15 de octubre de 2007

Entre la cruz y la horca

por Ricardo Gondim

Durante tres años elegí el evangelio de Lucas como la base para mis predicaciones dominicales. Cuando finalmente llegué al relato del Gólgota, por algún motivo me sentí constreñido; me consideraba indigno de pisar, por medio de la narración, aquel suelo sagrado.

El escenario de la cruz, aún con toda la carga teológica ya construida a su alrededor (e incluso con la explotación hollywoodense), todavía es uno de los más potentes de la historia de la humanidad.

Jesús, también llamado Hijo del Hombre, fue asesinado sin ningún motivo por una inclemente elite religiosa que supo negociar con poderes imperiales y logró inflamar una pequeña turba.

Él no representaba una amenaza para nadie (descontando su vocación para que las personas viviesen con valores dignos y bellos, que él afirmaba era la llegada del Reino de Dios).

Luego de pasar por una tortura cruel, Jesús fue crucificado al mediodía. Lucas cuenta que “hubo tinieblas” desde aquella hora hasta las tres de la tarde. La súbita oscuridad significaba mucho más que un coincidente o providencial fenómeno de la naturaleza.

Era la “señal del cielo” que los fariseos tanto pedían. Pero, al contrario de lo que imaginaban, la manifestación sobrenatural no autenticaba cosa alguna.

Dios tan solamente se rehusaba a hacer brillar su luz sobre tamaña sordidez. Era la señal para que las generaciones futuras aprendieran que el Padre del Unigénito de Dios no pactaría con la perversidad.

Sí, existen maldades que convocan a la propia naturaleza a nunca más ser verde, a las nubes a nunca más ser blancas, al sol a nunca más brillar.

Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, fue un judío huérfano sobreviviente de un campo de concentración nazi. Cuando escribió su biografía, sólo consintió publicarla después de un silencio de más de diez años; Wiesel no quería apresurarse a comentar sobre la inhumanidad del genocidio nazi.

En “Night” (La Noche), Wiesel cuenta, con una intensidad vívida y reflexiva, su sufrimiento, trabajo, angustia y crisis de fe en el campo de concentración.

La historia de la ejecución de tres personas sospechosas de resistencia (dos adultos y un niño) es el relato más doloroso:

Los tres condenados subieron a la vez a sus sillas. Los tres cuellos fueron introducidos al mismo tiempo en los nudos corredizos.

-¡Viva la libertad! -gritaron los dos adultos.
El pequeño estaba en silencio.

-“¿Dónde está el buen Dios, dónde?”- preguntó alguien detrás de mí.

A una señal del jefe del campo, las tres sillas cayeron. Un silencio absoluto descendió sobre todo el campo. El sol se ponía en el horizonte.

Después comenzó el desfile. Los dos adultos ya no vivían. Sus lenguas colgaban hinchadas, azuladas. Pero la tercera soga no estaba inmóvil: el niño, muy liviano, vivía aún...

Permaneció así más de media hora, luchando entre la vida y la muerte, agonizando ante nuestros ojos. Y nosotros teníamos que mirarle bien de frente.

Cuando pasé frente a él todavía estaba vivo. Su lengua seguía roja, y su mirada no se había apagado.

Escuché al mismo hombre detrás de mí:
-“¿Dónde está Dios?”-

Y en mi interior escuche una voz que respondía:
"¿Dónde está? Pues aquí, aquí colgado, en esta horca..."

Esa noche, la sopa tenía gusto a cadáver.

No entiendo qué me motivó a escribir sobre estos dos eventos tan crudos, el Calvario y Birkenau.

Debe ser porque leí sobre nueve recién nacidos muertos en un hospital público de Sergipe. No sé, aún no asimilé del todo la noticia de los doscientos que murieron en el desastre aéreo de San Pablo. Quizá aún no me acostumbré al suicidio de indígenas del Amazonas.

Quién sabe, creo que esta noche mi sopa también va a tener gusto a cadáver.

Soli Deo Gloria.

7 de octubre de 2007

Mi décimo maratón

por Ricardo Gondim

El día 7 de octubre de 2007, a las ocho de la mañana, voy a enfrentar mi décimo maratón. Con el corazón acelerado y con millones de mariposas en la boca del estómago, daré el primer el primer paso de los 42.000 necesarios para completar la prueba.

Sé que voy a someter a mi cuerpo a un desgaste sobrehumano, y que tendré que luchar contra la terrible tentación de desistir. Pero si llego a cruzar la línea de llegada me voy a emocionar, sin poder creer que completé la prueba.

Las principales pruebas del atletismo son dos carreras: una muy corta y otra bastante larga. En los cien metros valen la fuerza y la explosión, pero en el maratón, sólo determinación. En la leyenda griega que dio inicio a la prueba, los griegos habían vencido a los persas en la batalla de Maratón en el año 490 a.C. y le tocó a Pheidippides la tarea de llevar la buena nueva hasta la ciudad de Atenas. Él corrió 42 kilómetros desde la planicie de Maratón hasta Atenas. Al llegar, ¡sólo tuvo aliento para anunciar “vencimos” y cayó muerto!

Espero que no suceda lo mismo conmigo, a fin de cuentas me entrené exhaustivamente. Subí cuestas escarpadas, di “tiros” cortos para mejorar la velocidad e hice varias carreras para que el cuerpo se acostumbre al volumen del kilometraje.

