Mostrando las entradas con la etiqueta Meditaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Meditaciones. Mostrar todas las entradas

6 de enero de 2009

Gaza y las lecciones que aprendí

por Ricardo Gondim

En el estado de Ceará la gente considera que es indigno golpear a un borracho. Reacciono terminantemente al genocidio palestino. Mis vísceras se retuercen cuando veo un niño mutilado por las esquirlas. Me siento culpable porque duermo seguro. Me indigna mi impotencia. No me conforma ser insignificante. Me exaspera no tener la autoridad política para gritar: ¡Basta!

¿Cómo se bombardea una población indefensa, sin ejército, y sin lugar donde esconderse? No entiendo el cinismo de una nación que antes de lanzar bombas, ordena huir al pueblo. Pero, ¿huir adónde? Las fronteras fueron selladas, no existen albergues, búnkeres o refugios. La matanza es espantosa.

Pasa mí, esta guerra no es otra cosa que una limpieza étnica. Humillando al pueblo palestino hasta el polvo, quebrando la columna dorsal de su identidad, Israel espera ellos se dejen de molestar. Si la causa de Israel es noble, ¿por qué la prensa internacional tiene prohibido informarse sobre los acontecimientos?

Aunque horrorizado, he aprendido. Esos eventos tenebrosos me llevaron a admitir que ya no leo la Biblia con las mismas lentes. Abandoné la idea que las masacres del Antiguo Testamento fueron órdenes divinas. Entiendo que los genocidios relatados en la Biblia fueron cometidos con las mismas motivaciones políticas, por los mismos intereses económicos y con las ambiciones nacionalistas iguales a las actuales, pero atribuidos a un dios guerrero. No acepto que los “propósitos” divinos para el futuro estén conectados a la política militar de Israel. Me arrepiento de haber predicado, alguna vez, que “Israel es el reloj de Dios” para el fin de los tiempos.

Pretendo ser un discípulo de Jesús y quiero crecer en mi pacifismo. Creo que Jesucristo encarnó la plenitud de la Divinidad. Para mí, las bienaventuranzas del Sermón del Monte son indicadores para comportamientos individuales y decisiones nacionales. No acepto represalias y venganza. Permanezco fiel a la declaración de que Jesús es el príncipe de la paz.

Soli Deo Gloria.

Estoy horrorizado

por Ricardo Gondim

Si existe una lógica religiosa que legitima lo que viene sucediendo en la Franja de Gaza, yo no quiero ser parte de ella.

Si existe un dios que está en control de la masacre palestina, no lo quiero. Prometo luchar contra tal divinidad.

Si existen personas que reconocen el derecho de una nación poderosa a arrasar a una más débil, yo no quiero la compañía de esas personas.

Vea el siguiente video:

http://www.youtube.com/watch?v=Zcde75zLGnY

El link anterior fue censurado dos veces desde mi publicación. En la guerra de la información, la prensa mundial no tiene el permiso de Israel para entrar en Gaza, la “versión oficial” es la que debe prevalecer. Ayer vi una entrevista al famoso vicepresidente de Estados Unidos, Dick Chenney, apoyando la masacre palestina. Mi reacción inmediata fue: “Menos mal que estoy en la vereda de enfrente”.

Ante la censura, aquí va un link de Al Jazeera. Espero que no sufra censura.

http://www.youtube.com/watch?v=_gEBO-6VRjs

Lo que pienso sobre la masacre de Gaza

por Ricardo Gondim

El pueblo palestino padece horrores.

Dijo Bertolt Brecht: “Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime”.
¿Quién podría no reaccionar ante tan gran opresión? Los palestinos viven sin comida, sin el derecho de salir y entrar, sin trabajo, apretados en una franja que se parece más a una gran colmena. Sí, hay odios antiguos, pero ellos reaccionan porque la paz no existe sin la justicia.

El gobierno de Israel promueve una masacre absurda sobre un pueblo geométricamente menos poderoso. Pero lo hace porque tiene el respaldo de Estados Unidos y cuenta con el silencio corrupto de los países árabes.

La prensa mundial tiene prohibida la entrada a la Franja de Gaza. Cuando Israel impide a la prensa dar testimonio de lo que sucede allí, todo se vuelve muy sospechoso. ¿Será que su objetivo mayor es hacer una limpieza étnica y verse libre de un pueblo que lo odia sin ser denunciado por el mundo libre?

Como soy líder de una comunidad cristiana, me horrorizo con los evangélicos que una vez más sustentan la lectura simplista que siempre hicieron de la Biblia. Para mantenerse coherentes, apoyan un ejército profesional en una carnicería sin precedentes. ¡Los creyentes me dan vergüenza! Ya he recibido correos electrónicos celebrando las bombas como señal del regreso de Cristo (bombas ciertamente elegidas por la Divinidad), con derecho al “Aleluya” y acompañados de la más miserable de las muletillas: “Dios está en control”.

Conozco todos los argumentos, no soy ingenuo. Sobran las explicaciones que legitiman el derecho de un pueblo despedazar a otro. Los muertos de las balas comunes, que abarrotan la historia, fueron enterrados con tales explicaciones. Para mi, basta y sobra un solo argumento, el de Jesucristo: “Ustedes han oído que se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo’. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo” (Mateo 5:43-44a).

La violencia solo suma ira al odio, y genera más muerte. No, no apruebo que los palestinos disparen cohetes, no estoy de acuerdo con el terrorismo (religioso o de Estado), no hago la vista gorda a la ira fundamentalista que busca arrojar a Israel al medio del mar. Aún así, alguien tiene que quebrar el ciclo perverso de la venganza. Sugiero que comience el más fuerte. Es todo.

Soli Deo Gloria.

31 de diciembre de 2008

Crudeza histórica

por Ricardo Gondim

Los americanos utilizan una expresión tosca cuando quieren terminar con un parloteo: “let’s cut the crap”. En español, un poco menos tosco, sería “basta de tonterías”.

La Navidad se terminó, cualquier aura sentimentaloide se desvaneció, y el juego bruto de la historia ya se impone. Las noticias del día 27 de diciembre nos muestran cómo será el nuevo año. Israel bombardeó la miserable Franja de Gaza, y hay más de 120 muertos. Madres desesperadas buscan entre los escombros lo que queda del cuerpo de sus hijos, ¡las bombas no seleccionan objetivos, matan indiscriminadamente!

La complicada ecuación de la geopolítica palestina aún contiene el elemento religioso. Y, para mi vergüenza, la tradición evangélica de la que fui parte legitima el derecho de expulsar, matar y diezmar a los palestinos, basándose en la posesión de la tierra que Dios dio a Abraham hace milenios. Pero delante de la carnicería mundial, ¿qué son 120 palestinos muertos? El mismo día quizá el doble muere en Darfur, Congo o Zimbabwe.

La historia siempre fue cruda. Sólo en el siglo XX, los turcos despedazaron a los armenios; rusos exterminaron millones de rusos; Europa se ahogó en sangre en la Primera Guerra Mundial; los nazis perfeccionaron las técnicas de exterminio en masa; los americanos lanzaron dos bombas atómicas sobre la población de Japón; la Guerra Civil Española fue horrenda; los chinos impusieron el comunismo en base a la fuerza bruta; Vietnam, Camboya y Laos tuvieron sus holocaustos; dictadores latinoamericanos torturaron, asesinaron y mutilaron indiscriminadamente; en Ruanda, fueron suficientes 45 días para diezmar ochocientos mil con hachas y machetes.

