por qué estaría amargado? En verdad, me veo distante de los patrones de hierro de los fundamentalistas; camino en sentido opuesto al de los hechiceros travestidos de pastores cristianos; no quiero caminar junto a gente a quien cuestione su ética. ¡Eso es todo!

Pero, por favor, que nadie confunda esos movimientos míos con amarguras. Los que comparten mi amistad saben que no soy tan aburrido. Aleluya.

Soli Deo Gloria.

31 de diciembre de 2007

Deseos para repetidos años nuevos

por Ricardo Gondim

Aun con el estrés diario, aun necesitando lidiar con las pasiones animales, aun reconociendo que existen tentaciones diabólicas, todos nutren deseos espirituales.

Cuando reconocemos esa sed trascendental, nace una verdadera espiritualidad. Se inicia entonces una inquietud con los valores efímeros de la vida y viene un anhelo intenso por lo que es eterno. Cuando esa mirada hacia el cielo brota en el alma, la vida gana calidad.

Todos deben anhelar amor. Los pensamientos necesitan nacer del nido de los afectos y el diálogo, prescindiendo del reloj. Quien ama, atiende el teléfono sin reclamar; acoge a los que lloran sin querer explicar el motivo del sufrimiento; no pide explicaciones; nunca esconde segundas intenciones y jamás tolera astucias; se arremanga, llena recipientes de agua y no le importa que lo vean de rodillas.

Todos deben anhelar alegría. Y hacer fiesta como el canario en la alborada; y bailar como la palmera en la playa; y cantar como el gaucho en la rueda del mate; y soltarse como creyente pentecostal. Que bueno es anticiparse a la vida con una sonrisa satisfecha y tranquila, libre de culpas. Sólo quien sabe exorcizar su propia tosquedad logra cambiar un espíritu aburrido por festejos en los pies.

Todos deben anhelar paz. Solamente los serenos aprenderán a lidiar con sus conflictos relacionales. Los que perdonan, también. Son felices los que se ponen en los zapatos del otro y esperan el momento apropiado para tener “aquella franca conversación”. Nadie debe imaginarse libre de tensiones, desavenencias o incomprensiones; el desorden es parte de la vida (solo existe armonía completa en la muerte). Deseemos la paz que nace de la solución madura de las discordias.

Todos deben anhelar paciencia. Por eso, menos nerviosos como los simples, menos malhumorados como los débiles, menos irritables como los lentos. La impaciencia brota de los narcisismos enfermizos, de las falsas omnipotencias. No se puede creer en las propagandas institucionales que hacen sobre nosotros mismos. Es una locura embriagarse con la exuberancia de los propios discursos. Como nadie es un especial elegido, es necesario esperar a aquellos que se atrasan y no molestarse cuando hay que repetir lo que acabas de explicar.

Todos deben anhelar amabilidad. Por eso, menos emprendedores y más sensibles; menos paladines y más diligentes. Un héroe sin alma es un tirano. Los demonios son valientes que perdieron el corazón. Sólo los dóciles se parecen a Dios. Por lo tanto, cada quien deje que su vida refleje el cariño divino por el mundo así como el cristal fragmenta la luz. Y que la refracción de tu amabilidad se esparza como cordialidad, benevolencia, comprensión, camaradería.

Todos deben anhelar bondad. Para eso, necesitan aprender a ser generosos. En el diccionario divino no aparece la entrada “avaricia”. Los bondadosos no temen imitar al padre de la parábola del hijo pródigo y decir: “mi hijo, todo lo que tengo es tuyo”. Los bondadosos se anticipan a las necesidades del prójimo y se disponen a bendecir como si tuviesen las manos de Dios.

Todos deben anhelar fidelidad. Cuando alguien leal está cerca, los amigos descansan. Celebrada por militares, sacerdotes y poetas, la lealtad no es privilegio de ningún grupo. Es la única virtud que Dios pide de sus hijos: la perseverancia; principal atributo del fiel. La verdadera vida pertenece a los fieles, aunque nunca alcancen el éxito, aunque fracasen o decepcionen todas las expectativas. El fiel persiste hasta el fin del camino; aunque termine la jornada destruido, aun así será alabado.