Haber corrido otras nueve veces, no ayuda. Recuerdo la desesperación de ver el cartel indicando los 38 kilómetros, cuando todavía me faltaba recorrer otros cuatro.

Todo duele, hasta el lóbulo de la oreja pica. Sin depósitos de glucógeno, el cerebro comienza a enviar mensajes para que los músculos se detengan. El ritmo disminuye e incluso corremos el riesgo de parar. En ese momento vale cualquier cosa para no desistir.

Pienso en la vergüenza de tener que contarle a mis amigos que me “quebré”; procedo a negociar con mis piernas otros cien metros; por último, al extremo de la desesperación, comienzo a repetir un texto que memoricé del profeta Isaías (40:29-31): “Él fortalece al cansado y acrecienta las fuerzas del débil. Aun los jóvenes se cansan, se fatigan, y los muchachos tropiezan y caen; pero los que confían en el Señor renovarán sus fuerzas; volarán como las águilas: correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán”. Así, apelando al socorro de Dios, de espera en espera, he conseguido llegar hasta el final.

Son diversas las lecciones que aprendí corriendo maratones.

Primero, comencé a colocarme en mi debido lugar. Vi que no sirve querer competir con los kenianos (cuando el campeón rasga la faja de la victoria, yo todavía estoy por el kilómetro veintitrés). Segundo, no valen las superaciones. En un maratón, quien no se prepara bien se va a quedar en el medio del camino. Tercero, los acelerados acaban rapidito el combustible, toda precipitación se paga a un alto precio.

Un maratón es una fiesta sin igual. Ya me emocioné con ciegos y amputados que se me adelantaron con gran gallardía. Ya vi ancianos dejando tras de si a jóvenes tragando polvo, y ya lloré varias veces.

Una de esas fuertes emociones sucedió en la llegada del Maratón de Nueva York. En los últimos cincuenta metros, noté que una pareja corría firme, bien al frente mío. De repente, el joven tiró de la mano de su compañera pidiendo que se detuviera. Me asusté, suponiendo que él no se sentía bien. Yo también disminuí el ritmo por si acaso necesitaba ayuda. Sin embargo, él se arrodilló, sacó una alianza del bolsillo del short y allí, a veinte metros de la línea de llegada, le pidió casamiento: “Will you marry me?”, le imploró él casi sin aliento. Ella sollozaba cuando gritó con toda su fuerza: “Yes, I do”. Los espectadores aplaudieron de pie.

Todo maratón es incierto. Aún no se si traeré mi décima medalla sobre el pecho, si lo logro ella vendrá empapada de sudor y lágrimas. Si no llego a terminar, igualmente estaré feliz.

Soli Deo Gloria.

24 de septiembre de 2007

El avivamiento fundamentalista

por Ricardo Gondim

El movimiento evangélico brasileño se desfiguró tanto que ya no puede ser identificado con el Protestantismo.

Desafortunadamente es posible describirlo apenas como una nueva tendencia religiosa, simplista en sus análisis conceptuales, supersticioso en su espiritualidad, oscurantista en su convivencia social, inmediatista en sus demandas espirituales y “guetizado” en su tolerancia cultural.

Los pilares que cimentaron el Principio Protestante fueron, sistemáticamente, sacudidos por el avivamiento evangélico neo-fundamentalista que:

1. Mina la percepción de la Gracia.

Cuando Martín Lutero redescubrió el texto bíblico, “el justo por la fe vivirá”, él no se dio cuenta que estaba encendiendo la mecha de pólvora que detonaría la Reforma Protestante. El tiempo estaba maduro.

El cristianismo medieval se había infectado con el paganismo; sobraban estafadores vendiendo falsas reliquias y objetos milagrosos para “abrir ventanas de bendiciones celestiales”.

El monje agustino notó, sin embargo, que el amor de Dios no puede ser provocado por los ritos religiosos. La Gracia, para Lutero, era una iniciativa siempre unilateral de Dios, gratuita y constante.

Él intuyó que Dios no se quedaba de brazos cruzados, ceño fruncido, esperando a que sus hijos lo provocaran para derramar sus bendiciones. Él mostró la verdad de que las indulgencias, vendidas por el cardenal Tetzel, eran un engaño y no tenían el poder de reducir las penas del purgatorio. Lutero socavaba el poder de la iglesia, que publicitaba ser la dueña de las contraseñas que liberaban el favor divino.

Pasados tantos siglos, el movimiento evangélico, en otro tiempo una rama del protestantismo, abandonó la predicación de la Gracia, que puede hasta constar en los compendios teológicos pero que no tiene ninguna consistencia en el diario vivir de las personas.

Lamentablemente, los evangélicos retrocedieron a los tiempos del catolicismo medieval. Se puede observar con facilidad, en la mayor parte de las iglesias, el incentivo de que se usen amuletos “como punto de contacto para la fe”. El paganismo y la hechicería se disfrazaron de piedad y la mayoría de los creyentes sólo se preocupan por aprender a controlar el mundo sobrenatural para ser prósperos o para resolver sus problemas existenciales.