Las luces navideñas, los fuegos artificiales del Año Nuevo y las apoteóticas aperturas de los Juegos Olímpicos no son más que trapos rotos, que intentan disfrazar la lepra de nuestra Historia. Somos lobos feroces. Creamos lógicas que legitiman la muerte de los inocentes -¿daños colaterales por el bien mayor de la humanidad?- e invocamos a dios para bendecir nuestra maldad. Escribimos teología para explicar nuestro porvenir pero somos peores que los chacales, predadores que acechan aun cuando no tienen hambre.

Las bombas que cayeron sobre Gaza me dejaron con el mismo gusto amargo del Tsunami de hace algunos años. Por cierto, let’s cut the crap, ese rollo de año nuevo es puro cuento.


Soli Deo Gloria.

(Dos horas después, el número de muertos llegó a 205. Cuatro horas después, 220 muertos. Al día siguiente, más de 300 muertos -entre ellos 150 niños-. La carnicería continúa 36 horas después, 350 muertos. Habrá que esperar más malas noticias).

6 de noviembre de 2008

Los mansos heredarán la tierra

por Ricardo Gondim

Resistí el huso horario y en la madrugada del día 5 de noviembre de 2008, sin una gota de sueño, acompañé la victoria de Barack Obama. Lloré emocionado. Yo era un ciudadano del mundo, por eso vibré como si festejara una final de la Copa Mundial. Me sentí hermano de todas las naciones, tribus y pueblos que celebraron el momento exacto en que terminó la votación en la costa del Pacifico y las redes de televisión declaraban la victoria de Obama.

Sentí un nudo en la garganta cuando vi a Jesse Jackson, el amigo que abrazó a Martin Luther King Jr. antes de su muerte, con los ojos empapados de lágrimas. Como un destello, recordé el 3 de abril de 1968, en la víspera de su asesinato Martin Luther King predicó como un profeta:

Pues bien, yo no sé que sucederá ahora. Tenemos por delante algunos días difíciles. Pero eso no me importa ahora. Porque he estado en la cima de la montaña. No me preocupa. Como cualquiera, quisiera vivir una larga vida. La longevidad tiene su lugar. Pero no me preocupa eso ahora. Yo sólo quiero hacer la voluntad de Dios. Y él me ha permitido llegar a la cima de la montaña. Y la he visto. He visto la tierra prometida. Es posible que no vaya con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche que nosotros, como pueblo, llegaremos a la tierra prometida. Esta noche estoy feliz. Nada me preocupa. No le temo a ningún hombre. Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor.

La elección de Obama cumplió esta profecía. Equivale, en la historia, al día en que Nelson Mandela fue liberado en Sudáfrica. Por lo tanto, la fiesta no es solo americana, sino de todos los que aman la libertad. Las generaciones futuras mencionarán el día 4 de noviembre con orgullo. Será el día en que fueron sanados los hematomas que dejó el látigo de la esclavitud; cuando la intolerancia y el prejuicio perdieron su fuerza; el día en que las esclavas cambiaron su lamento por risa; el día en que los negros pudieron andar con la frente en alto, sin sentirse disminuidos por el odio racial; el día en que cayó por tierra la antigua y estúpida teología que relacionaba la maldición de Cam, hijo de Noé, con los afrodescendientes.

Mientras me encontraba predicando en una iglesia pentecostal en el sur de Estados Unidos acompañé al pastor a visitar un señor, miembro de su comunidad que había sido hospitalizado. En la enfermería, el pastor comentó que notaba su ausencia y le preguntó si tenía algún motivo para faltar a los cultos. El enfermo le respondió que no volvería mientras los negros siguieran frecuentando las reuniones. “Pero ellos también son hijos de Dios”, fue la respuesta del pastor. “No, los negros no son hijos de Dios porque ninguno de ellos tiene alma”, dijo el pobre hombre. Avergonzado, mi amigo abrevió la visita; durante nuestro viaje de regreso no volvimos a cruzar palabra.

El Ku Klux Klan no prevaleció. Rosa Parks, la costurera que se negó a ceder su asiento a un blanco de Alabama en el autobús, sonríe de alegría. Se le hizo justicia a Medgar Evers, cobardemente asesinado en Missisipi. Una vez más el bien venció en el largo, oblicuo, y muchas veces socavado camino de la humanidad. Jesucristo tenía razón: “los mansos heredarán la tierra”.

¡Godspeed, Barack Hussein Obama!

Soli Deo Gloria.

27 de octubre de 2008

Las CNPT de la religión

por Ricardo Gondim

Recuerdo muy poco de las clases de ciencia de la escuela secundaria. Sudé memorizando fórmulas y multipliqué números enormes para casi nada. De lo poco que quedó me acuerdo que, para determinadas formulas químicas y ejercicios teóricos de física, necesitábamos de la sigla CNPT, o “Condiciones Normales de Presión y Temperatura”. Significaba que aquella proposición científica sólo funcionaba en CNPT o, en otras palabras, en condiciones ideales.

Descubrí, de forma temprana, que las condiciones óptimas sólo existen verdaderamente a manera de tesis. Las CNPT funcionan en el laboratorio, en ambientes controlados o idealizados por el científico y solamente para comprobar una hipótesis ya que cualquier alteración, por mínima que sea, altera el resultado del experimento.

Vivir es arriesgado. Peligros e imprevistos, angustia y dolor, injusticia y sufrimiento, merodean la existencia. Sería fantástico vivir en un mundo en “condiciones normales de presión y temperatura”. Por eso, buscamos varitas mágicas, lámparas de Aladino, ideales políticos, abracadabras, plegarias. Soñamos en crear un mundo que funcione con la precisión de un reloj suizo.

Siempre deseamos viajar en cielos azules. Seducidos por un mar sereno intentamos recrear el universo. Creemos que existe la posibilidad de eliminar los riesgos. Oramos pidiendo la protección divina para ser guardados de las amenazas de la vida. Imaginamos que si así lo pedimos, sin tener pecado alguno, jamás seremos sorprendidos por accidentes. Esperamos que Dios nos libre de neumáticos desinflados, motociclistas incautos y de hoyos en el asfalto.

Tontamente esperamos el día en que el mundo esté bajo absoluto control. Sucede que ese día nunca llegó, y nosotros acabamos dominados por la culpa. “¿Qué hice yo para que mi hijo se muriera?” me preguntó recientemente un pastor. “¿Por qué las cosas nunca me salen bien?”, es el correo electrónico más repetido en mi bandeja de entrada.

Cristo no engañó a sus discípulos y nunca les doró la píldora, porque su mensaje no era religioso. Él nunca prometió que sometería la vida de las personas a las CNPT. Por el contrario, dijo que los enviaba como ovejas en medio de lobos, que las tempestades azotan la casa de aquellos que escuchan y guardan su palabra, y que el mundo de sus seguidores estaría lleno de aflicciones. Ya que él vivió sin protección, sin corazas, sin defensa angelical… ¿por qué sus siervos tendrían que reclamar algún tipo de armadura celestial?

Me atrevo a redefinir lo que es fe. Fe no significa capacidad para anticiparse a las contingencias de la vida. Fe es el valor de creer que los valores, principios y verdades propuestas por Jesús de Nazaret son suficientes para enfrentar la vida con todo lo que ella nos traiga, de bueno y de malo.

La religión tiene que ver con la seguridad, con la posibilidad de hace encajar al mundo en la lógica de causa-efecto. Los cultos, las penitencias, las oraciones, tienen el objetivo de hacer engranar las circunstancias y dar a los fieles la sensación de vivir bajo las CNPT. ¡Qué engaño! Hasta que el espejismo desaparece. Con las enfermedades, los accidentes, los imprevistos, la propia muerte, llega la decepción. Y la peor desilusión es la religiosa. Los decepcionados con Dios experimentan el infierno. (Jesús advirtió que los prosélitos religiosos son condenados a un doble infierno).

