19 de julio de 2007

Quiero y no quiero

por Ricardo Gondim

Quiero anunciar el mensaje cristiano considerando siempre su contexto histórico, no menospreciando la secuencia del relato leído, y sólo haciendo aplicaciones responsables.

No quiero oír, aprobar, o estar de acuerdo con predicaciones temáticas en donde el texto bíblico es apenas utilizado como pretexto para hacer afirmaciones irresponsables de bendiciones, portentos y milagros.

Quiero estar siempre abierto al soplo del Espíritu. Él puede visitar mi vida, familia, iglesia y nación como lo desee. Reconozco que las intervenciones de Dios suceden de acuerdo a su discreción. Él puede tanto entrometerse en el transcurso de la historia, como lo hizo en algunas circunstancias, como puede mantenerse escondido y en silencio, como prefirió en otras.

No quiero manipulaciones de lo sagrado para demostrar la presencia de Dios. No quiero intentar “ajustar” los actos divinos a las expectativas de auditorios ávidos por señales venidas del cielo. Si Dios prefiere que mi fe se base apenas en el testimonio de hombres y mujeres del pasado, me quedo satisfecho, sin exigir ninguna manifestación sobrenatural.

Quiero ver a la iglesia actuando mejor en la política. Entiendo que es el deber de toda religión la defensa de la justicia. Quiero que se abogue por los pobres (representados por huérfanos y viudas), se asuman posturas sobre los sutiles engranajes de la muerte, y se sepa discernir el peligro del “mundo”. Quiero ver a la iglesia haciendo Política (así mismo, con “P” mayúscula).

No quiero participar de campañas de candidatos “oficiales” de ninguna institución. No tolero que algunos pastores todavía piensen que las iglesias necesitan de representantes electos. No quiero tener “muchachos de los mandados” en las cámaras y las asambleas. No quiero hacer política (con “p” minúscula). No quiero disputar por el poder.

Quiero andar el largo camino del discipulado, ayudando a hombres y mujeres a forjar sus vidas siguiendo los pasos de Jesús. Quiero fundar mi predicación en los principios bíblicos que integran a las personas. Deseo profundizar mi percepción acerca de la manera en que el Evangelio orienta la vida en la tierra. Quiero ver a los cristianos experimentando una bella calidad de vida aquí, antes de partir hacia el cielo.

No quiero buscar atajos para la madurez. No quiero formulas fáciles para nada. No quiero paquetes venidos del exterior que, bajo la pretendida fama de ser “principios transferibles”, lograrán mágicamente resolver los problemas conyugales, las enfermedades y las disfunciones familiares. No quiero una espiritualidad disgregadora, que no tiene pie sobre la tierra. No quiero respuestas piadosas a las angustias humanas y no quiero que las personas esperen por el paraíso para comenzar a vivir.

Quiero caminar con gente que reconozca sus defectos, sepa conversar sin espiritualizar y demonizar los asuntos abordados y me permitan reír y llorar. Quiero ser amigo de los que lloran el dolor del mundo porque notan en él su propio mundo de dolor.

No quiero andar con religiosos que gusten de frases hechas. No quiero vivir con quien se esconde del sufrimiento humano con muletillas teológicas. No quiero más estar en ambientes y reuniones que no desborden para la vida.

Quiero ser amigo de Dios y de hombres y mujeres que aman la paz. Quiero ser más simple de lo que soy, quiero ser más sensible de lo que puedo lograr, quiero ser menos codicioso de lo que siempre fui. Quiero vencer la vanidad que alimenté en falsos espejos.

No quiero perder mi alma en nombre de la religión. No quiero dejar ir por la alcantarilla los pocos años que aún me quedan. No quiero un día lamentar haber perdido la vida queriendo encontrarla.

Soli Deo Gloria.

14 de julio de 2007

Valor para pensar fuera de la caja

por Ricardo Gondim

Los escritores norteamericanos Phillip Yancey, Ronald Sider, Rob Bell y Jim Wallis vienen declarando que el movimiento evangélico ya no logra responder satisfactoriamente a los desafíos de este milenio.

Es la realidad. En la Europa post-cristiana, permanece periférico; en los Estados Unidos, fue absorbido por la religión civil del “Destino Manifiesto” (que considera al país elegido y bendecido por Dios); en Latinoamérica su crecimiento numérico lo aparta del protestantismo clásico mientras se condena a volverse una religión popular sin praxis transformadora.