2. Transforma la fe en una fuerza que produce milagros.

Acabo de leer “A Piedade Pervertida” (Grapho Editores) de Ricardo Quadros Gouvêa. Su análisis sobre la influencia del fundamentalismo en la práctica de la espiritualidad es crudo:

“Los conciertos de alabanza y adoración, así como las vigilias y las reuniones de oración y hasta el más simple culto de domingo, muchas veces no son más que un tipo de superstición que rayan la hechicería, cuando son realizados con la intención de ‘forzar’ una acción benévola de parte de Dios; como si el culto y la alabanza fuesen un ‘sacrificio’ como los antiguos sacrificios paganos. En este caso no tenemos liturgias pero si teúrgias, en las cuales se busca manipular el poder de Dios”. (pág. 28)

3. Lee la Biblia como si Dios la hubiera dictado.


Los fundamentalistas ven las Escrituras como descendidas directamente del cielo. Es de suma importancia para ellos que la letra sea sagrada. De esta manera, en la lectura de la Biblia se prescinde considerar su contexto histórico y su riqueza literaria.

Para la mayoría de los evangélicos, la Biblia se acepta como un oráculo. Para ellos, basta abrirla en cualquier página, entresacar un versículo y obtener el mensaje que viene de Dios. Esa práctica de hacer lotería con las narraciones se volvió común.

Millones creen en el poder de la “cajita de promesas”, aquel estuche con pedazos de cartón recortados con versículos impresos. El analfabetismo bíblico es enorme entre la mayoría de los creyentes, ellos no creen que necesiten estudiar la historia ni la complejidad literaria de la narrativa.

4. Transforma las Escrituras en un compendio de teología sistemática.

La frase más repetida por los creyentes brasileños sobre la Biblia es que ella es su “única regla de fe y práctica”. ¡Ledo engaño! La teología sistemática reina por encima de la revelación de los dos Testamentos.

Los creyentes son inducidos a creer primeramente en conceptos teológicos cuidadosamente inculcados, sólo después vienen los textos sagrados. ¡Peor! Cuando un dogma teológico no concuerda con la narrativa bíblica siempre habrá algún libro que hace el ejercicio de ajustar la Biblia a la teología, nunca lo contrario.

Urge, sin embargo, que le sea devuelta a la Biblia su papel como reina de la revelación, sin la interferencia del teólogo que disminuye su riqueza poética, sabotea su profundidad alegórica y cuestiona su intensidad mítica. La Biblia no puede ser relegada a la función de mera legitimadora de conceptos humanos.

Ya fui duramente acusado por los fundamentalistas de intentar “minar” la soberanía de Dios. Algunos ya apuntaron sus dedos virtuales y, con las venas palpitantes, intentaron desacreditarme por “osar disminuir la omnipotencia divina”.

Nunca afirmé que Dios no fuera omnipotente, jamás negué su prerrogativa de reinar soberanamente. Sin embargo, reivindico el derecho de cuestionar, no a Dios, sino aquello que la filosofía y la teología definieron como soberanía.

Le devuelvo la palabra al calvinista Ricardo Quadros Gouvêa:
“La doctrina de la soberanía divina fue transformada, por la ortodoxia cartesiana, y es enseñada por los fundamentalistas como una forma de fatalismo. Todo ya está determinado por Dios, por lo tanto no hay ninguna libertad que resguarde o haya sido concedida a los hombres. Ese fatalismo no tiene nada de cristiano o de bíblico, pero está anclado en la filosofía griega y en el paganismo precristiano. Eso generó, en la alegada ortodoxia reformada, el predestinacionismo, este cáncer del calvinismo, un énfasis injusto con el propio pensamiento de Calvino y que permite a los hombres ir directo al infierno para cumplir la voluntad de Dios” (pág. 26)

5. Rechaza la doctrina de la “Imago Dei”.

Esta expresión latina expresa la antiquísima percepción teológica de que aún los peores seres humanos guardan la “Imagen de Dios”. Todas las personas, absolutamente todas, poseen una dignidad que debe ser protegida.

Así, poetas, músicos, escultores, dramaturgos y saltimbanquis del nordeste brasileño, son mensajeros de la belleza que brota de Dios. No importa que sean ateos o que no profesen la fe de acuerdo a la ortodoxia cristiana, todos son capaces de acciones sublimes (vale recordar que el apóstol Pablo citó poetas y escritores paganos para contextualizar su mensaje).

Es conveniente citar que el cristianismo tuvo un cambio de eje al final del siglo XX. Si en los últimos quinientos años los cristianos eran asociados al mundo anglosajón, a comienzos del tercer milenio ellos se multiplican en Latinoamérica, África y Asia.

La población cristiana del Tercer Mundo ya es mayor que en el Primer Mundo. Ese crecimiento, no obstante, trae enormes peligros, pues no representa necesariamente un refinamiento de la fe o madurez existencial. Las señales del atraso del neo-fundamentalismo son evidentes en su incapacidad de celebrar la belleza y de mezclarse con el mundo (al que Dios tanto amó y por el que dio a su Hijo unigénito).

El enyesado de la fe por el fundamentalismo sólo logra repetir la cosmovisión medieval, la moral victoriana y la actitud de intolerancia de los antiguos dueños de la verdad. El éxito del crecimiento numérico de los evangélicos produce en ellos un triunfalismo difícil de ser contradicho y que desemboca en esa soberbia paralizadora.