El amor no anticipa el orden. Quien ama sabe que el desorden será posible. Dios no desea que sus hijos vivan con la ilusión de que serán escudados. Para que eso sucediera, él necesitaría amordaza la historia, el día a día y hasta el porvenir. Un mundo indoloro sería un mundo sin libertad. Y sin libertad no existe el amor… y sucede que Dios es amor.

Por lo tanto, la promesa divina no nos resguarda del mundo. Sin alucinaciones, Dios nos acompaña en la deliciosa y peligrosa aventura de vivir.

Soli Deo Gloria.

21 de octubre de 2008

Noticias del Imperio

por Ricardo Gondim

Entre bofetadas y besos, anticipo una conmovedora victoria de Barack Obama en la elección del 2008. Conmovedora, porque los “red-necks”, los evangélicos fundamentalistas, los políticamente conservadores, van a tener que tragarlo. A no ser que un cataclismo de enorme magnitud sorprenda a todos, no creo que John McCain tenga el vigor para revertir el empuje que llevará a Obama a convertirse en el primer negro en la presidencia de Estados Unidos.

Mientras viajaba en automóvil de Chicago a Boston, vestí una camiseta pro-Obama. Me pareció raro que nadie se haya solidarizado con mi militancia secreta. Sin embargo, mientras almorzaba en un restaurante perdido en el interior del estado de Nueva York, fui reprendido por un anciano bastón en mano. Sin saber que yo era extranjero, el señor vino hasta nuestra mesa y, apuntándome con el dedo, preguntó: “¿Obama?” Intentando disimular el acento, le dije: “Yes, all the way”. Con furor, respondió: “Big mistake, big mistake”.

Quien sabe si Obama llegue a implementar algunas políticas realmente de vanguardia en la sede del imperio. Ojalá que sí. Soy desconfiado, recuerdo que el anhelo transformador del metalúrgico presidente de Brasil terminó asfixiado por las alianzas que su partido necesitó hacer.

¿Qué tengo que ver yo con la elección norteamericana? Soy un brasilero sin la menor pretensión de vivir en Estados Unidos. A decir verdad, no debería interesarme con el porvenir de ellos.

Lo que sucede es que hace muchos años, los gringos eligieron a Jimmy Carter, un presidente digno y por quien tengo gran admiración. Su política externa marcó mi historia, porque Carter rehusó suscribir la diplomacia conspiradora e intervencionista de Henry Kissinger. (Kissinger ayudó, por ejemplo, a articular el golpe de estado contra Allende en Chile, y de la misma manera apadrinó a Pinochet).

El presidente Carter envió a su esposa en una misión oficial a Brasil para expresar verbalmente que Estados Unidos no haría alianzas con torturadores, y que la dictadura militar no debería contar con el apoyo o auxilio del Departamento de Estado. A partir de su visita la petulancia del régimen se derrumbó. Le debo, por lo tanto, a Jimmy Carter la paz que pasó a reinar en mi familia –y él ni sabe que yo existo–.

Siento que el mundo habrá de respirar con más oxigeno (literal y metafóricamente), en caso que Obama sea elegido. No, no me ilusiono, sé que él puede decepcionar. Estoy demasiado viejo para ser ingenuo u optimista con su posible mandato. Pero que es bueno ver a Bush y a su equipo salir de la escena, realmente lo es.

Esperemos…

Soli Deo Gloria.

20 de octubre de 2008

El secreto de agradar a Dios

por Ricardo Gondim

¡Anda, come tu pan con alegría!
¡Bebe tu vino con buen ánimo,
que Dios ya se ha agradado de tus obras!
Eclesiastés 9:7

José Fulano de Tal murió ayer. ¡Pobre hombre! Consciente de sus deberes, nunca llegó tarde. Jamás perdió un tren. Era impensable que acelerara con la luz amarilla. De forma correcta, pagó todas sus cuentas el día exacto. Vistió la misma camisa hasta gastar el cuello. Siempre escogió a cual candidato votar. Leyó el periódico todos los días. Tuvo un entierro mesurado, sin mucha emoción, parecido a su existencia.

José Fulano de Tal fue un asiduo miembro de iglesia. Se sometió a los reglamentos y exigencias de su religión –su mayor deseo en la vida era agradar a Dios–. Trabajó incansablemente en las viviendas del barrio. Contribuyó con entidades filantrópicas. En su última jornada, los amigos, parientes y curiosos caminaron discretamente por la arboleda del cementerio. Se despidieron de un hombre que no logró vivir.

José Fulano de Tal tendría que haber aprendido que para vivir, basta disfrutar, pero disfrutar de verdad, de la poesía. En el poema, la palabra gana ritmo para sincronizarse con el latido del universo. Y en esa magnifica, aunque silenciosa palpitación, resuena la voz de lo Divino.

José Fulano de Tal tendría que haber aprendido que para vivir, basta tener tiempo para escuchar música. Cuando la melodía y la rima se aparean, nace la sublime sonoridad del Paraíso. El Padre Eterno sonríe cuando sus hijos se serenan para escuchar a los artesanos de los salmos, los nocturnos, las tonadas, los réquiems, las cantatas, las óperas, las polcas, la samba, los himnos, los recitales, los corales, el jazz, la bossa-nova.

José Fulano de Tal tendría que haber aprendido que para vivir, basta con amar los libros. Es placentero para Dios ver a sus hijos trascendiendo a mundos imaginarios a través de la prosa, la narración. Las novelas disecan el alma humana, enaltecen la virtud, exponen la crueldad y, cuando no sufren censura, describen la cruda realidad de la vida.

José Fulano de Tal tendría que haber aprendido que para vivir, basta con transformar cada comida en un ágape, cada apretón de manos en una alianza y cada abrazo en una declaración de amor.

José Fulano de Tal tendría que haber aprendido que para vivir, basta dejarse conducir por un viento distraído, rumbo al horizonte inalcanzable; y esperar por un porvenir insustancial. Ya que a Dios le gustan los prados salvajes y los bosques sin cercas, vivir es arriesgarse. Dios sabe diseñar el arco iris con las gotas del riachuelo que caen al precipicio. Por lo tanto, sólo vive quien no teme desvanecerse.

José Fulano de Tal tendría que haber aprendido que para vivir, basta disfrutar del vino, el dulce de leche, la tapioca con manteca, la película romántica, el deporte, la media hora de sueño extra del feriado, el bizcocho de maíz, la caricia en la cabeza, el beso, el viaje de vacaciones con dos días extras para descansar del descanso.

José Fulano de Tal tendría que haber aprendido que para vivir, basta con llamar a Dios de Padre o Madre.

Soli Deo Gloria.

3 de septiembre de 2008

Religión y alucinación

por Ricardo Gondim

Me dan mucha pena los crédulos. He llegado a llorar por mujeres y hombres ingenuos, los de semblante triste que abarrotan magnificas catedrales a la espera de promesas que nunca se cumplirán. Soy consciente que no tendría éxito si intentara convencerles que han caído en una trampa. La gran mayoría inconscientemente repite la lógica siniestra del “engáñame que me gusta”.

Si pudiera, les diría a todos que no existe el mundo protegido de los sermones. Sólo en “Alicia y el país de las maravillas” es posible vivir sin peligros de accidentes, sin posibilidades de frustración, sin contingencias y sin riesgos.