Todos deben anhelar mansedumbre. Los mansos son libres para vivir y no se desesperan reclamando sus derechos a Dios o al mundo. Sólo los mansos son libres para solidarizarse con el sufrimiento de los pobres y de los olvidados; son pocas sus demandas. Ellos no suspiran por más bendiciones porque aprendieron a ser felices con la realidad. El contentamiento es la virtud que posa, únicamente, en el corazón de los mansos. En la combinación de ese desapego con la mansedumbre, hay serenidad; los confiados heredarán la tierra.

Todos deben anhelar dominio propio para saber lidiar con sus apetitos, pasiones y deseos. La templanza no se deja vencer por los instintos. Los libertinos no triunfan. Solamente aquellos que restringen sus deseos son libres de la opresión de la ganancia. Los que no se esclavizan por sus pasiones son más fuertes que un guerrero.

(Espero que hayas notado que acabo de detallar el fruto del Espíritu, como Pablo lo describió en su carta a los Gálatas 5:22. Si más personas anhelaran lo que es eterno habría menos odio y más amor. Que tu corazón desborde valores espirituales en este nuevo año).

Soli Deo Gloria.

Desilusión y desencanto

por Ricardo Gondim

Me despido del año. Mis alegrías, así como mis tristezas, fueron numerosas e intensas. Me sorprendí con resurrecciones y lloré muertes; bailé en los salones de la felicidad y me arrastré en los charcos del disgusto; abrí los brazos para recibir a quien volvía e, impotente, vi la espalda de quien partía.

Este fue el año de las desilusiones y de los desencantos; y yo espero no mezclar esos dos sentimientos. Las ilusiones no son más que idealizaciones; los encantamientos, estados de admiración. Las ilusiones se basan en falsedades, son espejismos; los encantamientos nacen de apreciaciones de la realidad. Las ilusiones visten nuestras mentes de fantasías; los encantamientos vienen de percepciones claras de la vida.

Me ilusioné con la nobleza institucional; creí con fervor que la iglesia que me rodeaba era “la Iglesia” de Jesús (por favor, nota la “i” latina, minúscula y mayúscula). Por años, abracé sin reservas una versión del cristianismo que yo entendía como la única, la más auténtica, la mejor de todos los tiempos. Me ilusioné con esa versión, no noté los celos, las maldades, las envidias que la motivaban.

Me ilusioné con el expansionismo de mi misión. Creí en el mito moderno del progreso. Yo creía que podía seguir el crecimiento numérico y, al mismo tiempo, mantener el ambiente relacional de los tiempos en que me reunía con un grupo de jóvenes idealistas. Llegué a pensar que podía abrir mi corazón entre clérigos profesionales con la misma libertad que lo hacía entre los primeros compañeros de ministerio.

Me ilusioné con la naturaleza humana. Creí en la bondad de las personas; principalmente, en los que se decían ser llenos del Espíritu Santo de Dios. Yo imaginaba que alguien rebosante de Dios no conspiraría como Absalón, no traicionaría como Judas y sería incapaz de comportarse como un lobo voraz. ¡Ledo engaño!

Los sótanos eclesiásticos están repletos de cadáveres de gente acuchillada por la espalda. La historia no olvida: los pasillos de las catedrales albergan a verdugos y a facinerosos ávidos de escalar jerarquías organizacionales.

De repente, vino la desilusión. Se cayeron las vendas de mis ojos y me di cuenta de la magnitud de mis fantasías religiosas. Sucede que una persona desilusionada nunca más se vuelve a ilusionar. Y, en ese proceso, me vi obligado a separar las desilusiones de los desencantos. Pues, al contrario de los desilusionados, los desencantados pueden volver a encantarse nuevamente.

Anduve desencantado con mi misión, vocación y devoción. Nunca perdí lo que inicialmente me deslumbró en el Evangelio. Sigo absolutamente fascinado con la vida de Jesús de Nazaret. Y vuelvo a maravillarme cada vez que leo sobre su carácter, su ternura para con los desvalidos y su perdón para los pecadores. Su ofrenda en la cruz, su muerte ejemplar y su resurrección triunfante, no admiten desencantos.

En mi dolor llegué a meditar que desistiría de todo, pero no lo logré. Sigo creyendo que los valores del Reino de Dios necesitan irradiarse a todas las dimensiones del vivir humano, so pena de dejar al mundo transformase en el infierno de Dante. Los valores de justicia, paz y equidad humana, como fueron propuestos por Jesús y sus apóstoles, no pueden quedarse escondidos sino que deben ser proclamados universalmente. Eso es tan magnífico para mí que sana mi corazón desilusionado, devuelve vigor a mi poesía melancólica y da nueva energía a mi labor.

