23 de mayo de 2008

¿Dónde está el milagro?

por Ricardo Gondim

Estudio en el programa de maestría de la Universidad Metodista de San Pablo. Al lado del Edificio Capa, donde cursamos la carrera, está la Clínica de Fisioterapia; allí, a cada instante, estacionan junto a la acera diferentes vehículos con portadores de discapacidades motoras –parálisis cerebral, paraplejía y cuadriplejía-. Cuando llegan, no es posible evitarlos. Aunque algunos alumnos intenten dar vuelta el rostro, ciertamente abrumados, brilla la nobleza resiliente de las madres que cargan sus niños en brazos y que, aun arrastrando los pies, mantienen su dignidad.

Todavía no me atreví a entrar en la clínica, pero me imagino la abnegación de médicos, enfermeras y fisioterapeutas; hasta veo el sudor goteando y las manos agarrando barras paralelas y aros con sacrificio. Sé que allí dentro la vida sigue a un son diferente.

Aquel entrar y salir de discapacitados debe haber sido el responsable de terminar con mi encanto por las charlatanerías de los milagreros, pues ya no me asombran los testimonios de sanidad que la televisión y la radio anuncian constantemente.

Sinceramente no me intrigan las declaraciones de que serán sanados “por la fe” todos los enfermos que acudan a “la vigilia de los lunes”, o a “la campaña de los 348”, o “la cruzada pro evangelización del mundo”.

La Iglesia Presbiteriana de Fortaleza fue mi cuna religiosa. En mis primeros pasos poco hablábamos de sanidad ya que éramos “tradicionales”, una versión “light” aunque fundamentalista del evangelicalismo. Cuando surgía algún enfermo en nuestra comunidad repetíamos que el verdadero creyente no se resigna, sino que pide: “sea hecha tu voluntad”.

Luego de pasar por una experiencia pentecostal y hablar en lenguas (técnicamente llamada glosolalia), me volví un pentecostal de pura cepa. Asistí a muchas conferencias sobre sanidad divina; dos de ellas auspiciadas por Morris Cerillo, en Londres y San Diego. Fui evangelista asociado de la Cruzada Buenas Nuevas, del misionero Bernhard Johnson. Fui el intérprete de Jimmy Swaggart en su gira por Brasil, en los estadios Morumbi y Maracanã; Swaggart creía y hablaba de los milagros aunque no era propiamente un predicador de sanidad divina.

Por lo tanto, no soy un neófito ni un incrédulo en lo que concierne a lo trascendente. Sé todos los versículos, conozco todos los razonamientos que fundamentan la lógica de buscarse una solución sobrenatural para las enfermedades. Nadie necesita convertirme a ese embrollo. Sé citar Isaías 53, Marcos 16, 1º Corintios 12 y tantos otros textos.

Sucede que el dolor del mundo me alcanzó en la vereda de una clínica de fisioterapia; allí se expuso la angustia de millones de madres y mi corazón se cerró a las antiguas lógicas milagreras.

Aunque me sienta inclinado a creer en los predicadores de la sanidad divina, recuerdo que multitudes de niños y niñas morirán de VIH/Sida en países como Congo, África del Sur, Mozambique y Angola. Cuando soy tentado a ser condescendiente con los Cerullo, los Benny Hinn y los R.R. Soares de la vida, con sus interpretaciones literales de la Biblia, recuerdo el malestar que muchos pacientes pueden estar sintiendo en aquel preciso momento como consecuencia de una quimioterapia.

Cuando escucho promesas de milagros a granel, pregunto ¿quién ayudará a la adolescente que no tiene novio porque nació con un trastorno genético que la desfiguró?

Mi cuestionamiento es: los religiosos deberían querer lidiar con el mundo real que necesita de grandes intervenciones, no de panaceas. Un ministro del evangelio no tiene derecho de predicar que “en teoría” todos serán sanados y luego mostrar indiferencia ante aquellos que no recibieron su milagro diciendo que les faltó fe.

El cristiano verdadero debe buscar intervenciones divinas donde el sufrimiento se muestra más agudo. Yo me dispongo a ayudar a cualquier evangelista que tenga el valor para estar de guardia en la acera de la Universidad Metodista. Voy a buscarlo y prometo interceder a su lado. Sinceramente deseo que los más afectados vuelvan a casa saltando de alegría.

De antemano sé que nadie vendrá. La mayoría está interesada en propagandear prodigios con el propósito de prosperar en sus emprendimientos religiosos. Si acaso creyeran en las interpretaciones que hacen de la Biblia, se arrodillarían en los pasillos de las clínicas de cáncer infantil, en los centros de hemodiálisis y en las salas de infectología de los grandes hospitales.

Necesitamos otras respuestas para el sufrimiento humano; los presupuestos de esos evangelistas que anuncian la sanidad con tanto alarde no abarcan la complejidad del sufrimiento universal.