Si pudiera, diría que no es verdad que “todo va a salir bien”. Para muchos (incluso cristianos) la vida no ha salido bien. Algunos perecieron en campos de concentración, otros nunca salieron de la miseria. Mujeres han visto a sus esposos agonizar bajo torturas. Padres han sufrido en cementerios debido a la partida prematura de sus hijos. Si pudiera, advertiría a los ingenuos que varios hijos de Dios murieron sin nunca ver cumplida la promesa.

Si pudiera, diría que sólo en los delirios mesiánicos de los falsos sacerdotes suceden milagros a borbotones. La regularidad de la vida requiere realismo. Los tetrapléjicos van a tener que esperar por los milagros de la medicina –quien sabe, algún día, los experimentos con células madre logren regenerar los tejidos dañados-. Los niños con síndrome de Down merecen ser amados sin la presión de “tener que ser sanados”. Los amputados no deben esperar a que los miembros crezcan nuevamente, sino que la cibernética invente prótesis más eficientes.

Si pudiera, diría que sólo los oportunistas con menos escrúpulos prometen riqueza en nombre de Dios. En un país que remunera el capital por encima del trabajo, los torneros, los choferes, los cocineros, las enfermeras, los albañiles, los maestros, van a tener dificultad para pagar una canasta familiar básica. Miente quien reduce la religión a un proceso mágico que garantiza el ascenso social.

Si pudiera, diría que no todo tiene un propósito. Denunciaría la muerte de bebés en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital público como pecado; por lo tanto, contrario a la voluntad de Dios. No permitiría que los teólogos cargaran a la cuenta de la Providencia el río que se transformó en cloaca, el bosque incendiado y las favelas que se acumulan en la periferia de las grandes ciudades. Jamás dejaría que se intentara explicar el accidente automovilístico causado por un borracho como suceso de la “voluntad permisiva de Dios”.

Si pudiera, pediría a las personas que intentaran vivir una espiritualidad menos alucinada y más “con los pies sobre la tierra”. Diría: de nada sirve disfrazar la realidad del mundo con deseos utópicos. De la misma manera en que un etíope no cambia el color de su piel, no se altera la realidad cerrando los ojos y esperando un paraíso de delicias.

Soy consciente que no seré oído por la gran mayoría. Debo seguir escribiendo, hablando… puede ser que unos pocos presten atención.

Soli Deo Gloria.

31 de agosto de 2008

Gratitud y despedida

por Ricardo Gondim

Llegó la hora de decir muchas gracias.

Muchas gracias por haberme dejado con la sensación de que vivía protegido. Por años me sentí escoltado por un pastor vigilante. Si no te hubiera imaginado cuidadoso, cobarde como soy, tal vez no hubiera conseguido enfrentar los percances que se repitieron en mi historia.

Muchas gracias por no corregirme cuando, influenciado por una espiritualidad utilitaria, te pedí qué comer o qué vestir. Por hacerme tan dependiente, terminé no dándole alas a la arrogancia que escondía.

Muchas gracias por las primeras influencias de mi caminata espiritual. Me pusiste a trabajar con gente sincera, ingenua, noble, inconsecuente, bondadosa, torpe. Les debo a todos el criterio ético, la responsabilidad humana y los escrúpulos espirituales que fui forzado a aceptar.

Muchas gracias por los libros que pusiste a mi disposición. Bajo tu tutela, devoré innumerables compendios de teología sistemática y me familiaricé con los presupuestos cartesianos de la fe. Bebí con la misma avidez de autores liberales y fundamentalistas. Con el corazón abierto, leí los mejores manuales exegéticos, estudié las hermenéuticas más ortodoxas. Fui un discípulo aplicado, siempre esforzándome por esmerarme en mi dedicación.

También llegó la hora de despedirme, necesito entrar en una nueva fase.

Necesito vivir una espiritualidad madura que no necesite de milagros, que no espere liberaciones espectaculares. Miro hacia atrás y noto los procesos pedagógicos que tenían el propósito de prepararme para esta vida autónoma. Responsablemente consciente que eres, Padre, reconozco que tú me adiestrabas para volar y tallar mi destino en el mármol. Me arriesgo a dar los primeros pasos sin depender de tus sucesivos amparos.

Necesito vivir una espiritualidad solidaria que no busca liberaciones sobrenaturales. Mientras haya un niño abandonado en algún campo de refugiados de las Naciones Unidas, mientras haya un hospital con camillas en los pasillos, no pediré ningún bono sobrenatural. No quiero privilegios divinos que me distingan. Espero tan sólo un milagro: escuchar tu lamento y tu indignación por tanta muerte innecesaria. Concédeme sensibilidad para atender tu llamado y ser, al mismo tiempo, pregonero de la justicia y buen samaritano.

Necesito vivir la fe con valentía. No transformaré mi relación contigo en una fuga existencial. Enfrentaré las adversidades, celebraré las conquistas, soportaré el hastío, lamentaré las ruinas, confiando que los valores propuestos por Jesús de Nazaret son suficientes para hacerme más que victorioso.

Así que, digo adiós a mi infancia espiritual. Claudicante, gateo rumbo a la madurez. Admito que aún tengo mucho suelo por delante. Sigo, sin embargo, la carrera que me fue propuesta con el corazón vibrante.

Soli Deo Gloria.

26 de mayo de 2008

Por favor, otra vez no

por Ricardo Gondim

Por favor, no quiero oír explicaciones sensibleras para las tragedias asiáticas.

Por favor, mejor me ahorran tener que escuchar “los asiáticos son budistas, por lo tanto idolatras que merecen que Dios derrame el cáliz de su ira”.

Por favor, no me digan que la mordida de Adán y Eva en el fruto prohibido fue la causa primaria de tantos sufrimientos. Si tales razonamientos forman la lógica que fundamenta algunos argumentos, no quiero participar de esa lógica. Si acaso tenga que pagar el precio de ser llamado hereje por no pensar de esa manera, no me importa. Abandono el análisis del biblista, del hebraísta, del profesor de teología sistemática, sea quien sea que escoge historias del Antiguo Testamento para mostrar cómo Dios castiga las naciones con el “furor de su odio”.

Por favor, déjenme en paz. Quiero aprender a llorar para ver el noticiero con otro espíritu.

Por favor, dejen avivar mi indignación contra los dictadores de Myanmar.

Por favor, tengo que reconstruir los contenidos de mi corazón ante tanto dolor.

Soli Deo Gloria.

23 de mayo de 2008

¿Dónde está el milagro?

por Ricardo Gondim

Estudio en el programa de maestría de la Universidad Metodista de San Pablo. Al lado del Edificio Capa, donde cursamos la carrera, está la Clínica de Fisioterapia; allí, a cada instante, estacionan junto a la acera diferentes vehículos con portadores de discapacidades motoras –parálisis cerebral, paraplejía y cuadriplejía-. Cuando llegan, no es posible evitarlos. Aunque algunos alumnos intenten dar vuelta el rostro, ciertamente abrumados, brilla la nobleza resiliente de las madres que cargan sus niños en brazos y que, aun arrastrando los pies, mantienen su dignidad.

Todavía no me atreví a entrar en la clínica, pero me imagino la abnegación de médicos, enfermeras y fisioterapeutas; hasta veo el sudor goteando y las manos agarrando barras paralelas y aros con sacrificio. Sé que allí dentro la vida sigue a un son diferente.

Aquel entrar y salir de discapacitados debe haber sido el responsable de terminar con mi encanto por las charlatanerías de los milagreros, pues ya no me asombran los testimonios de sanidad que la televisión y la radio anuncian constantemente.

Sinceramente no me intrigan las declaraciones de que serán sanados “por la fe” todos los enfermos que acudan a “la vigilia de los lunes”, o a “la campaña de los 348”, o “la cruzada pro evangelización del mundo”.