Sobre aquellas cosas con la que me desilusioné no hay marcha atrás, pero sé que mis sueños vuelven a tomar color. En este nuevo año, responderé con nuevo aliento: “heme aquí, envíame a mi”.

Soli Deo Gloria.

21 de diciembre de 2007

Ausencia anual

por Ricardo Gondim

Mi navidad tiene color de nostalgia, olor a añoranza y gusto a lágrima. Ella llega cargada de recuerdos. Durante los días que preceden al veinticinco de diciembre, noto la sombra de la melancolía cubriéndolo todo. Las muchas luces no me engañan; la avalancha consumista se vuelve toda una fiesta vulgar. La navidad atraganta mi alma con un llanto que nunca llega.

Mi navidad pertenece a la infancia perdida; recuerdo el niño ansioso que fui, los regalos que nunca llegaron y la expectativa renovada de que el próximo año será diferente. El Dios de la navidad es niño. Necesito reclamarle a este corazón adulto: quien no se vuelva como un niño, no entrará en el reino de los cielos.

Mi navidad siempre viene en forma de despedida. Como sucede una semana antes de fin de año, debo mirar hacia el pasado y observar el rastro de lo que fue mi vida. Siento la ausencia de quien ya partió y me despido de cada uno, una vez más. En navidad, lamento los lugares vacíos en la mesa y contemplo la sonrisa de quien ya no existe en las fotografías. Tengo miedo; en otras navidades menos gente vendrá a la cena. Y eso duele.

Mi navidad carece de Dios. El Niño-Dios ya no está por aquí. Hace tiempo que él se fue. Es verdad que dejó su Espíritu, pero yo carezco de su presencia concreta. Nada ni nadie lo sustituyen apropiadamente. Ah, como deseo tocar sus vestiduras y acompañar el movimiento afectuoso de sus labios. En navidad, mi espíritu clama ¡Maranata!

Soli Deo Gloria.

23 de noviembre de 2007

Sufrimiento y libertad

por Ricardo Gondim

En teología, la gran discusión, el nudo principal a ser desatado, tiene que ver con la relación entre Dios, felicidad y libertad.

Los cuestionamientos de la teodicea (definida como el conjunto de doctrinas que buscan justificar la bondad divina, contra los argumentos de la existencia del mal en el mundo) inician cualquier discusión. ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué Dios, siendo simultáneamente bueno y omnipotente, permite tanta maldad? ¿No podría el Todopoderoso haber creado un mundo exento de dolor?

Para empeorar la angustia humana, el sufrimiento no sólo existe, sino que se padece. Cuando los animales irracionales sufren, el dolor no es anticipado, no es analizado y no les causa ansiedad. Hombres y mujeres, sin embargo, sufren más allá del dolor físico.

Además, el dolor humano es fuente inagotable de cuestionamiento, tanto por su objetividad (duele realmente) como por su subjetividad (existen dolores que no sabemos explicar, como la nostalgia).

Todos sufren y se angustian al mismo tiempo, el cuerpo y la mente padecen. Por lo tanto, no bastan las aspirinas, las morfinas, los ansiolíticos.

Tampoco sirve cuestionar si es posible un mundo sin dolor. El sufrimiento es universal, nos golpea en la cara todos los días. Aún cuando un diente no duela o el riñón no provoque gemidos, existe la percepción de que ahora mismo, en algún lugar, alguien está llorando.

Los griegos entendían el dolor como una tragedia en el cual los seres humanos eran reducidos a títeres. La historia seguía por carriles que ellos llamaban destino y nadie lograba liberarse de esa cadena inexorable. El fatalismo griego provocaba pasividad (estoicismo), negación (cinismo), permisividad (hedonismo) o un salto trascendental (platonismo). El mal, sin embargo, permanecía absoluto, ya que nada ni nadie podrían anularlo. En ese sentido, las fuerzas que gobernaban el mundo permanecían esencialmente ciegas.

Entonces, el nudo gordiano de la filosofía, y posteriormente de la teología, se expresa en las paradojas: “Si existe un Dios omnipotente, ¿no puede él eliminar el mal y el sufrimiento? Si existe un Dios bueno, ¿por qué él no desea acabar con el dolor? Si el puede y no lo hace, no es bondadoso. Si quiere y no lo hace, no es omnipotente. Si no es omnipotente, no es Dios. Si no es bondadoso, no merece ser servido”.