Propongo que los prodigios del evangelio sean otros; que la presencia de Dios se revele en el servicio, en el amor solidario y la compasión. Que las manos y los pies de Dios sean las manos y los pies de los que no huyen del dolor ajeno. No conozco a los profesionales dedicados de aquella clínica de fisioterapia, sin embargo tengo la seguridad que todos encarnan la posibilidad de un milagro.

Soli Deo Gloria.

25 de marzo de 2008

Propuesta de espiritualidad

por Ricardo Gondim

No es necesaria mucha perspicacia para darse cuenta que el movimiento evangélico occidental pasa por una gran crisis. La intromisión del neo-fundamentalismo de la derecha religiosa en la política norteamericana no ha ayudado mucho.

Los reclamos para que la sociedad preserve “valores morales” cayeron por tierra porque no encontraron respaldo en las propias iglesias, que fueron de escándalo en escándalo. Para agravar la crisis, grandes segmentos evangélicos se apresuraron a legitimar la invasión de Irak, argumentando que la Biblia respaldaba una “guerra justa”.

En Latinoamérica, principalmente en Brasil, la rápida expansión del pentecostalismo produjo una grave desviación ética en la comprensión del Evangelio. Surgió un nuevo fenómeno religioso, más comúnmente identificado como “teología de la prosperidad”. Lo que se escucha como “predicación” por los televangelistas y en las megaiglesias difícilmente podría ser asociado al protestantismo histórico o al pentecostalismo clásico.

Como ya no es ninguna novedad afirmar que es necesario que sucedan cambios radicales dentro del movimiento evangélico, la gran pregunta ahora es ¿Qué es lo que tiene que cambiar? He aquí algunas propuestas:

Propongo una espiritualidad menos eficiente. Que los pastores desistan de asociar la aprobación de Dios para sus ministerios con proyectos exitosos. La fe cristiana no se propone reflejar el mundo corporativo, donde la competencia se prueba con resultados.

En la espiritualidad de Jesús, los hechos de algunos siervos de Dios pueden ser anónimos, inadvertidos y pequeños. La urgencia por el crecimiento de las comunidades y pastores intentando demostrar como Dios los bendijo con “ministerios aprobados” acabó produciendo este tumor: iglesias que se parecen más a mostradores de servicios religiosos que a comunidades de fe.

Propongo una espiritualidad menos cognitiva y más vivencial. La primacía de la “sana doctrina” sobre la experiencia de la fe, terminó produciendo creyentes astutos para “probar” su fe, pero carentes de testimonio.

La obsesión de la verdad como una construcción racional ha hecho que los catecismos se vuelvan bellas elaboraciones conceptuales, mientras que los testimonios personales permanecen cuestionables. El evangelio precisa ser escrito en tablas de carne; mostrarse en los hechos de aquellos que se proponen brillar como luz del mundo.

Propongo una espiritualidad menos mágica y más responsable. La idea de un Dios intervencionista que invade a cada momento la historia para rescatar a sus hijos dándoles alivio, abriendo puertas de empleo y resolviendo querellas judiciales, terminó produciendo creyentes alienados, sin responsabilidad histórica y sin iniciativa profética.

Con ese egoísmo, las iglesias se distanciaron de la arena de la vida. Creyeron que sería suficiente atar a los demonios territoriales para terminar con la violencia y la miseria. El Evangelio no propone que la historia sea transformada por arte de magia, sino con acciones políticas que defiendan la justicia.

Propongo una espiritualidad menos intolerante. La idea de un mundo perdidamente hostil a Dios genera iglesias intransigentes, que se creen privilegiadas. La radicalización de la doctrina de la caída da la visión de un mundo condenado, irremediablemente perdido. Con esa visión, la iglesia se encierra, sólo encara al mundo como un campo de batalla, y es incapaz de acoger a los moribundos que yacen a la orilla de los caminos.

La espiritualidad evangélica necesita rescatar doctrinas conocidas en los primeros años de la Reforma, como la Imago Dei (la imagen de Dios en todos) y la Gracia Común (el favor de Dios que capacita a todos).

Propongo una espiritualidad que promueva la vida. Los evangélicos predicaron por años y continuamente la salvación del alma y, muchas veces, se olvidaron que Dios desea que experimentemos la vida abundante antes de la muerte. Por cierto, el cielo debería ser una consecuencia de las decisiones hechas por las personas en la tierra y no una promesa distante. Con ese énfasis exagerado en la salvación del alma algunos se contentaron con una existencia mediocre, mal resuelta, creyendo que un día, en el más allá, todo estará bien.

Propongo una espiritualidad que no contemple la santidad como un apuro legal, sino como integridad. Con reclamos legalistas los ambientes se vuelven intransigentes. Es inútil establecer como meta de la vida cristiana la perfección exagerada, ya que para alcanzarla seria necesario transformar a las personas en ángeles.

La hipocresía nace con ese tipo de exigencia. Es necesario dialogar con las imperfecciones, con las sombras y luces del alma; sin culpas y sin fobias. Sólo en ambientes así existe libertad para madurar.