La Iglesia Presbiteriana de Fortaleza fue mi cuna religiosa. En mis primeros pasos poco hablábamos de sanidad ya que éramos “tradicionales”, una versión “light” aunque fundamentalista del evangelicalismo. Cuando surgía algún enfermo en nuestra comunidad repetíamos que el verdadero creyente no se resigna, sino que pide: “sea hecha tu voluntad”.

Luego de pasar por una experiencia pentecostal y hablar en lenguas (técnicamente llamada glosolalia), me volví un pentecostal de pura cepa. Asistí a muchas conferencias sobre sanidad divina; dos de ellas auspiciadas por Morris Cerillo, en Londres y San Diego. Fui evangelista asociado de la Cruzada Buenas Nuevas, del misionero Bernhard Johnson. Fui el intérprete de Jimmy Swaggart en su gira por Brasil, en los estadios Morumbi y Maracanã; Swaggart creía y hablaba de los milagros aunque no era propiamente un predicador de sanidad divina.

Por lo tanto, no soy un neófito ni un incrédulo en lo que concierne a lo trascendente. Sé todos los versículos, conozco todos los razonamientos que fundamentan la lógica de buscarse una solución sobrenatural para las enfermedades. Nadie necesita convertirme a ese embrollo. Sé citar Isaías 53, Marcos 16, 1º Corintios 12 y tantos otros textos.

Sucede que el dolor del mundo me alcanzó en la vereda de una clínica de fisioterapia; allí se expuso la angustia de millones de madres y mi corazón se cerró a las antiguas lógicas milagreras.

Aunque me sienta inclinado a creer en los predicadores de la sanidad divina, recuerdo que multitudes de niños y niñas morirán de VIH/Sida en países como Congo, África del Sur, Mozambique y Angola. Cuando soy tentado a ser condescendiente con los Cerullo, los Benny Hinn y los R.R. Soares de la vida, con sus interpretaciones literales de la Biblia, recuerdo el malestar que muchos pacientes pueden estar sintiendo en aquel preciso momento como consecuencia de una quimioterapia.

Cuando escucho promesas de milagros a granel, pregunto ¿quién ayudará a la adolescente que no tiene novio porque nació con un trastorno genético que la desfiguró?

Mi cuestionamiento es: los religiosos deberían querer lidiar con el mundo real que necesita de grandes intervenciones, no de panaceas. Un ministro del evangelio no tiene derecho de predicar que “en teoría” todos serán sanados y luego mostrar indiferencia ante aquellos que no recibieron su milagro diciendo que les faltó fe.

El cristiano verdadero debe buscar intervenciones divinas donde el sufrimiento se muestra más agudo. Yo me dispongo a ayudar a cualquier evangelista que tenga el valor para estar de guardia en la acera de la Universidad Metodista. Voy a buscarlo y prometo interceder a su lado. Sinceramente deseo que los más afectados vuelvan a casa saltando de alegría.

De antemano sé que nadie vendrá. La mayoría está interesada en propagandear prodigios con el propósito de prosperar en sus emprendimientos religiosos. Si acaso creyeran en las interpretaciones que hacen de la Biblia, se arrodillarían en los pasillos de las clínicas de cáncer infantil, en los centros de hemodiálisis y en las salas de infectología de los grandes hospitales.

Necesitamos otras respuestas para el sufrimiento humano; los presupuestos de esos evangelistas que anuncian la sanidad con tanto alarde no abarcan la complejidad del sufrimiento universal.

Propongo que los prodigios del evangelio sean otros; que la presencia de Dios se revele en el servicio, en el amor solidario y la compasión. Que las manos y los pies de Dios sean las manos y los pies de los que no huyen del dolor ajeno. No conozco a los profesionales dedicados de aquella clínica de fisioterapia, sin embargo tengo la seguridad que todos encarnan la posibilidad de un milagro.

Soli Deo Gloria.

27 de febrero de 2008

Fe radical

por Ricardo Gondim

Cuenta una fábula árabe que las mariposas querían entender la luz, deseaban saber el secreto de sentirse tan fascinadas por la llama de una vela. ¿Qué las deslumbraba? ¿Sería la luz o el calor? Entonces le pidieron ayuda a la mariposa reina. Luego de meditar sobre el asunto, ella aconsejó que cada una, individualmente, intentara encontrar la respuesta. Todas salieron buscando develar el secreto del fuego.

Pasado un tiempo, una mariposa volvió ciega de un ojo, afirmando que había llegado demasiado cerca y que la luminosidad de la vela le había encandilado, aunque seguía sin entender el misterio de la luz. Otra volvió con un ala quemada, reconociendo que su experiencia no había sido satisfactoria. Por siglos, las mariposas no entendieron por qué la luz les cautivaba tanto. Hasta que un día, una de ellas voló en dirección a un candil con tanta determinación que murió quemada. Ese día la mariposa reina dijo: “solamente esta mariposa conoció el misterio del fuego, pero nosotros nunca lo sabremos”.

La experiencia con Dios es muy similar a esa fábula. Es un encuentro con lo trascendente que no puede ser contenido en la dimensión del saber empírico. Nadie aprende sobre lo eterno valiéndose de las mismas herramientas experimentales de un científico. Por lo tanto, están equivocados los ateos que buscan en la exactitud matemática o en la investigación astronómica los medios de probar la existencia de Dios. También están equivocados los teólogos que intentan responder las acusaciones de los ateos con “argumentos aún más sólidos” sobre la realidad divina.

La experiencia con Dios es espiritual, por lo tanto, mujeres y hombres naturales no logran alcanzarla o discernirla. El creyente oye una voz inaudible, se siente acompañado por una presencia imperceptible y comprende verdades inaprensibles. Desafortunadamente, el occidente iluminista, positivista, cree poder abrazar las verdades espirituales con las mismas herramientas que utiliza para estudiar la química y la biología. Cuando Jesús afirmó que sus ovejas oyen su voz no se refería a la audición física, sino a una intuición espiritual que necesita ser desarrollada como una sensibilidad intangible.

La experiencia con Dios es siempre inédita, y cada encuentro con Dios será original, nunca previsible. Las religiones, con sus ritos, intentan domesticar lo sagrado, pero Dios no consiente la jaula de ninguna liturgia. No existe una red lo suficientemente grande como para atrapar al Todopoderoso, quien es libre para actuar como y cuando quiere.

En diversas ocasiones, Dios manifestó su presencia con un vacío inmenso. En otras, “las orlas de su manto llenaban el templo”. Siempre frustró a magos y hechiceros que prometían controlar sus acciones. Los verdaderos profetas sabían que Dios no se deja maniatar por ninguna amarra.

La experiencia con Dios es siempre personal, intransferible. La manera como cada uno entiende y percibe al Señor es única. Por eso, él es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Él es el Dios que se relaciona con cada persona con absoluto respeto a su individualidad. El Señor conoce las personas por su nombre y se manifiesta con total consideración a la historia de cada uno.

Siendo así, la experiencia con Dios requiere radicalidad. Para percibirlo es necesario un vuelo tan profundo y radical como el de la mariposa que murió. Conocer a Dios es sumergirse en el misterio, aunque eso cueste la propia existencia. Los que rozan la llama por curiosidad nunca aprenderán sobre lo divino.