Urge que algunos resistan la ortodoxolatría fundamentalista; ella no puede ser hegemónica en la nueva geografía de la fe cristiana.

Y perseveremos, a pesar de las pedradas, en mostrar que el anuncio del Reino es mucho más rico y abarcador que cualquier teología o movimiento.

El Cordero de Dios es digno por su sacrificio.

Soli Deo Gloria.

1 de agosto de 2007

Fe

por Ricardo Gondim

Rogerio era un evangelista que predicaba en la plaza pública. Siempre, luego del sermón, prometía sanar a todos los presentes, imponiendo las manos sobre los que pasaran al frente. En la noche en que lo ayudé, unas ochenta personas respondieron al llamado. Entre ellas, una señora cargaba un niño con graves disfunciones motoras; era evidente que había nacido con algún raro síndrome genético.

Rogerio, como un pastor pentecostal, comprensiblemente, deseaba que los milagros sucedieran. Cuando vi los rostros ávidos por un socorro celestial, me repetí a mi mismo que yo también sería capaz de pasar la noche entera de rodillas clamando a los cielos, si fuera necesario, para que todos allí fueran sanados. Y no despegué la vista, ni un minuto siquiera, de aquel niño en los brazos de su madre.

¡Pero nada sucedió! Las nubes que escondían a la luna permanecieron inmóviles y ni siquiera un hilo delgado de luz nos alcanzó.

El niño, como un muñeco de trapo, sin músculos, seguía flácido en el regazo materno. El culto terminó y, seguramente, ambos regresaron tristes a la chabola fétida donde vivían.

Luego que el pueblo se fue, continué al lado de Rogerio, pero sentí pena de verlo gritar, hecho un náufrago desesperado por la indiferencia del navío que pasa de largo.

Él me miró, entre tanto, de reojo y con un dejo triste. Quizá no haya querido encararme, pues sabía lo que yo pensaba sobre lo que acababa de suceder.

Aquella noche me marcó a fuego. Quedé deshecho. No logré siquiera analizar dónde habíamos errado. Tampoco creí correcto confrontar la sinceridad de Rogerio, que daba sus primeros pasos como evangelista. Yo no tenía derecho de agriar aún más su fracaso en producir milagros para la gloria de Dios. Era alguien a quien no le faltaba integridad.

Pasados veinticinco años de aquella noche nunca conversé con nadie sobre los traumas provocados por nuestra incapacidad en producir aquel único milagro que podría haber cambiado la miseria de un niño.

No sé si Rogerio todavía predica en las plazas. Yo, no obstante, sigo cuidando de una iglesia. Entre los miembros de nuestra comunidad tenemos niños portadores de síndromes igualmente complicados, amputados, ancianos con enfermedades crónicas, sordos (formamos un grupo de sordos y nuestros cultos ya son traducidos en lengua de señas) y discapacitados visuales.

Como no logro barrer bajo las alfombras misteriosas de la teología las respuestas que necesito para mi mismo, comencé una nueva jornada para entender el significado de la fe.

Fe ya no significa para mí una fuerza proyectada en dirección a Dios que lo induce a actuar. Entiendo que Dios no se encuentra inerte, esperando por la habilidad que mujeres y hombres tienen para mover su brazo. Incluso, paré de decir que la fe mueve la mano de Dios.

Fe ya no significa para mí una seña que abre de par en par las ventanas de las bendiciones celestiales. Rechazo la noción de que Dios oculte sus maravillas o dificulte nuestro acceso a ellas. No necesitamos comportarnos como niños que buscan huevos de chocolate en Pascua. Es más, considero la expresión “conquistar una gracia” una contradicción tan horrenda que me produce escalofríos cada vez que la escucho.

Fe significa para mí una apuesta a que los valores, los principios y las virtudes del Evangelio son suficientes para que yo enfrente la vida con todas sus contingencias. Veo que los personajes bíblicos no eludieron los imprevistos de la vida, no se anticiparon a los accidentes futuros y tampoco se blindaron contra las maldades humanas. Al igual que ellos, no quiero vivir bajo un caparazón.

Fe significa para mí que el Espíritu de Cristo da deseos de mirar a la historia con valentía para no necesitar apelar a lo mágico, al hechizo y a lo sobrenatural. Por causa de la fe no pedimos ser guardados del dolor. La fe bíblica nos convoca a andar en las pisadas de Jesús y no apocarnos ante el acoso religioso, la persecución y la muerte impuestos por los regímenes imperialistas.

Fe significa para mí la posibilidad de la rebelión contra el status quo, porque él no refleja la voluntad de Dios. El sufrimiento humano no hace parte de una Providencia remota, las catástrofes no son dolores de parto que anticipan la alborada de un futuro glorioso.

El colonialismo que condenó a centenas de millones de negros a horrores indescriptibles, las guerras inútiles que diezman a jóvenes ingenuos, los horrores de la prostitución infantil, no fueron planeados por Dios. Convivimos con un sistema en abierta rebelión contra el Creador, y contra ese sistema debemos sublevarnos.

Existe una fe profética, visceral, que me convoca a gritar ¡NO! Esa fe me deja intranquilo. Mis zonas de confort me señalan a la cara, pues vivo sujeto al sistema pequeño-burgués que legitima el deterioro ambiental; callo delante del capitalismo neoliberal que produce excluidos; me acobardo ante las amenazas de ser un exiliado social.