Propongo una espiritualidad que establezca como objetivo generar hombres y mujeres amables, leales, misericordiosos. Antes de anhelar aparecer como la institución religiosa poseedora de la mejor comprensión de la verdad, que intente amar con sencillez; antes de volverse una fuerza política, que sepa caminar entre los más necesitados; antes de alcanzar el mundo entero, que trabaje al lado de quienes construyen un mundo mejor.

Estoy consciente que mis propuestas no tienen muchas probabilidades de realizarse, pero voy a mantenerlas como un horizonte utópico y con vocación.

Soli Deo Gloria.

2 de marzo de 2008

El estanque

por Ricardo Gondim

Había una vez una ciudad muy, muy importante; considerada el centro del mundo porque hechos notables habían sucedido en sus colinas. Primero conocida como la ciudad de David, luego Jerusalén, se volvió la sede de la religión de los judíos, cristianos y musulmanes; que la consideran sagrada.

En Jerusalén había un estanque que estaba cerca de un mercado de animales. Como siempre había sido una ciudad muy mística, alguien comenzó a decir que las aguas de esa fuente eran milagrosas. Rápidamente, la noticia tuvo dimensiones extraordinarias y escandalosas; en el mercado se decía que un ángel venía del cielo una vez al año, movía las aguas, y el primer enfermo que se sumergiera sería sanado.

Se reunían multitudes, todos aguardando por un milagro. La administración municipal de Jerusalén, interesada en la romería, pero también por razones humanitarias, resolvió construir un edificio para abrigar a tanto enfermo. Edificaron una estructura imponente, con un patio rodeado por cinco pórticos, que se llenaba de paralíticos, ciegos y enfermos de toda clase. Debido a esa enorme expectativa, siempre postergada, de que una persona (solamente una) sería favorecida con un milagro, el lugar fue denominado irónicamente Betesda que significa “casa de misericordia”.

Se cuenta que muchas familias, para verse libres de sus enfermos, los abandonaban en los pórticos del estaque de Betesda. Los ricos compraban esclavos para ayudarles a entrar en las aguas. Algunos alquilaban los espacios cercanos a los bordes, que posibilitaban un mejor acceso. Todos querían su milagro y, lógicamente, los más acaudalados, astutos y famosos, se sentían más cerca de la gracia.

Los pobres y los enfermos graves, los dementes, terminaban detrás de todos. La esperanza para ellos se desvanecía, pronto llegaban noticias de un lado y de otro, que alguien acababa de recibir su milagro. Al lado, en el mercado, los agraciados contaban su historia y los crédulos y atentos peregrinos que visitaban Jerusalén retransmitían los testimonios. Así, la esperanza de la sanidad se postergaba otro año más.

Jesús no vivía en Jerusalén. Es más, él residía lejos de ese ambiente supersticioso, en Capernaúm, pero conocía los rumores. En una de sus visitas a la ciudad, se dispuso visitar el estanque de Betesda. Con seguridad, lo que vió fue peor de lo que le contaron.

Las personas afirmaban que el ángel descendía al estanque anualmente, pero nadie sabía la fecha exacta. Inquietos, los enfermos más hábiles saltaban esporádicamente para anticiparse al ángel. La confusión era constante. Los que se sentían mejor, corrían por lo pasillos gritando “¡aleluya!” y otros, nerviosos y frustrados, desmentían los milagros. De vez en cuando, se levantaban profetas que predecían el día preciso en que el ángel visitaría el lugar.

Ciertos enfermos yacían por años y años en total mendicidad, esperando el momento de la sanidad que nunca llegaba. El estado de algunos era deplorable. Escaras malolientes y piojos podían ser vistos con solo observar el cabello de ciertas mujeres.

Ante esa realidad tan perversa, Cristo pasó de largo de los más aptos, de los más ricos y de los que menos necesitaban la sanidad. Se dirigió hacia uno de los rincones olvidados del estanque de Betesda y encontró a un hombre que esperaba por su milagro hacía treinta y ocho años. Nadie sabe su nombre, pero, seguramente era un pobre. Su familia, ocupada con su supervivencia, se había olvidado de él hacía décadas.

Jesús se acercó al paralítico y le preguntó: “¿Quieres quedar sano?” Él respondió dentro de la lógica que había aprendido: “Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque mientras se agita el agua, y cuando trato de hacerlo, otro se mete antes”. Con un solo aliento, Jesús le ordenó: “Levántate, recoge tu camilla y anda”. Inmediatamente el hombre tomó su camilla y comenzó a andar.

El paso de Jesús por el estanque de Betesda sucedió un día sábado, el día sagrado de los judíos, porque él tenía un propósito: mostrar que la religión se preocupa, principalmente, de su estabilidad. Los religiosos sobreviven de la ilusión y no tienen escrúpulos en generar falsas expectativas en personas vulnerables.