En India, cuentan que un maestro meditaba a la orilla de un río cuando un discípulo se le acercó pidiendo su ayuda pues no lograba tener un encuentro significativo con Dios en sus ejercicios espirituales. El maestro lo tomó de la mano, lo llevó hasta el río y lo forzó a quedarse bajo el agua, sujetándolo por el cabello. Luego de dejar al joven casi tres minutos son aliento lo sacó del agua para que, desesperado, pudiera respirar. Entonces el maestro le enseñó la lección: “si tú buscas a Dios con la misma intensidad con la que buscaste el oxígeno que te da vida, ciertamente, lo encontrarás”. La Biblia promete que hallaremos a Dios “cuando lo busquemos de todo corazón”.

Así que cuando cada uno se esfuerza por conocer a Dios, y se entrega con radicalidad a esa búsqueda, descubre la razón última de la vida.

Soli Deo Gloria.

31 de diciembre de 2007

Deseos para repetidos años nuevos

por Ricardo Gondim

Aun con el estrés diario, aun necesitando lidiar con las pasiones animales, aun reconociendo que existen tentaciones diabólicas, todos nutren deseos espirituales.

Cuando reconocemos esa sed trascendental, nace una verdadera espiritualidad. Se inicia entonces una inquietud con los valores efímeros de la vida y viene un anhelo intenso por lo que es eterno. Cuando esa mirada hacia el cielo brota en el alma, la vida gana calidad.

Todos deben anhelar amor. Los pensamientos necesitan nacer del nido de los afectos y el diálogo, prescindiendo del reloj. Quien ama, atiende el teléfono sin reclamar; acoge a los que lloran sin querer explicar el motivo del sufrimiento; no pide explicaciones; nunca esconde segundas intenciones y jamás tolera astucias; se arremanga, llena recipientes de agua y no le importa que lo vean de rodillas.

Todos deben anhelar alegría. Y hacer fiesta como el canario en la alborada; y bailar como la palmera en la playa; y cantar como el gaucho en la rueda del mate; y soltarse como creyente pentecostal. Que bueno es anticiparse a la vida con una sonrisa satisfecha y tranquila, libre de culpas. Sólo quien sabe exorcizar su propia tosquedad logra cambiar un espíritu aburrido por festejos en los pies.

Todos deben anhelar paz. Solamente los serenos aprenderán a lidiar con sus conflictos relacionales. Los que perdonan, también. Son felices los que se ponen en los zapatos del otro y esperan el momento apropiado para tener “aquella franca conversación”. Nadie debe imaginarse libre de tensiones, desavenencias o incomprensiones; el desorden es parte de la vida (solo existe armonía completa en la muerte). Deseemos la paz que nace de la solución madura de las discordias.

Todos deben anhelar paciencia. Por eso, menos nerviosos como los simples, menos malhumorados como los débiles, menos irritables como los lentos. La impaciencia brota de los narcisismos enfermizos, de las falsas omnipotencias. No se puede creer en las propagandas institucionales que hacen sobre nosotros mismos. Es una locura embriagarse con la exuberancia de los propios discursos. Como nadie es un especial elegido, es necesario esperar a aquellos que se atrasan y no molestarse cuando hay que repetir lo que acabas de explicar.

Todos deben anhelar amabilidad. Por eso, menos emprendedores y más sensibles; menos paladines y más diligentes. Un héroe sin alma es un tirano. Los demonios son valientes que perdieron el corazón. Sólo los dóciles se parecen a Dios. Por lo tanto, cada quien deje que su vida refleje el cariño divino por el mundo así como el cristal fragmenta la luz. Y que la refracción de tu amabilidad se esparza como cordialidad, benevolencia, comprensión, camaradería.

Todos deben anhelar bondad. Para eso, necesitan aprender a ser generosos. En el diccionario divino no aparece la entrada “avaricia”. Los bondadosos no temen imitar al padre de la parábola del hijo pródigo y decir: “mi hijo, todo lo que tengo es tuyo”. Los bondadosos se anticipan a las necesidades del prójimo y se disponen a bendecir como si tuviesen las manos de Dios.

Todos deben anhelar fidelidad. Cuando alguien leal está cerca, los amigos descansan. Celebrada por militares, sacerdotes y poetas, la lealtad no es privilegio de ningún grupo. Es la única virtud que Dios pide de sus hijos: la perseverancia; principal atributo del fiel. La verdadera vida pertenece a los fieles, aunque nunca alcancen el éxito, aunque fracasen o decepcionen todas las expectativas. El fiel persiste hasta el fin del camino; aunque termine la jornada destruido, aun así será alabado.

Todos deben anhelar mansedumbre. Los mansos son libres para vivir y no se desesperan reclamando sus derechos a Dios o al mundo. Sólo los mansos son libres para solidarizarse con el sufrimiento de los pobres y de los olvidados; son pocas sus demandas. Ellos no suspiran por más bendiciones porque aprendieron a ser felices con la realidad. El contentamiento es la virtud que posa, únicamente, en el corazón de los mansos. En la combinación de ese desapego con la mansedumbre, hay serenidad; los confiados heredarán la tierra.

Todos deben anhelar dominio propio para saber lidiar con sus apetitos, pasiones y deseos. La templanza no se deja vencer por los instintos. Los libertinos no triunfan. Solamente aquellos que restringen sus deseos son libres de la opresión de la ganancia. Los que no se esclavizan por sus pasiones son más fuertes que un guerrero.

(Espero que hayas notado que acabo de detallar el fruto del Espíritu, como Pablo lo describió en su carta a los Gálatas 5:22. Si más personas anhelaran lo que es eterno habría menos odio y más amor. Que tu corazón desborde valores espirituales en este nuevo año).

Soli Deo Gloria.

21 de diciembre de 2007

Ausencia anual

por Ricardo Gondim

Mi navidad tiene color de nostalgia, olor a añoranza y gusto a lágrima. Ella llega cargada de recuerdos. Durante los días que preceden al veinticinco de diciembre, noto la sombra de la melancolía cubriéndolo todo. Las muchas luces no me engañan; la avalancha consumista se vuelve toda una fiesta vulgar. La navidad atraganta mi alma con un llanto que nunca llega.

Mi navidad pertenece a la infancia perdida; recuerdo el niño ansioso que fui, los regalos que nunca llegaron y la expectativa renovada de que el próximo año será diferente. El Dios de la navidad es niño. Necesito reclamarle a este corazón adulto: quien no se vuelva como un niño, no entrará en el reino de los cielos.

Mi navidad siempre viene en forma de despedida. Como sucede una semana antes de fin de año, debo mirar hacia el pasado y observar el rastro de lo que fue mi vida. Siento la ausencia de quien ya partió y me despido de cada uno, una vez más. En navidad, lamento los lugares vacíos en la mesa y contemplo la sonrisa de quien ya no existe en las fotografías. Tengo miedo; en otras navidades menos gente vendrá a la cena. Y eso duele.

Mi navidad carece de Dios. El Niño-Dios ya no está por aquí. Hace tiempo que él se fue. Es verdad que dejó su Espíritu, pero yo carezco de su presencia concreta. Nada ni nadie lo sustituyen apropiadamente. Ah, como deseo tocar sus vestiduras y acompañar el movimiento afectuoso de sus labios. En navidad, mi espíritu clama ¡Maranata!

Soli Deo Gloria.

5 de noviembre de 2007

Mi plegaria al Todopoderoso

por Ricardo Gondim

Señor, tú habitas en lo inaccesible y operas en el misterio. Sé que te acercas al contrito y humillado, por eso, te pido: Oye mi clamor, pues mi pecado está delante de mí y no ostento ninguna virtud para ser aceptado por ti. No pretendo impresionarte con falsas omnipotencias, estoy carente de tu misericordia.