Ya que abandoné el paradigma de una fe funcional, utilitaria, de causa y efecto; quiero, tan sólo, tener el pecho para afrontar el riesgo de vivir sin pie de apoyo, de vivir la libertad prometida por Cristo y de anhelar una única seguridad: saberme gratuitamente amado por Dios.

Soli Deo Gloria.

31 de julio de 2007

El No que puede, un día, volverse Sí

por Ricardo Gondim

No quepo dentro de los estrechos caminos por donde viajan las hienas que por naturaleza ríen, despreciando a sus semejantes.

No me siento bien en las salas de los amplios palacios donde viven monarcas alucinados.

No me gusta la gente que se cree dueña de triunfos ajenos.

No tolero a aquellos que espiritualizan la vida, e intentar transferir los gestos humanos a los ángeles.

No convivo bien con personas que adoran el peso de sus paranoias y teorías de conspiración.

No quiero la amistad de legalistas, siempre impropios ante las exigencias de la divinidad y de sus leyes.

No perderé mi tiempo con quien sólo razona con marcos de acero, sin jamás atreverse a tensarlos.

No tengo paciencia con aquellos que se contentan en repetir los discursos ajenos, sin cuestionar sus contenidos.

No perderé mi vida con los ideológicamente obtusos, estancados en odios y preconceptos.

No respiro el mismo ambiente de los que justifican la muerte de niños; no me bastan sus argumentos militares, teológicos, políticos, o utilitarios.

No quiero ir al mismo cielo de los que se jactan de su predestinación y saben explicar como los otros arderán en el infierno por toda la eternidad.

No imagino a los religiosos occidentales, glotones, consumistas, implacables con la sexualidad, pero condescendientes con la industria bélica, como los mayores responsables por la salvación de billones de almas.

No me gusta imaginar a Dios confinado a los pequeños círculos donde la teología intentó colocarle.

No tolero que se mezclen simplismos con esperanza; fantasía con optimismo; ilusiones con sueños; y evangelización con proselitismo.

No me considero capaz o legítimo representante de cosa alguna.

No permitiré que me roben el vivir confuso y feliz, centrado y complicado, coherente y extremadamente ambiguo.

No quiero simular, sólo vivir con integridad delante de los hombres y de aquel a quien llamo Dios.

Tengo muchos “no” porque deseo, algún día, concretar mi gran sí; son ellos los que forman mi canto y mi prosa.

Soli Deo Gloria.

19 de julio de 2007

Mi letanía

por Ricardo Gondim

Porque seguimos tan desapercibidos de la brevedad de la vida.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque acumulamos riqueza imaginando que viviremos por largos años.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque nos conformamos con la maldad impersonal del mercado.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque aceptamos la inevitabilidad de la guerra.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque no cuestionamos que hayan muchos pobres y pocos ricos en las cárceles.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque nos indignamos con las súbitas desgracias y nos aquietamos con los holocaustos crónicos.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque llenamos el alma de callosidades para no rebelarnos frente a la mortandad africana.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque pagamos fortunas de dinero a los pilotos de carrera y dejamos a los docentes con salarios reducidos.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque aceptamos que los hijos de los políticos también sean candidatos.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque intentamos hacer de Dios un siervo para proveernos de lo que necesitamos.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque nos acostumbramos a las cisternas podridas y abandonamos las fuentes de aguas cristalinas.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque somos religiosos semejantes a los verdugos de Jesús de Nazaret.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque, como Tomás, necesitamos ver para creer.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque seguimos parecidos a nuestros padres.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Porque sólo te pedimos misericordia de vez en cuando.
Cordero de Dios, ten misericordia de nosotros.

Soli Deo Gloria.

Quiero y no quiero

por Ricardo Gondim

Quiero anunciar el mensaje cristiano considerando siempre su contexto histórico, no menospreciando la secuencia del relato leído, y sólo haciendo aplicaciones responsables.

No quiero oír, aprobar, o estar de acuerdo con predicaciones temáticas en donde el texto bíblico es apenas utilizado como pretexto para hacer afirmaciones irresponsables de bendiciones, portentos y milagros.

Quiero estar siempre abierto al soplo del Espíritu. Él puede visitar mi vida, familia, iglesia y nación como lo desee. Reconozco que las intervenciones de Dios suceden de acuerdo a su discreción. Él puede tanto entrometerse en el transcurso de la historia, como lo hizo en algunas circunstancias, como puede mantenerse escondido y en silencio, como prefirió en otras.

No quiero manipulaciones de lo sagrado para demostrar la presencia de Dios. No quiero intentar “ajustar” los actos divinos a las expectativas de auditorios ávidos por señales venidas del cielo. Si Dios prefiere que mi fe se base apenas en el testimonio de hombres y mujeres del pasado, me quedo satisfecho, sin exigir ninguna manifestación sobrenatural.

Quiero ver a la iglesia actuando mejor en la política. Entiendo que es el deber de toda religión la defensa de la justicia. Quiero que se abogue por los pobres (representados por huérfanos y viudas), se asuman posturas sobre los sutiles engranajes de la muerte, y se sepa discernir el peligro del “mundo”. Quiero ver a la iglesia haciendo Política (así mismo, con “P” mayúscula).