Reconozco mi limitación. No tengo la pretensión de dar una respuesta definitiva que desenrolle el ovillo que intrigó a Heráclito, Sócrates, Agustín, Tomás de Aquino, Juan Calvino, Sören Kierkegaard y tantos otros. Mi conocimiento es bien intuitivo y mi contribución, mínima. Pero como buen cearense, voy a ser atrevido.

Para comenzar a arañar la superficie del asunto, hablemos de libertad. Tanto divina como humana. ¿Hasta qué punto existe libertad en el universo? En el raciocinio griego, Dios era preso de sí mismo. Comprendido a partir de conceptos absolutos (conviene recordar que en el universo semítico no se hablaba en absolutos), el dios griego era impasible, ya que nada podría ser tan fuerte para afectarlo; era inerte, porque lo perfecto nunca podría cambiar.

Los griegos restringían, por lo tanto, la libertad a una mera inserción armónica del individuo en la polis y de la polis en el cosmos divino. Los patrones del destino, o del cosmos, era lo que conducía a cada individuo, cada sociedad y toda la historia.

El ser humano no tenía como revertir, posponer o anticipar lo que estuviese determinado por los engranajes del fatalismo. Su libertad era bien pequeña. El podría hasta hacer micro-acciones que le darían un poco de satisfacción, pero jamás concretar macro-acciones, aquellas capaces de alterar lo que “ya estaba escrito y determinado”.

La revelación judeocristiana nunca estuvo de acuerdo con esa comprensión griega del “motor inmóvil” (Dios como un motor que pone todo en movimiento, pero él mismo no es movido por nada). Tampoco aceptaba que el futuro no pudiese ser alterado por estar determinado a priori.

Si los griegos no creían en la posibilidad de alterar el curso de la historia, los profetas judíos, y más tarde los evangelistas cristianos, convocaban al pueblo a cambiar el futuro.

Acepto el argumento de Jose Comblin de que la comprensión de libertad no evoluciona porque se mantiene restricta al concepto griego. La difundida democracia ateniense “solamente valía para una minoría de privilegiados”; en rigor a la verdad, en Grecia sólo había aristocracia. Pocos, muy pocos, conocían la libertad.

Por lo tanto, propongo que el debate sobre el sufrimiento humano considere la libertad dentro del campo de la compresión judía. Dios es libre y los seres humanos, creados a su imagen, también poseen libertad de arbitrio.

Dios es omnipotente; Dios usó su soberanía para crear personas dotadas de arbitrio. Para mí, esas dos afirmaciones no admiten discusión.

Pero ¿cómo pueden coexistir dos libertades, siendo una de ellas infinitamente más poderosa que la otra? ¿Cómo los seres humanos podrían ser libres de verdad si Dios no les diese espacio? Feuerbach afirmaba que la omnipotencia divina aplasta la dignidad humana y que si Dios fuese todo, no somos nada. Muchos, después de él, trabajaron dentro de esa misma lógica: para Marx, Dios promueve la alienación; para Nietzsche, empobrecimiento; para Freud, infantilización.

El despojamiento de Dios en Cristo, acaba con la paradoja de la omnipotencia versus libertad humana. Cito a Andrés Torres Queiruga:

“Tal vez no exista malentendido más terrible y más urgente a ser erradicado que aquel que Feuerbach propuso – o mejor dicho, detectó – en la raíz del ateísmo moderno: el Dios que en Cristo, “que aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (2º Corintios 8:9), es rechazado como el vampiro que vive a costa del empobrecimiento del hombre: “Para enriquecer a Dios, se debe empobrecer al hombre; para que Dios sea todo, el hombre debe ser nada”.

Por lo tanto, la libertad humana sólo es posible porque Dios concede espacio. Es la mayor de todas las manifestaciones de la Gracia. Dios se despojó, entró en la historia “manso y humilde de corazón”, vivió voluntariamente todas las contingencias de la vida a las cuales estamos sometidos, sufrió y murió como cualquiera.