Cuando aquel señor abandonó el estanque de Betesda cargando su camilla, Jesús dejó un mensaje para la ciudad de Jerusalén: “Los milagros que proceden de Dios no premian a quien sabe mostrarse hábil, santo o rico, Dios no hace acepción de personas ni busca transformar los espacios religiosos en una carrera desenfrenada por la bendición donde sólo los más fuertes sobreviven”.

El estanque de Betesda es la metáfora que recuerda a la humanidad que Dios mira misericordiosamente a los desfavorecidos, a quienes no tienen ni la menor posibilidad de escapar de los torniquetes perversos de la injusticia, a los más indefensos; huérfanos y viudas, por ejemplo.

El cristianismo debe, por lo tanto, asumir el compromiso de continuar visitando los campos de exiliados (Darfur), las clínicas de tratamiento del sida (África del Sur), las periferias miserables de las grandes ciudades (Brasil) para anunciar la más jubilosa de todas las noticias: Dios no se olvidó de los pobres.

Soli Deo Gloria.

27 de febrero de 2008

Fe radical

por Ricardo Gondim

Cuenta una fábula árabe que las mariposas querían entender la luz, deseaban saber el secreto de sentirse tan fascinadas por la llama de una vela. ¿Qué las deslumbraba? ¿Sería la luz o el calor? Entonces le pidieron ayuda a la mariposa reina. Luego de meditar sobre el asunto, ella aconsejó que cada una, individualmente, intentara encontrar la respuesta. Todas salieron buscando develar el secreto del fuego.

Pasado un tiempo, una mariposa volvió ciega de un ojo, afirmando que había llegado demasiado cerca y que la luminosidad de la vela le había encandilado, aunque seguía sin entender el misterio de la luz. Otra volvió con un ala quemada, reconociendo que su experiencia no había sido satisfactoria. Por siglos, las mariposas no entendieron por qué la luz les cautivaba tanto. Hasta que un día, una de ellas voló en dirección a un candil con tanta determinación que murió quemada. Ese día la mariposa reina dijo: “solamente esta mariposa conoció el misterio del fuego, pero nosotros nunca lo sabremos”.

La experiencia con Dios es muy similar a esa fábula. Es un encuentro con lo trascendente que no puede ser contenido en la dimensión del saber empírico. Nadie aprende sobre lo eterno valiéndose de las mismas herramientas experimentales de un científico. Por lo tanto, están equivocados los ateos que buscan en la exactitud matemática o en la investigación astronómica los medios de probar la existencia de Dios. También están equivocados los teólogos que intentan responder las acusaciones de los ateos con “argumentos aún más sólidos” sobre la realidad divina.

La experiencia con Dios es espiritual, por lo tanto, mujeres y hombres naturales no logran alcanzarla o discernirla. El creyente oye una voz inaudible, se siente acompañado por una presencia imperceptible y comprende verdades inaprensibles. Desafortunadamente, el occidente iluminista, positivista, cree poder abrazar las verdades espirituales con las mismas herramientas que utiliza para estudiar la química y la biología. Cuando Jesús afirmó que sus ovejas oyen su voz no se refería a la audición física, sino a una intuición espiritual que necesita ser desarrollada como una sensibilidad intangible.

La experiencia con Dios es siempre inédita, y cada encuentro con Dios será original, nunca previsible. Las religiones, con sus ritos, intentan domesticar lo sagrado, pero Dios no consiente la jaula de ninguna liturgia. No existe una red lo suficientemente grande como para atrapar al Todopoderoso, quien es libre para actuar como y cuando quiere.

En diversas ocasiones, Dios manifestó su presencia con un vacío inmenso. En otras, “las orlas de su manto llenaban el templo”. Siempre frustró a magos y hechiceros que prometían controlar sus acciones. Los verdaderos profetas sabían que Dios no se deja maniatar por ninguna amarra.

La experiencia con Dios es siempre personal, intransferible. La manera como cada uno entiende y percibe al Señor es única. Por eso, él es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Él es el Dios que se relaciona con cada persona con absoluto respeto a su individualidad. El Señor conoce las personas por su nombre y se manifiesta con total consideración a la historia de cada uno.

Siendo así, la experiencia con Dios requiere radicalidad. Para percibirlo es necesario un vuelo tan profundo y radical como el de la mariposa que murió. Conocer a Dios es sumergirse en el misterio, aunque eso cueste la propia existencia. Los que rozan la llama por curiosidad nunca aprenderán sobre lo divino.

En India, cuentan que un maestro meditaba a la orilla de un río cuando un discípulo se le acercó pidiendo su ayuda pues no lograba tener un encuentro significativo con Dios en sus ejercicios espirituales. El maestro lo tomó de la mano, lo llevó hasta el río y lo forzó a quedarse bajo el agua, sujetándolo por el cabello. Luego de dejar al joven casi tres minutos son aliento lo sacó del agua para que, desesperado, pudiera respirar. Entonces el maestro le enseñó la lección: “si tú buscas a Dios con la misma intensidad con la que buscaste el oxígeno que te da vida, ciertamente, lo encontrarás”. La Biblia promete que hallaremos a Dios “cuando lo busquemos de todo corazón”.