No quiero participar de campañas de candidatos “oficiales” de ninguna institución. No tolero que algunos pastores todavía piensen que las iglesias necesitan de representantes electos. No quiero tener “muchachos de los mandados” en las cámaras y las asambleas. No quiero hacer política (con “p” minúscula). No quiero disputar por el poder.

Quiero andar el largo camino del discipulado, ayudando a hombres y mujeres a forjar sus vidas siguiendo los pasos de Jesús. Quiero fundar mi predicación en los principios bíblicos que integran a las personas. Deseo profundizar mi percepción acerca de la manera en que el Evangelio orienta la vida en la tierra. Quiero ver a los cristianos experimentando una bella calidad de vida aquí, antes de partir hacia el cielo.

No quiero buscar atajos para la madurez. No quiero formulas fáciles para nada. No quiero paquetes venidos del exterior que, bajo la pretendida fama de ser “principios transferibles”, lograrán mágicamente resolver los problemas conyugales, las enfermedades y las disfunciones familiares. No quiero una espiritualidad disgregadora, que no tiene pie sobre la tierra. No quiero respuestas piadosas a las angustias humanas y no quiero que las personas esperen por el paraíso para comenzar a vivir.

Quiero caminar con gente que reconozca sus defectos, sepa conversar sin espiritualizar y demonizar los asuntos abordados y me permitan reír y llorar. Quiero ser amigo de los que lloran el dolor del mundo porque notan en él su propio mundo de dolor.

No quiero andar con religiosos que gusten de frases hechas. No quiero vivir con quien se esconde del sufrimiento humano con muletillas teológicas. No quiero más estar en ambientes y reuniones que no desborden para la vida.

Quiero ser amigo de Dios y de hombres y mujeres que aman la paz. Quiero ser más simple de lo que soy, quiero ser más sensible de lo que puedo lograr, quiero ser menos codicioso de lo que siempre fui. Quiero vencer la vanidad que alimenté en falsos espejos.

No quiero perder mi alma en nombre de la religión. No quiero dejar ir por la alcantarilla los pocos años que aún me quedan. No quiero un día lamentar haber perdido la vida queriendo encontrarla.

Soli Deo Gloria.

14 de julio de 2007

Valor para pensar fuera de la caja

por Ricardo Gondim

Los escritores norteamericanos Phillip Yancey, Ronald Sider, Rob Bell y Jim Wallis vienen declarando que el movimiento evangélico ya no logra responder satisfactoriamente a los desafíos de este milenio.

Es la realidad. En la Europa post-cristiana, permanece periférico; en los Estados Unidos, fue absorbido por la religión civil del “Destino Manifiesto” (que considera al país elegido y bendecido por Dios); en Latinoamérica su crecimiento numérico lo aparta del protestantismo clásico mientras se condena a volverse una religión popular sin praxis transformadora.

Considerando la obra de Thomas Kuhn sobre cambios de paradigmas, “La estructura de las revoluciones científicas”, se alcanza a percibir cómo el movimiento evangélico se vacía. Para Kuhn, un paradigma se debilita cuando se vuelve incapaz de explicar algún fenómeno científico, aunque haya servido para orientar la investigación. Los paradigmas, luego de ser desafiados convincentemente por nuevas evidencias, necesitan sufrir cambios.

En la tesis de Kuhn, mientras un paradigma se muestra eficiente, las investigaciones y los descubrimientos son graduales y acumulativos. Sin embargo, en el instante en que las innovaciones se agotan, las rupturas pasan a ser bruscas; surgen personas que se atreven a desafiar los antiguos conceptos en cuanto a la noción del progreso gradual y constante del saber en dirección a la verdad.

Mucho se ha publicado buscando un dialogo de la teología con la historiografía, psicología, física cuántica, sociología, antropología y hasta la arqueología; nuevos pensadores evangélicos se relevan criticando algunos presupuestos.

Según Kuhn, todos ellos pagarán un alto precio por esa aventura; seguirán a Galileo, que casi murió cuando descubrió que Júpiter tenía lunas. Por derribar la astronomía ptolemaica desacreditó también la teología que creía en un universo geocéntrico. La iglesia defendió sus dogmas y Galileo, para salvar el pellejo, tuvo que retractarse.

Los evangélicos intentan responder a la actual crisis de varias maneras.

Con la respuesta piadosa. Resuenan los llamados acerca de que los creyentes necesitan volver a orar. Leí en la pizarra de anuncios de una iglesia una convocatoria para que los creyentes entraran en un “maratón” de oración. El pastor quería promover un avivamiento espiritual colocando a la congregación de rodillas.

Es válido preguntarse si es necesaria más intercesión o si ya es hora de repensar el contenido de las oraciones. Conviví entre pentecostales por años y puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que multiplicar los “círculos de oración” no va a resolver el problema.

Con la respuesta legalista. Avivados acusan, señalando con el dedo, que “el mundo entró en la iglesia”. Algunos creen que conseguirán anular la decadencia ética proponiendo que “endurezcamos” los usos y costumbres.

Los jóvenes, principalmente, deberían arrepentirse del estilo de vida “carnal” que adoptaron. Ellos olvidan que el legalismo no tiene ningún valor contra la sensualidad y que imponer tantas exigencias termina generando más hipocresía.