No te imploro que me eximas de las contingencias de la vida. Estoy dispuesto a transitar existencialmente por caminos llenos de hoyos y remiendos. Desisto de imaginarme resguardado y que no experimentaré percances, enfermedades, muertes o angustias. No, mi Señor, no espero una suerte mejor que la de millones de hermanos míos.

Cada vez que intento orar por algún favor material, me siento pésimo. Me acuerdo del Sermón del Monte, y por reconocer tu cuidado y tu gracia me prohíbo pedirte comida y vestido. ¿Cómo puedo suplicar que te concentres en mi cuando existen millones sufriendo miserablemente alrededor de las grandes ciudades? No puedo considerarme único cuando existen innumerables ancianos muriendo antes de conseguir ser atendidos en los hospitales públicos. Dame la gracia de buscar en primer lugar tu Reino.

Soy un pequeño burgués que nunca podría pedirte cualquier beneficio por encima de los que ya tengo. Antes de golpear a tu puerta, me asalta la visión de las madres cargando a sus hijos con parálisis cerebral hacia interminables sesiones de fisioterapia; veo las casas de barro sin alimento; no puedo evitar las escenas de niños con latas de agua sobre la cabeza. ¿Cómo ansiar por privilegios cuando existen Darfur, Luanda, Nampula, Mumbai, Pirambu y tantos lugares olvidados?

Espero de ti un corazón de poeta, que sufre con la angustia no percibida de los hambrientos. Dame una ira profética para encarnar tu furor delante de la injusticia. Te imploro el saber del científico social para explicar los porqués de la rapiña del sistema económico salvaje que promueve tanta desgracia.

Quiero allegarme a la sala del trono y acercarme al misterium tremendum, donde los ángeles esconden el rostro, para oír de tus labios el mandato de llevar adelante tu causa. Dame tu Espíritu para que nunca me intimide ante la mirada circunspecta del despreocupado. Permite que encarne tu poder compasivo y exprese tu misión.

Aspiro a un corazón manso y un espíritu tranquilo para vivir con integridad. Espero poder extender mi mano a quien cayó a la orilla del camino. Reconozco que muchas veces me acobardo ante la agonía humana. No quiero esconderme detrás de afirmaciones religiosas. Si evito arrodillarme delante de los peores pecadores para no lavarles los pies, no soy digno de llamarme tu discípulo.

Por eso, necesito aprender el significado más profundo de lo que significa participar de tus sufrimientos. Si aún no asimilé el valor de dar la vida para ganarla, de perderla para hallarla, es porque no aprendí que el grano de trigo necesita morir para dar mucho fruto.

Te pido que me ayudes a enfrentar valientemente los riesgos y las contingencias de este mundo peligroso, hostil e imprevisible. Entiendo que vivir sin apelar a socorros mágicos y extraordinarios sigue siendo demasiado difícil para mí. Así que instrúyeme, y tu Palabra será suficiente para que yo organice mis decisiones. Espero poder afirmar: me bastan tus verdades y principios para que yo sea más que vencedor.

En momentos tristes, ayúdame a repetir las palabras de Jesús: “Ahora todo mi ser está angustiado, ¿y acaso voy a decir: ‘Padre, sálvame de esta hora difícil’? ¡Si precisamente para afrontarla he venido! ¡Padre, glorifica tu nombre!” (Juan 12:27-28). Necesito de tu compañía para resistir la tentación de esperar rescates que me libren de la arena de la vida. Si así fuera, sería un cobarde.

No quiero que tus enemigos digan que yo te sigo como una escapatoria. No pretendo vivir alimentando ilusiones en nombre de la esperanza.

Padre, pon un guarda en mis labios, para que no fluyan palabras irresponsables cuando hable contigo. Sé que puedo tener el mismo sentir que hubo en Jesús que se vació de toda pretensión omnipotente para darse amorosamente por sus hermanos.

Silenciosamente me postro y te suplico: Ayúdame a andar humildemente a tu lado, haciendo el bien y practicando la justicia, y eso será todo.

Amén.

Soli Deo Gloria.

15 de octubre de 2007

Entre la cruz y la horca

por Ricardo Gondim

Durante tres años elegí el evangelio de Lucas como la base para mis predicaciones dominicales. Cuando finalmente llegué al relato del Gólgota, por algún motivo me sentí constreñido; me consideraba indigno de pisar, por medio de la narración, aquel suelo sagrado.

El escenario de la cruz, aún con toda la carga teológica ya construida a su alrededor (e incluso con la explotación hollywoodense), todavía es uno de los más potentes de la historia de la humanidad.

Jesús, también llamado Hijo del Hombre, fue asesinado sin ningún motivo por una inclemente elite religiosa que supo negociar con poderes imperiales y logró inflamar una pequeña turba.

Él no representaba una amenaza para nadie (descontando su vocación para que las personas viviesen con valores dignos y bellos, que él afirmaba era la llegada del Reino de Dios).

Luego de pasar por una tortura cruel, Jesús fue crucificado al mediodía. Lucas cuenta que “hubo tinieblas” desde aquella hora hasta las tres de la tarde. La súbita oscuridad significaba mucho más que un coincidente o providencial fenómeno de la naturaleza.

Era la “señal del cielo” que los fariseos tanto pedían. Pero, al contrario de lo que imaginaban, la manifestación sobrenatural no autenticaba cosa alguna.

Dios tan solamente se rehusaba a hacer brillar su luz sobre tamaña sordidez. Era la señal para que las generaciones futuras aprendieran que el Padre del Unigénito de Dios no pactaría con la perversidad.

Sí, existen maldades que convocan a la propia naturaleza a nunca más ser verde, a las nubes a nunca más ser blancas, al sol a nunca más brillar.

Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, fue un judío huérfano sobreviviente de un campo de concentración nazi. Cuando escribió su biografía, sólo consintió publicarla después de un silencio de más de diez años; Wiesel no quería apresurarse a comentar sobre la inhumanidad del genocidio nazi.

En “Night” (La Noche), Wiesel cuenta, con una intensidad vívida y reflexiva, su sufrimiento, trabajo, angustia y crisis de fe en el campo de concentración.

La historia de la ejecución de tres personas sospechosas de resistencia (dos adultos y un niño) es el relato más doloroso:

Los tres condenados subieron a la vez a sus sillas. Los tres cuellos fueron introducidos al mismo tiempo en los nudos corredizos.

-¡Viva la libertad! -gritaron los dos adultos.
El pequeño estaba en silencio.

-“¿Dónde está el buen Dios, dónde?”- preguntó alguien detrás de mí.

A una señal del jefe del campo, las tres sillas cayeron. Un silencio absoluto descendió sobre todo el campo. El sol se ponía en el horizonte.

Después comenzó el desfile. Los dos adultos ya no vivían. Sus lenguas colgaban hinchadas, azuladas. Pero la tercera soga no estaba inmóvil: el niño, muy liviano, vivía aún...

Permaneció así más de media hora, luchando entre la vida y la muerte, agonizando ante nuestros ojos. Y nosotros teníamos que mirarle bien de frente.

Cuando pasé frente a él todavía estaba vivo. Su lengua seguía roja, y su mirada no se había apagado.

Escuché al mismo hombre detrás de mí:
-“¿Dónde está Dios?”-

Y en mi interior escuche una voz que respondía:
"¿Dónde está? Pues aquí, aquí colgado, en esta horca..."

Esa noche, la sopa tenía gusto a cadáver.

No entiendo qué me motivó a escribir sobre estos dos eventos tan crudos, el Calvario y Birkenau.

Debe ser porque leí sobre nueve recién nacidos muertos en un hospital público de Sergipe. No sé, aún no asimilé del todo la noticia de los doscientos que murieron en el desastre aéreo de San Pablo. Quizá aún no me acostumbré al suicidio de indígenas del Amazonas.