“El ser humano participa de la divinidad en el sentido de que es hecho libre como Dios es libre. Para que la persona sea libre, Dios renuncia a su poder. Entrega el poder al ser humano – juntamente con toda la creación – para que él construya su vida con toda libertad. Dios se retira para no imponerse. Su presencia en el mundo se manifiesta en la vida y en la muerte de Jesús. Dios se hizo un crucificado para que el ser humano fuese enteramente libre. Esta libertad puede ser para el bien o para el mal. No hay libertad si no hubiera posibilidad de elección” (Comblin).

Según Jürgen Moltmann, la fe cristiana “libera para la libertad”. La reacción moderna y atea, según Moltmann, fue en la dirección opuesta:

“En el mundo moderno, por el contrario, los hombres entienden la libertad como el hecho del sujeto disponer libremente de su propia vida y de su propiedad y libertad colectiva como el hecho de corporaciones políticas, pueblos o estados disponer soberanamente sobres sus propios intereses. Aquí la libertad es entendida como el ‘derecho de autodeterminación’ de individuos o de los pueblos. Libertad aquí es el dominio sobre si mismo”.

Pero la fe cristiana sigue otra lógica. Dios soberanamente decide valorar a las personas como cooperadores con él en la construcción de la historia.

“Más para la fe cristiana la verdadera libertad no consiste ni en la comprensión de una necesidad cósmica o histórica, ni en disponer con autonomía sobre si mismo y sobre su propiedad, sino en el ser tocado por la energía de la vida divina y en el tener parte en ella. En la confianza en el Dios del Éxodo y de la Resurrección el creyente experimenta esta fuerza de Dios que libera y despierta, y de ella se vuelve participante (Moltmann).

El mal, por lo tanto, inherente a la libertad que Dios soberanamente decidió conceder a los humanos, existe simultáneamente con el bien. En el espacio de esa contingencia, el bien y el mal no son apenas posibles como también pueden ser potenciados y anulados por el arbitrio de los hijos de Dios.

La trama de las Escrituras consiste en mostrar que esa libertad fue usada perniciosamente, pero Dios nunca desistió de su creación. Él revela su pesar por el mal; fielmente proporciona principios y verdades que pueden volver bella la vida; llama a sus hijos para que se arrepientan de sus malas elecciones y los convoca a ser artesanos de una nueva historia.

Soli Deo Gloria.


Bibliografía:

Queiruga, Andrés Torres - "Do Terror de Isaac ao Abbá de Jesus" - Paulinas.
Moltmann, Jürgen - "O Espírito da Vida" - Editora Vozes.
Comblin, Jose - "A Vida - Em Busca da Liberdade" Editora Paulus.

5 de noviembre de 2007

Mi plegaria al Todopoderoso

por Ricardo Gondim

Señor, tú habitas en lo inaccesible y operas en el misterio. Sé que te acercas al contrito y humillado, por eso, te pido: Oye mi clamor, pues mi pecado está delante de mí y no ostento ninguna virtud para ser aceptado por ti. No pretendo impresionarte con falsas omnipotencias, estoy carente de tu misericordia.

No te imploro que me eximas de las contingencias de la vida. Estoy dispuesto a transitar existencialmente por caminos llenos de hoyos y remiendos. Desisto de imaginarme resguardado y que no experimentaré percances, enfermedades, muertes o angustias. No, mi Señor, no espero una suerte mejor que la de millones de hermanos míos.

Cada vez que intento orar por algún favor material, me siento pésimo. Me acuerdo del Sermón del Monte, y por reconocer tu cuidado y tu gracia me prohíbo pedirte comida y vestido. ¿Cómo puedo suplicar que te concentres en mi cuando existen millones sufriendo miserablemente alrededor de las grandes ciudades? No puedo considerarme único cuando existen innumerables ancianos muriendo antes de conseguir ser atendidos en los hospitales públicos. Dame la gracia de buscar en primer lugar tu Reino.

Soy un pequeño burgués que nunca podría pedirte cualquier beneficio por encima de los que ya tengo. Antes de golpear a tu puerta, me asalta la visión de las madres cargando a sus hijos con parálisis cerebral hacia interminables sesiones de fisioterapia; veo las casas de barro sin alimento; no puedo evitar las escenas de niños con latas de agua sobre la cabeza. ¿Cómo ansiar por privilegios cuando existen Darfur, Luanda, Nampula, Mumbai, Pirambu y tantos lugares olvidados?