Con la respuesta ortodoxa. Ya escuché a líderes evangélicos afirmar que necesitamos una nueva Reforma. Algunos buscan reavivar liturgias y paramentos de hace trescientos años. Los evangélicos realmente se distanciaron de varias doctrinas del protestantismo del siglo XVI.

No obstante, sería iluso pensar que un nuevo Lutero rescatará al movimiento. En un mundo globalizado, con tanta complejidad cultural, una nueva Reforma, semejante a aquella, jamás se repetirá.

Con la respuesta organizacional. Principalmente los norteamericanos intentan mantener sus iglesias a través de la administración eclesiástica. Ellos creen que la fe volverá a ser relevante con una liturgia más “amigable”, con un mensaje contemporáneo, con buenos estacionamientos y creando redes ministeriales.

Delante de la crisis, creo que es necesario hacer una nueva “tarea para el hogar”; admitir que urge comenzar a pensar fuera de la antigua caja y tener el valor para enfrentar nuevos desafíos.

Para esa tarea propongo que la Gracia vuelva a ser la piedra principal de la espiritualidad cristiana y que el ejercicio teológico lleve, hasta las ultimas consecuencias, el amor gratuito de Dios; que se enfatice que Él no hace acepción de personas; que se revierta la tendencia de transformas las iglesias en “Bingos”, donde muchos buscan el milagro y pocos reciben bendición.

Por último, es necesario aprender a pensar globalmente. No es posible continuar apostando que Dios prospera a los creyentes que gustan de la superficialidad y desprecian a los miserables de los campos de refugiados africanos y de las periferias urbanas brasileñas.

Junto con el debilitamiento de un paradigma existe tanto el desafío a salir del cuadrado y dar un salto cualitativo, como la posibilidad de condenarnos al anacronismo. La decisión está en nuestras manos.

Soli Deo Gloria.

11 de julio de 2007

Antes que sea demasiado tarde

por Ricardo Gondim

El crecimiento evangélico brasileño continúa. Las estadísticas no mienten. Atletas, artistas, amas de casa, empresarios, funcionarios públicos y jubilados llenan las iglesias de los grandes centros urbanos.

Sin embargo, a esa expansión también se suman varios problemas como: confusión doctrinal, insensibilidad ética, vanidades ministeriales y politiquería interna.

La crisis que hay en los púlpitos es notable. El vodevil que arrasa las predicaciones causa escalofrío. Un pastor, queriendo motivar a su congregación a contribuir para una construcción, utilizó este texto del Génesis: “Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es sólo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr…”. Parece que él no tuvo en cuenta que este versículo se refiere al desafortunado plan de construir la torre de Babel.

Burradas de ese tipo no sucedían antiguamente. Los pastores pioneros sabían dar “buenas razones” de la fe, conocían la Biblia profundamente y dominaban la homilética. Los evangelistas conmovían los auditorios con elocuencia y eran oradores que articulaban sus pensamientos con gracia y sabiduría.

La banalización que invade al pueblo evangélico sorprende, porque los primeros misioneros llegaron a Brasil con la propuesta de generar una clase pensante que transformara la cultura.

La mayoría de ellos llegaron aquí formados en buenos seminarios americanos y europeos, donde sabían dialogar con los ideales iluministas. Ellos creían que una nación vencería la miseria si cimentaba su progreso en sólidas bases bíblicas y académicas.

Fue por causa de esa mentalidad que los primeros líderes evangélicos se preocuparon en implementar excelentes escuelas de enseñanza media y universitaria.

A fines del siglo XIX, presbiterianos y metodistas ya habían inaugurado el Mackenzie y el Colegio Piracicabano (considerados referentes para el gobierno federal, que intentaba mejorar la calidad de la educación brasileña). Esa estrategia misionera representaba fielmente el espíritu protestante que desea dar a los fieles buenos fundamentos teológicos para el libre examen de las Escrituras.

Esa preocupación se percibe hasta en las letras de los antiguos himnos. Los primeros creyentes alababan con letras que contenían una densidad doctrinaria incuestionable. De ahí para acá la alabanza, infelizmente, se empobreció tanto que, hoy, la mayoría de los coros no pasan de ser estribillos reciclados.

El culto protestante no depende tanto de ritos y símbolos como el católico. En la misa la homilía no ocupa una gran porción de tiempo pues existen otras liturgias más significativas, como por ejemplo la transubstanciación. Ya los evangélicos, que defienden el discurso y la informalidad litúrgica, si quieren mantener su relevancia, necesitan dar mayor prioridad a la predicación. En caso que el sermón se vacíe, quedará poca solidez para que el movimiento sobreviva en la historia.

Para que los creyentes no se pierdan con tanta irrelevancia es necesario resistir los llamados de los medios de comunicación. Según Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”. Significa que cuando se opta por un vehículo de comunicación, implícitamente, se escogen también los contenidos que se quieren transmitir.

El mensaje del Evangelio necesita la comunicación de verdades que carecen de tiempo para la reflexión, pues exigen decisiones. Por ejemplo, cuando un pastor escoge la televisión como el medio exclusivo para anunciar el Evangelio, también está escogiendo restringir los contenidos de su predicación (delante de las cámaras necesitará valerse de frases cortas, pensamientos poco reflexivos y lógicas simplistas).