Considerando la obra de Thomas Kuhn sobre cambios de paradigmas, “La estructura de las revoluciones científicas”, se alcanza a percibir cómo el movimiento evangélico se vacía. Para Kuhn, un paradigma se debilita cuando se vuelve incapaz de explicar algún fenómeno científico, aunque haya servido para orientar la investigación. Los paradigmas, luego de ser desafiados convincentemente por nuevas evidencias, necesitan sufrir cambios.

En la tesis de Kuhn, mientras un paradigma se muestra eficiente, las investigaciones y los descubrimientos son graduales y acumulativos. Sin embargo, en el instante en que las innovaciones se agotan, las rupturas pasan a ser bruscas; surgen personas que se atreven a desafiar los antiguos conceptos en cuanto a la noción del progreso gradual y constante del saber en dirección a la verdad.

Mucho se ha publicado buscando un dialogo de la teología con la historiografía, psicología, física cuántica, sociología, antropología y hasta la arqueología; nuevos pensadores evangélicos se relevan criticando algunos presupuestos.

Según Kuhn, todos ellos pagarán un alto precio por esa aventura; seguirán a Galileo, que casi murió cuando descubrió que Júpiter tenía lunas. Por derribar la astronomía ptolemaica desacreditó también la teología que creía en un universo geocéntrico. La iglesia defendió sus dogmas y Galileo, para salvar el pellejo, tuvo que retractarse.

Los evangélicos intentan responder a la actual crisis de varias maneras.

Con la respuesta piadosa. Resuenan los llamados acerca de que los creyentes necesitan volver a orar. Leí en la pizarra de anuncios de una iglesia una convocatoria para que los creyentes entraran en un “maratón” de oración. El pastor quería promover un avivamiento espiritual colocando a la congregación de rodillas.

Es válido preguntarse si es necesaria más intercesión o si ya es hora de repensar el contenido de las oraciones. Conviví entre pentecostales por años y puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que multiplicar los “círculos de oración” no va a resolver el problema.

Con la respuesta legalista. Avivados acusan, señalando con el dedo, que “el mundo entró en la iglesia”. Algunos creen que conseguirán anular la decadencia ética proponiendo que “endurezcamos” los usos y costumbres.

Los jóvenes, principalmente, deberían arrepentirse del estilo de vida “carnal” que adoptaron. Ellos olvidan que el legalismo no tiene ningún valor contra la sensualidad y que imponer tantas exigencias termina generando más hipocresía.

Con la respuesta ortodoxa. Ya escuché a líderes evangélicos afirmar que necesitamos una nueva Reforma. Algunos buscan reavivar liturgias y paramentos de hace trescientos años. Los evangélicos realmente se distanciaron de varias doctrinas del protestantismo del siglo XVI.

No obstante, sería iluso pensar que un nuevo Lutero rescatará al movimiento. En un mundo globalizado, con tanta complejidad cultural, una nueva Reforma, semejante a aquella, jamás se repetirá.

Con la respuesta organizacional. Principalmente los norteamericanos intentan mantener sus iglesias a través de la administración eclesiástica. Ellos creen que la fe volverá a ser relevante con una liturgia más “amigable”, con un mensaje contemporáneo, con buenos estacionamientos y creando redes ministeriales.

Delante de la crisis, creo que es necesario hacer una nueva “tarea para el hogar”; admitir que urge comenzar a pensar fuera de la antigua caja y tener el valor para enfrentar nuevos desafíos.

Para esa tarea propongo que la Gracia vuelva a ser la piedra principal de la espiritualidad cristiana y que el ejercicio teológico lleve, hasta las ultimas consecuencias, el amor gratuito de Dios; que se enfatice que Él no hace acepción de personas; que se revierta la tendencia de transformas las iglesias en “Bingos”, donde muchos buscan el milagro y pocos reciben bendición.

Por último, es necesario aprender a pensar globalmente. No es posible continuar apostando que Dios prospera a los creyentes que gustan de la superficialidad y desprecian a los miserables de los campos de refugiados africanos y de las periferias urbanas brasileñas.

Junto con el debilitamiento de un paradigma existe tanto el desafío a salir del cuadrado y dar un salto cualitativo, como la posibilidad de condenarnos al anacronismo. La decisión está en nuestras manos.

Soli Deo Gloria.

11 de julio de 2007

Antes que sea demasiado tarde

por Ricardo Gondim

El crecimiento evangélico brasileño continúa. Las estadísticas no mienten. Atletas, artistas, amas de casa, empresarios, funcionarios públicos y jubilados llenan las iglesias de los grandes centros urbanos.