Así que cuando cada uno se esfuerza por conocer a Dios, y se entrega con radicalidad a esa búsqueda, descubre la razón última de la vida.

Soli Deo Gloria.

14 de enero de 2008

Cómo Dios ve

por Ricardo Gondim

Dios ve todo, nada pasa desapercibido a sus ojos. Él conoce el sendero de la hormiga negra que carga una hoja picada en la noche de la selva amazónica. Sabe de los intentos de mi corazón engañoso; del trayecto inmediato entre la palabra que surge y su expresión, Dios tiene ciencia perfecta.

Con semejante familiaridad, ¿cómo Dios me ve? Ciertamente, con desdén. No maduré como debería, no subí los escalones de la excelencia, no alcancé el mínimo prestigio religioso. Llego a los 54 años con un sentimiento de deber incumplido, con la misma sensación de aquel niño que se presenta al examen sin haber estudiado. Me siento como un pirata que nunca descubrió el mapa del tesoro; un Indiana Jones que nunca vio el Arca; un Quijote que nunca abandonó su biblioteca.

Dios tiene todo el derecho de llamarme un siervo infiel; debo imitar a Pedro: “Apártate de mi, que soy pecador”. Merezco el azote del siervo que sabía la voluntad de su Señor y no obedeció.

Sin embargo, preparo una fiesta con mucho alborozo. Quiero celebrar el amor de Dios que conquistó ese desdén merecido por mí. A pocos días de mi cumpleaños, percibo que el Señor aumento el volumen de su megáfono celestial. Apuesto que él va a gritar el día 14 de enero: “Tú eres mi hijo amado, estoy satisfecho con tu vida”.

Las potestades acusatorias del infierno quieren impedir la disposición divina de contradecir el castigo merecido -esa disposición tiene el nombre teológico de gracia-. Pero Dios insiste, y tres veces él pronuncia la misma expresión a todos sus hijos adoptados por causa del Unigénito: “Tú eres mi hijo amado, estoy satisfecho con tu vida”.

Así, libre y querido, estoy dispuesto a retomar las riendas de mi vida aunque el sol ya empiece a declinar.

Soli Deo Gloria.

10 de enero de 2008

Sobre personas y cerdos

por Ricardo Gondim

Había una vez una pequeña ciudad llamada Gadara, que era muy, muy pequeña. Gadara quedaba en la frontera entre dos países. Sólo había que cruzar la calle y del otro lado ya se hablaba una lengua extraña y se comía otro tipo de alimentos. La circulación de personas en esa frontera facilitaba no solo el intercambio comercial, las relaciones entre los habitantes se desarrollaban cordialmente; los niños de los dos países crecían bilingües, pero además transculturales.

Un bello día, Jesús de Nazaret decidió visitar esa aldea olvidada. Subió a un barco y viajó el día entero para cruzar el lago que lo separaba del lugar donde vivía. Después de arribar a Gadara, un lunático, poseso por una legión de espíritus malignos, vino a su encuentro.

El estado de este ciudadano anónimo era lamentable. Inmundo, vivía en tenebrosos cementerios. Nunca se supo acerca de sus familiares, sus traumas y heridas de la adolescencia o de sus perversiones morales. ¿Cómo llegó a corromperse tanto? Nadie sabía, y todos se conformaban con su decadencia.

Se divulgaron versiones de su fuerza descomunal. Algunas veces, estando encadenado, se soltaba y resurgía para aterrorizar a los niños que, seguramente, volvían a contar y agrandar la historia del “monstruo de los sepulcros”. Durante la noche se escuchaban sus gritos.

El gadareno quería ser libre; buscaba recuperar su vida, pero no lograba encontrarla. En la desesperación por arrancar de dentro del alma tanta degradación, desarrolló manías autodestructivas. Por la mañana, era común verlo mutilado por los cortes hechos con piedras.

Jesús dialogó con los demonios que lo poseían. En esa corta conversación, y para dejar al loco en paz, la legión de demonios tuvo de Cristo el permiso para poseer una manada de cerdos que pacían a la redonda. Cuando los demonios entraron en los cerdos, ellos se desesperaron y se precipitaron en un abismo.

Se cuenta que los que cuidaban a los cerdos huyeron. Al contar estos hechos en la ciudad, el pueblo fue a ver lo que había sucedido. La sorpresa fue absoluta. Todos fueron testigos, el hombre que había sido cautivo por una legión de demonios ahora estaba sentado, vestido y en perfecto juicio.

La noticia corrió, y cuando los curiosos relataron lo que había sucedido al gadareno y a los cerdos, el pueblo de la ciudad se reunió para expulsar a Jesús de allí. No hubo caso, el Nazareno se vio obligado a retirarse del territorio.