Espero de ti un corazón de poeta, que sufre con la angustia no percibida de los hambrientos. Dame una ira profética para encarnar tu furor delante de la injusticia. Te imploro el saber del científico social para explicar los porqués de la rapiña del sistema económico salvaje que promueve tanta desgracia.

Quiero allegarme a la sala del trono y acercarme al misterium tremendum, donde los ángeles esconden el rostro, para oír de tus labios el mandato de llevar adelante tu causa. Dame tu Espíritu para que nunca me intimide ante la mirada circunspecta del despreocupado. Permite que encarne tu poder compasivo y exprese tu misión.

Aspiro a un corazón manso y un espíritu tranquilo para vivir con integridad. Espero poder extender mi mano a quien cayó a la orilla del camino. Reconozco que muchas veces me acobardo ante la agonía humana. No quiero esconderme detrás de afirmaciones religiosas. Si evito arrodillarme delante de los peores pecadores para no lavarles los pies, no soy digno de llamarme tu discípulo.

Por eso, necesito aprender el significado más profundo de lo que significa participar de tus sufrimientos. Si aún no asimilé el valor de dar la vida para ganarla, de perderla para hallarla, es porque no aprendí que el grano de trigo necesita morir para dar mucho fruto.

Te pido que me ayudes a enfrentar valientemente los riesgos y las contingencias de este mundo peligroso, hostil e imprevisible. Entiendo que vivir sin apelar a socorros mágicos y extraordinarios sigue siendo demasiado difícil para mí. Así que instrúyeme, y tu Palabra será suficiente para que yo organice mis decisiones. Espero poder afirmar: me bastan tus verdades y principios para que yo sea más que vencedor.

En momentos tristes, ayúdame a repetir las palabras de Jesús: “Ahora todo mi ser está angustiado, ¿y acaso voy a decir: ‘Padre, sálvame de esta hora difícil’? ¡Si precisamente para afrontarla he venido! ¡Padre, glorifica tu nombre!” (Juan 12:27-28). Necesito de tu compañía para resistir la tentación de esperar rescates que me libren de la arena de la vida. Si así fuera, sería un cobarde.

No quiero que tus enemigos digan que yo te sigo como una escapatoria. No pretendo vivir alimentando ilusiones en nombre de la esperanza.

Padre, pon un guarda en mis labios, para que no fluyan palabras irresponsables cuando hable contigo. Sé que puedo tener el mismo sentir que hubo en Jesús que se vació de toda pretensión omnipotente para darse amorosamente por sus hermanos.

Silenciosamente me postro y te suplico: Ayúdame a andar humildemente a tu lado, haciendo el bien y practicando la justicia, y eso será todo.

Amén.

Soli Deo Gloria.

Un luto más

por Ricardo Gondim

Existen tristezas insublimables, intransferibles, indescifrables, intransitables, incontrolables. Esta semana fui abatido por la enemiga más terrible: la muerte. Anestesiado, terminé la semana tropezando, parecido a un zombi que no encuentra la salida del cementerio.

Existen tristezas sólidas, densas, y que nacen de los recuerdos saludables, de la falta de remordimiento, de la ausencia de culpa. La partida de Guió me hizo sufrir un dolor tan agudo como el sonido de un violín, tan frágil como el polvo que empaña los ojos.

Despedirme de mi querida suegra fue una bofetada abierta que recibí en el rostro. Al tocar su fino cabello, sentí cuan efímeros somos; me vi como el náufrago que hace señales al barco que se aleja distante en el horizonte. Ella falleció y yo noté que siempre estamos muy, muy desnudos.

Me envolvió una tristeza impiadosa, que reclamó mi sueño y carcomió mi alma. Como el vaivén del mar, fui y volví en las aguas de mi angustia. Intenté no aceptar su intromisión, luché para exorcizarla; pero la muerte es avasalladora, grave, asombrosa, fría, deformadora, y terminé derrotado.

Sin Guió, estoy inconmensurablemente huérfano. Perdí otra madre. Ya no podé jugar y preguntarle por teléfono: “¿Cómo estás, vieja querida?” Mis hijos tendrán que vivir sin la abuela jardinera, costurera y celestina. ¿Quién podrá enseñarles, con levedad, a no tener vergüenza de ser felices?

Sepulté a mi querida suegra. Ahora, me resta continuar mi ardua jornada rumbo a su mismo destino, en la esperanza de abrazarla el día del Gran Banquete.

Soli Deo Gloria.