Quién sabe, creo que esta noche mi sopa también va a tener gusto a cadáver.

Soli Deo Gloria.

31 de julio de 2007

El No que puede, un día, volverse Sí

por Ricardo Gondim

No quepo dentro de los estrechos caminos por donde viajan las hienas que por naturaleza ríen, despreciando a sus semejantes.

No me siento bien en las salas de los amplios palacios donde viven monarcas alucinados.

No me gusta la gente que se cree dueña de triunfos ajenos.

No tolero a aquellos que espiritualizan la vida, e intentar transferir los gestos humanos a los ángeles.

No convivo bien con personas que adoran el peso de sus paranoias y teorías de conspiración.

No quiero la amistad de legalistas, siempre impropios ante las exigencias de la divinidad y de sus leyes.

No perderé mi tiempo con quien sólo razona con marcos de acero, sin jamás atreverse a tensarlos.

No tengo paciencia con aquellos que se contentan en repetir los discursos ajenos, sin cuestionar sus contenidos.

No perderé mi vida con los ideológicamente obtusos, estancados en odios y preconceptos.

No respiro el mismo ambiente de los que justifican la muerte de niños; no me bastan sus argumentos militares, teológicos, políticos, o utilitarios.

No quiero ir al mismo cielo de los que se jactan de su predestinación y saben explicar como los otros arderán en el infierno por toda la eternidad.

No imagino a los religiosos occidentales, glotones, consumistas, implacables con la sexualidad, pero condescendientes con la industria bélica, como los mayores responsables por la salvación de billones de almas.

No me gusta imaginar a Dios confinado a los pequeños círculos donde la teología intentó colocarle.

No tolero que se mezclen simplismos con esperanza; fantasía con optimismo; ilusiones con sueños; y evangelización con proselitismo.

No me considero capaz o legítimo representante de cosa alguna.

No permitiré que me roben el vivir confuso y feliz, centrado y complicado, coherente y extremadamente ambiguo.

No quiero simular, sólo vivir con integridad delante de los hombres y de aquel a quien llamo Dios.

Tengo muchos “no” porque deseo, algún día, concretar mi gran sí; son ellos los que forman mi canto y mi prosa.

Soli Deo Gloria.

19 de julio de 2007

Mi letanía

por Ricardo Gondim

Porque seguimos tan desapercibidos de la brevedad de la vida.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque acumulamos riqueza imaginando que viviremos por largos años.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque nos conformamos con la maldad impersonal del mercado.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque aceptamos la inevitabilidad de la guerra.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque no cuestionamos que hayan muchos pobres y pocos ricos en las cárceles.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque nos indignamos con las súbitas desgracias y nos aquietamos con los holocaustos crónicos.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque llenamos el alma de callosidades para no rebelarnos frente a la mortandad africana.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque pagamos fortunas de dinero a los pilotos de carrera y dejamos a los docentes con salarios reducidos.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque aceptamos que los hijos de los políticos también sean candidatos.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque intentamos hacer de Dios un siervo para proveernos de lo que necesitamos.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque nos acostumbramos a las cisternas podridas y abandonamos las fuentes de aguas cristalinas.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque somos religiosos semejantes a los verdugos de Jesús de Nazaret.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque, como Tomás, necesitamos ver para creer.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque seguimos parecidos a nuestros padres.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque sólo te pedimos misericordia de vez en cuando.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Soli Deo Gloria.

6 de julio de 2007

Gramáticos y poetas

por Ricardo Gondim

Infelizmente, el mundo sigue dividido entre hechiceros y químicos, científicos y filósofos, gramáticos y poetas. Digo infelizmente porque no siempre fue así.

Hubo un tiempo en que los astrónomos se enamoraban del titilar de las estrellas, los físicos creían que una linda costurera había cosido el universo y los biólogos celebraban que el ser humano respirase, incluso habiendo sido un muñeco de barro.

Hubo un tiempo en que las burras hablaban, las estériles tenían hijos (extra)ordinarios, los ángeles mataban millares de soldados agresores, los cayados secos florecían y el sol se detenía para esperar que los más débiles prevalecieran en la guerra.

Hubo un tiempo que las hadas ayudaban a las huérfanas, el beso del príncipe resucitaba a la princesa de su sueño, los espejos se revelaban para responder con honestidad y los niños, tallados en madera, se convertían en personas.

Hubo un tiempo en que la metáfora reinaba en la literatura. La copa de los árboles era un cáliz verde de donde salpica el rocío de la mañana, la nostalgia una mujer que ordena el cuarto del hijo que ya murió; y el alma de la luna se escondía en la garganta del gallo que susurra su canto en la madrugada.

Hubo un tiempo en que se hablaba de Dios como suspiro, olfato o gusto.

En él, encontrábamos el regazo materno, perdido desde la adolescencia. Dios era el pastor solitario que, sentado sobre una piedra, vigilaba sus ovejas pastando en una montaña distante; era el amante que abandona el harén para cortejar a su amada; era el juez que asume la lucha de los más débiles; era el médico que trae el bálsamo para aliviar el dolor del alma; era el amigo que se allega como hermano; era el rey que anuncia la llegada de un nuevo orden; era el padre que educa a sus hijos para una existencia madura y autónoma.

Hubo un tiempo en que se leían los textos sagrados con reverencia. Delante de lo numinoso, el mortal temía; delante de lo sagrado, el pecador temía; delante de los infinito, lo finito se perdía; delante de lo eterno, lo humano menguaba.

Lentamente, teólogos y exegetas, científicos y técnicos, gramáticos y lingüistas, minaron los sueños y las fantasías de los niños, vaciaron la verdad de los poetas, quisieron explicar el misterio, captar la verdad, sistematizar a Dios, disecar el poema y criticar la alegoría. ¡Y lo consiguieron!

Ellos exiliaron a los magos que corren detrás de las estrellas; escondieron a los profetas alucinados que hablan de ruedas de fuego en el cielo; quemaron a las mujeres que sienten en el cuerpo el éxtasis de lo divino.

Esos asesinos de la belleza, en el afán de explicar lo imposible y mapear los rumbos del Espíritu, dejaron al mundo más pobre, a la fe más segura, a la oración menos incierta y Dios quedó pequeño.

Ahora, quien necesite un milagro, dispone de hábiles evangelistas que ayudan a abrir las ventanas de los cielos; quien tenga dudas, puede comprar exhaustivos manuales sobre Dios; cuando la vida parezca amenazadora, es posible domesticarla, contratando profetas en alquiler.

Mi alma, sin embargo, tiene anhelo por la poesía que me abandone reticente; por la prosa que me hierva la sangre; por la ficción que me conmueva las entrañas; por el drama que me erice la piel; por los personajes que salten de los escenarios para encarnar en mí.

Siento que Dios todavía vive en el sueño de los niños; todavía habita donde reside la musa del poeta; todavía se revela en el deseo del profeta; todavía se mueve más allá del horizonte utópico del guerrero.

Siento que su habitación queda en el vacío, en la nada, y que su gloria se esconde en una nube espesa y deslumbrante.

Siento que puedo percibir su verdad en lo desconocido absoluto, y en lo inaudible escuchar su voz.

Siento que Dios es viento imperceptible, verdad diáfana y misterio asombroso.

Por lo tanto, muero al deseo de hacer análisis sintáctico o critica textual de los textos sagrados. Ya no envidio a los apologistas, sólo quiero que me devuelvan lo que me robaron: el alma de los poetas, el corazón de los niños y la levedad de los bailarines.

Soli Deo Gloria.