Para que los creyentes no se vuelvan egoístas es necesario huir del pragmatismo. El evangelio no puede ser reducido a pequeñas recetas triunfalistas. Vivimos en una sociedad inundada de manuales que enseñan “como” alguna cosa. El mensaje del Evangelio, sin embargo, es nobilísimo y necesita ser diferenciado de las filosofías que sólo prometen éxito. Lamento observar que muchas iglesias estén transformándose en centros de autoayuda.

Para que los creyentes no se nivelen por debajo es necesario recordar el legado de aquellos que marcaron su generación como Jonathan Edwards, Charles Finney, Nelson Mandela, Martin Luther King, Jimmy Carter y tantos otros. Esa gente sufrió mucho para que la integridad del mensaje cristiano fuese preservada. El testimonio de ellos no puede ser despreciado.

El panorama evangélico nacional es desalentador, pero no desesperante. Por lo tanto, convoco a mis hermanos a arremangarse y trabajar. El tiempo urge, pero aún es posible dejar un buen testimonio para la próxima generación.

Soli Deo Gloria.

6 de julio de 2007

Gramáticos y poetas

por Ricardo Gondim

Infelizmente, el mundo sigue dividido entre hechiceros y químicos, científicos y filósofos, gramáticos y poetas. Digo infelizmente porque no siempre fue así.

Hubo un tiempo en que los astrónomos se enamoraban del titilar de las estrellas, los físicos creían que una linda costurera había cosido el universo y los biólogos celebraban que el ser humano respirase, incluso habiendo sido un muñeco de barro.

Hubo un tiempo en que las burras hablaban, las estériles tenían hijos (extra)ordinarios, los ángeles mataban millares de soldados agresores, los cayados secos florecían y el sol se detenía para esperar que los más débiles prevalecieran en la guerra.

Hubo un tiempo que las hadas ayudaban a las huérfanas, el beso del príncipe resucitaba a la princesa de su sueño, los espejos se revelaban para responder con honestidad y los niños, tallados en madera, se convertían en personas.

Hubo un tiempo en que la metáfora reinaba en la literatura. La copa de los árboles era un cáliz verde de donde salpica el rocío de la mañana, la nostalgia una mujer que ordena el cuarto del hijo que ya murió; y el alma de la luna se escondía en la garganta del gallo que susurra su canto en la madrugada.

Hubo un tiempo en que se hablaba de Dios como suspiro, olfato o gusto.

En él, encontrábamos el regazo materno, perdido desde la adolescencia. Dios era el pastor solitario que, sentado sobre una piedra, vigilaba sus ovejas pastando en una montaña distante; era el amante que abandona el harén para cortejar a su amada; era el juez que asume la lucha de los más débiles; era el médico que trae el bálsamo para aliviar el dolor del alma; era el amigo que se allega como hermano; era el rey que anuncia la llegada de un nuevo orden; era el padre que educa a sus hijos para una existencia madura y autónoma.

Hubo un tiempo en que se leían los textos sagrados con reverencia. Delante de lo numinoso, el mortal temía; delante de lo sagrado, el pecador temía; delante de los infinito, lo finito se perdía; delante de lo eterno, lo humano menguaba.

Lentamente, teólogos y exegetas, científicos y técnicos, gramáticos y lingüistas, minaron los sueños y las fantasías de los niños, vaciaron la verdad de los poetas, quisieron explicar el misterio, captar la verdad, sistematizar a Dios, disecar el poema y criticar la alegoría. ¡Y lo consiguieron!

Ellos exiliaron a los magos que corren detrás de las estrellas; escondieron a los profetas alucinados que hablan de ruedas de fuego en el cielo; quemaron a las mujeres que sienten en el cuerpo el éxtasis de lo divino.

Esos asesinos de la belleza, en el afán de explicar lo imposible y mapear los rumbos del Espíritu, dejaron al mundo más pobre, a la fe más segura, a la oración menos incierta y Dios quedó pequeño.

Ahora, quien necesite un milagro, dispone de hábiles evangelistas que ayudan a abrir las ventanas de los cielos; quien tenga dudas, puede comprar exhaustivos manuales sobre Dios; cuando la vida parezca amenazadora, es posible domesticarla, contratando profetas en alquiler.

Mi alma, sin embargo, tiene anhelo por la poesía que me abandone reticente; por la prosa que me hierva la sangre; por la ficción que me conmueva las entrañas; por el drama que me erice la piel; por los personajes que salten de los escenarios para encarnar en mí.

Siento que Dios todavía vive en el sueño de los niños; todavía habita donde reside la musa del poeta; todavía se revela en el deseo del profeta; todavía se mueve más allá del horizonte utópico del guerrero.

Siento que su habitación queda en el vacío, en la nada, y que su gloria se esconde en una nube espesa y deslumbrante.

Siento que puedo percibir su verdad en lo desconocido absoluto, y en lo inaudible escuchar su voz.

Siento que Dios es viento imperceptible, verdad diáfana y misterio asombroso.

Por lo tanto, muero al deseo de hacer análisis sintáctico o critica textual de los textos sagrados. Ya no envidio a los apologistas, sólo quiero que me devuelvan lo que me robaron: el alma de los poetas, el corazón de los niños y la levedad de los bailarines.

Soli Deo Gloria.