¡Que extraño! Mientras un ser humano era destruido por fuerzas satánicas, nadie tomó ninguna previsión para rescatarlo. El Club de Leones no movilizó a los empresarios ricos para ayudar; sacerdotes, pastores y rabinos serenaron a sus congregaciones con buenas explicaciones teológicas; los políticos prometieron acciones concretas para el próximo año fiscal; ninguna ONG se formó para disminuir su sufrimiento. El pobre mendigo seguía preso, esclavizado a fuerzas mayores que él.

En el momento en que se constató el perjuicio financiero, se hizo necesaria la expulsión de Jesús. Él amenazaba el equilibrio económico de la región: “our life style cannot be theatened”, repetían.

Sin embargo, antes de partir, Jesús dejó una lección de moral a aquella comunidad judía (que desde su formación tenía prohibido el tocar, criar o comercializar cerdos): “¡que vergüenza, ustedes aprendieron a amar un cerdo más de lo que aman a una persona!”.

Gadara es la metáfora del mundo. Las naciones siguen amando a los cerdos más de lo que aman a mujeres y hombres.

Lógico, un caballo de raza vale más que un niño liberiano. Un anciano palestino no tiene la misma importancia que un caniche de Texas. No hay dudas: las vacas lecheras inglesas son protegidas con más denuedo que las niñas usadas para el tráfico internacional de la pedofilia.

Mientras los religiosos vociferas sus sermones más entusiastas, mientras los políticos alternan debates sobre el futuro de la humanidad, mientras los banqueros multiplican sus lucros, muchos pobres necesitan ser restituidos a la vida y recuperar su dignidad para poder abrazar a sus familiares.

La historia continúa y Jesús de Nazaret sigue siendo un estorbo. Mientras él considera que un alma vale más que el mundo entero, las naciones mantienen esa extraña predilección por los cerdos.

Soli Deo Gloria.

9 de enero de 2008

Cortito

por Ricardo Gondim

Hoy no quiero escribir mucho. Ando saturado de teorías, sin inspiración para versificar, sin paciencia para explicar, sin tiempo para corregir.

Apenas quiero tranquilizar a mis poquísimos lectores. Algunas personas me escriben preocupadas. Por favor, no se alarmen, estoy bien, muy bien. No me amargué, no me obstiné en la perfidia, no escupo insultos; creo que aún no soy una mala compañía.

Caramba, ¡si estoy contento! El domingo prediqué sobre Filipenses 2:5-11, hablé de Jesús de Nazaret y me sentí con el alma lavada. Desperté el lunes y corrí 12 kilómetros conversando con mi amigo Ed René, exorcizamos los demonios de la semana pasada con endorfina y sudor. Acabo de recibir como regalo una nueva bicicleta de carrera para prepararme (finalmente) para el triatlón. Hoy voy a visitar a mi querida tía. Releo “Los hermanos Karamazov”. ¿Qué más un hombre puede querer de la vida?

El día 14 de enero de 2008 celebro 54 años bien vividos. En mi biografía: amé como un pagano, me comprometí como un cristiano, trabajé como un obrero, lloré como un huérfano y celebré como un campeón. Nunca pasé 24 horas en un hospital, nunca necesité dar explicaciones a un juez, nunca mendigué el pan.

Me siento amado y querido por mi comunidad de fe. Soy padre de tres amados hijos; tengo tres nietos que se parecen a ángeles; mi esposa me ama apasionadamente. Mi hogar es un oasis. Pago cualquier fortuna por pasar una noche en casa.

Corrí 10 maratones y 16 pruebas de São Silvestre. Ya dejé a muchos jóvenes, con la mitad de mi edad, mordiendo el polvo en los 42 kilómetros y 195 metros de la competencia más difícil del atletismo.

Nunca hice convenios con masones, políticos, militares o sacerdotes para lucrar financieramente; jamás lamí las botas de quien sea para ganar prestigio personal. No soy un cuervo que sobrevive de una burocracia denominacional.

Entonces, ¿por qué estaría amargado? En verdad, me veo distante de los patrones de hierro de los fundamentalistas; camino en sentido opuesto al de los hechiceros travestidos de pastores cristianos; no quiero caminar junto a gente a quien cuestione su ética. ¡Eso es todo!

Pero, por favor, que nadie confunda esos movimientos míos con amarguras. Los que comparten mi amistad saben que no soy tan aburrido. Aleluya.

Soli Deo Gloria.

31 de diciembre de 2007

Deseos para repetidos años nuevos

por Ricardo Gondim

Aun con el estrés diario, aun necesitando lidiar con las pasiones animales, aun reconociendo que existen tentaciones diabólicas, todos nutren deseos espirituales.

Cuando reconocemos esa sed trascendental, nace una verdadera espiritualidad. Se inicia entonces una inquietud con los valores efímeros de la vida y viene un anhelo intenso por lo que es eterno. Cuando esa mirada hacia el cielo brota en el alma, la vida gana calidad.

Todos deben anhelar amor. Los pensamientos necesitan nacer del nido de los afectos y el diálogo, prescindiendo del reloj. Quien ama, atiende el teléfono sin reclamar; acoge a los que lloran sin querer explicar el motivo del sufrimiento; no pide explicaciones; nunca esconde segundas intenciones y jamás tolera astucias; se arremanga, llena recipientes de agua y no le importa que lo vean de rodillas.

Todos deben anhelar alegría. Y hacer fiesta como el canario en la alborada; y bailar como la palmera en la playa; y cantar como el gaucho en la rueda del mate; y soltarse como creyente pentecostal. Que bueno es anticiparse a la vida con una sonrisa satisfecha y tranquila, libre de culpas. Sólo quien sabe exorcizar su propia tosquedad logra cambiar un espíritu aburrido por festejos en los pies.

Todos deben anhelar paz. Solamente los serenos aprenderán a lidiar con sus conflictos relacionales. Los que perdonan, también. Son felices los que se ponen en los zapatos del otro y esperan el momento apropiado para tener “aquella franca conversación”. Nadie debe imaginarse libre de tensiones, desavenencias o incomprensiones; el desorden es parte de la vida (solo existe armonía completa en la muerte). Deseemos la paz que nace de la solución madura de las discordias.

Todos deben anhelar paciencia. Por eso, menos nerviosos como los simples, menos malhumorados como los débiles, menos irritables como los lentos. La impaciencia brota de los narcisismos enfermizos, de las falsas omnipotencias. No se puede creer en las propagandas institucionales que hacen sobre nosotros mismos. Es una locura embriagarse con la exuberancia de los propios discursos. Como nadie es un especial elegido, es necesario esperar a aquellos que se atrasan y no molestarse cuando hay que repetir lo que acabas de explicar.

Todos deben anhelar amabilidad. Por eso, menos emprendedores y más sensibles; menos paladines y más diligentes. Un héroe sin alma es un tirano. Los demonios son valientes que perdieron el corazón. Sólo los dóciles se parecen a Dios. Por lo tanto, cada quien deje que su vida refleje el cariño divino por el mundo así como el cristal fragmenta la luz. Y que la refracción de tu amabilidad se esparza como cordialidad, benevolencia, comprensión, camaradería.

Todos deben anhelar bondad. Para eso, necesitan aprender a ser generosos. En el diccionario divino no aparece la entrada “avaricia”. Los bondadosos no temen imitar al padre de la parábola del hijo pródigo y decir: “mi hijo, todo lo que tengo es tuyo”. Los bondadosos se anticipan a las necesidades del prójimo y se disponen a bendecir como si tuviesen las manos de Dios.

Todos deben anhelar fidelidad. Cuando alguien leal está cerca, los amigos descansan. Celebrada por militares, sacerdotes y poetas, la lealtad no es privilegio de ningún grupo. Es la única virtud que Dios pide de sus hijos: la perseverancia; principal atributo del fiel. La verdadera vida pertenece a los fieles, aunque nunca alcancen el éxito, aunque fracasen o decepcionen todas las expectativas. El fiel persiste hasta el fin del camino; aunque termine la jornada destruido, aun así será alabado.

Todos deben anhelar mansedumbre. Los mansos son libres para vivir y no se desesperan reclamando sus derechos a Dios o al mundo. Sólo los mansos son libres para solidarizarse con el sufrimiento de los pobres y de los olvidados; son pocas sus demandas. Ellos no suspiran por más bendiciones porque aprendieron a ser felices con la realidad. El contentamiento es la virtud que posa, únicamente, en el corazón de los mansos. En la combinación de ese desapego con la mansedumbre, hay serenidad; los confiados heredarán la tierra.

Todos deben anhelar dominio propio para saber lidiar con sus apetitos, pasiones y deseos. La templanza no se deja vencer por los instintos. Los libertinos no triunfan. Solamente aquellos que restringen sus deseos son libres de la opresión de la ganancia. Los que no se esclavizan por sus pasiones son más fuertes que un guerrero.

(Espero que hayas notado que acabo de detallar el fruto del Espíritu, como Pablo lo describió en su carta a los Gálatas 5:22. Si más personas anhelaran lo que es eterno habría menos odio y más amor. Que tu corazón desborde valores espirituales en este nuevo año).

Soli Deo Gloria.

Desilusión y desencanto

por Ricardo Gondim

Me despido del año. Mis alegrías, así como mis tristezas, fueron numerosas e intensas. Me sorprendí con resurrecciones y lloré muertes; bailé en los salones de la felicidad y me arrastré en los charcos del disgusto; abrí los brazos para recibir a quien volvía e, impotente, vi la espalda de quien partía.

Este fue el año de las desilusiones y de los desencantos; y yo espero no mezclar esos dos sentimientos. Las ilusiones no son más que idealizaciones; los encantamientos, estados de admiración. Las ilusiones se basan en falsedades, son espejismos; los encantamientos nacen de apreciaciones de la realidad. Las ilusiones visten nuestras mentes de fantasías; los encantamientos vienen de percepciones claras de la vida.

Me ilusioné con la nobleza institucional; creí con fervor que la iglesia que me rodeaba era “la Iglesia” de Jesús (por favor, nota la “i” latina, minúscula y mayúscula). Por años, abracé sin reservas una versión del cristianismo que yo entendía como la única, la más auténtica, la mejor de todos los tiempos. Me ilusioné con esa versión, no noté los celos, las maldades, las envidias que la motivaban.

Me ilusioné con el expansionismo de mi misión. Creí en el mito moderno del progreso. Yo creía que podía seguir el crecimiento numérico y, al mismo tiempo, mantener el ambiente relacional de los tiempos en que me reunía con un grupo de jóvenes idealistas. Llegué a pensar que podía abrir mi corazón entre clérigos profesionales con la misma libertad que lo hacía entre los primeros compañeros de ministerio.

Me ilusioné con la naturaleza humana. Creí en la bondad de las personas; principalmente, en los que se decían ser llenos del Espíritu Santo de Dios. Yo imaginaba que alguien rebosante de Dios no conspiraría como Absalón, no traicionaría como Judas y sería incapaz de comportarse como un lobo voraz. ¡Ledo engaño!

Los sótanos eclesiásticos están repletos de cadáveres de gente acuchillada por la espalda. La historia no olvida: los pasillos de las catedrales albergan a verdugos y a facinerosos ávidos de escalar jerarquías organizacionales.

De repente, vino la desilusión. Se cayeron las vendas de mis ojos y me di cuenta de la magnitud de mis fantasías religiosas. Sucede que una persona desilusionada nunca más se vuelve a ilusionar. Y, en ese proceso, me vi obligado a separar las desilusiones de los desencantos. Pues, al contrario de los desilusionados, los desencantados pueden volver a encantarse nuevamente.

Anduve desencantado con mi misión, vocación y devoción. Nunca perdí lo que inicialmente me deslumbró en el Evangelio. Sigo absolutamente fascinado con la vida de Jesús de Nazaret. Y vuelvo a maravillarme cada vez que leo sobre su carácter, su ternura para con los desvalidos y su perdón para los pecadores. Su ofrenda en la cruz, su muerte ejemplar y su resurrección triunfante, no admiten desencantos.

En mi dolor llegué a meditar que desistiría de todo, pero no lo logré. Sigo creyendo que los valores del Reino de Dios necesitan irradiarse a todas las dimensiones del vivir humano, so pena de dejar al mundo transformase en el infierno de Dante. Los valores de justicia, paz y equidad humana, como fueron propuestos por Jesús y sus apóstoles, no pueden quedarse escondidos sino que deben ser proclamados universalmente. Eso es tan magnífico para mí que sana mi corazón desilusionado, devuelve vigor a mi poesía melancólica y da nueva energía a mi labor.

Sobre aquellas cosas con la que me desilusioné no hay marcha atrás, pero sé que mis sueños vuelven a tomar color. En este nuevo año, responderé con nuevo aliento: “heme aquí, envíame a mi”.

Soli Deo Gloria.

21 de diciembre de 2007

Ausencia anual

por Ricardo Gondim

Mi navidad tiene color de nostalgia, olor a añoranza y gusto a lágrima. Ella llega cargada de recuerdos. Durante los días que preceden al veinticinco de diciembre, noto la sombra de la melancolía cubriéndolo todo. Las muchas luces no me engañan; la avalancha consumista se vuelve toda una fiesta vulgar. La navidad atraganta mi alma con un llanto que nunca llega.

Mi navidad pertenece a la infancia perdida; recuerdo el niño ansioso que fui, los regalos que nunca llegaron y la expectativa renovada de que el próximo año será diferente. El Dios de la navidad es niño. Necesito reclamarle a este corazón adulto: quien no se vuelva como un niño, no entrará en el reino de los cielos.

Mi navidad siempre viene en forma de despedida. Como sucede una semana antes de fin de año, debo mirar hacia el pasado y observar el rastro de lo que fue mi vida. Siento la ausencia de quien ya partió y me despido de cada uno, una vez más. En navidad, lamento los lugares vacíos en la mesa y contemplo la sonrisa de quien ya no existe en las fotografías. Tengo miedo; en otras navidades menos gente vendrá a la cena. Y eso duele.

Mi navidad carece de Dios. El Niño-Dios ya no está por aquí. Hace tiempo que él se fue. Es verdad que dejó su Espíritu, pero yo carezco de su presencia concreta. Nada ni nadie lo sustituyen apropiadamente. Ah, como deseo tocar sus vestiduras y acompañar el movimiento afectuoso de sus labios. En navidad, mi espíritu clama ¡Maranata!

Soli Deo Gloria.