Sin embargo, a esa expansión también se suman varios problemas como: confusión doctrinal, insensibilidad ética, vanidades ministeriales y politiquería interna.

La crisis que hay en los púlpitos es notable. El vodevil que arrasa las predicaciones causa escalofrío. Un pastor, queriendo motivar a su congregación a contribuir para una construcción, utilizó este texto del Génesis: “Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es sólo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr…”. Parece que él no tuvo en cuenta que este versículo se refiere al desafortunado plan de construir la torre de Babel.

Burradas de ese tipo no sucedían antiguamente. Los pastores pioneros sabían dar “buenas razones” de la fe, conocían la Biblia profundamente y dominaban la homilética. Los evangelistas conmovían los auditorios con elocuencia y eran oradores que articulaban sus pensamientos con gracia y sabiduría.

La banalización que invade al pueblo evangélico sorprende, porque los primeros misioneros llegaron a Brasil con la propuesta de generar una clase pensante que transformara la cultura.

La mayoría de ellos llegaron aquí formados en buenos seminarios americanos y europeos, donde sabían dialogar con los ideales iluministas. Ellos creían que una nación vencería la miseria si cimentaba su progreso en sólidas bases bíblicas y académicas.

Fue por causa de esa mentalidad que los primeros líderes evangélicos se preocuparon en implementar excelentes escuelas de enseñanza media y universitaria.

A fines del siglo XIX, presbiterianos y metodistas ya habían inaugurado el Mackenzie y el Colegio Piracicabano (considerados referentes para el gobierno federal, que intentaba mejorar la calidad de la educación brasileña). Esa estrategia misionera representaba fielmente el espíritu protestante que desea dar a los fieles buenos fundamentos teológicos para el libre examen de las Escrituras.

Esa preocupación se percibe hasta en las letras de los antiguos himnos. Los primeros creyentes alababan con letras que contenían una densidad doctrinaria incuestionable. De ahí para acá la alabanza, infelizmente, se empobreció tanto que, hoy, la mayoría de los coros no pasan de ser estribillos reciclados.

El culto protestante no depende tanto de ritos y símbolos como el católico. En la misa la homilía no ocupa una gran porción de tiempo pues existen otras liturgias más significativas, como por ejemplo la transubstanciación. Ya los evangélicos, que defienden el discurso y la informalidad litúrgica, si quieren mantener su relevancia, necesitan dar mayor prioridad a la predicación. En caso que el sermón se vacíe, quedará poca solidez para que el movimiento sobreviva en la historia.

Para que los creyentes no se pierdan con tanta irrelevancia es necesario resistir los llamados de los medios de comunicación. Según Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”. Significa que cuando se opta por un vehículo de comunicación, implícitamente, se escogen también los contenidos que se quieren transmitir.

El mensaje del Evangelio necesita la comunicación de verdades que carecen de tiempo para la reflexión, pues exigen decisiones. Por ejemplo, cuando un pastor escoge la televisión como el medio exclusivo para anunciar el Evangelio, también está escogiendo restringir los contenidos de su predicación (delante de las cámaras necesitará valerse de frases cortas, pensamientos poco reflexivos y lógicas simplistas).

Para que los creyentes no se vuelvan egoístas es necesario huir del pragmatismo. El evangelio no puede ser reducido a pequeñas recetas triunfalistas. Vivimos en una sociedad inundada de manuales que enseñan “como” alguna cosa. El mensaje del Evangelio, sin embargo, es nobilísimo y necesita ser diferenciado de las filosofías que sólo prometen éxito. Lamento observar que muchas iglesias estén transformándose en centros de autoayuda.

Para que los creyentes no se nivelen por debajo es necesario recordar el legado de aquellos que marcaron su generación como Jonathan Edwards, Charles Finney, Nelson Mandela, Martin Luther King, Jimmy Carter y tantos otros. Esa gente sufrió mucho para que la integridad del mensaje cristiano fuese preservada. El testimonio de ellos no puede ser despreciado.

El panorama evangélico nacional es desalentador, pero no desesperante. Por lo tanto, convoco a mis hermanos a arremangarse y trabajar. El tiempo urge, pero aún es posible dejar un buen testimonio para la próxima generación.

Soli Deo Gloria.

6 de julio de 2007

Gramáticos y poetas

por Ricardo Gondim

Infelizmente, el mundo sigue dividido entre hechiceros y químicos, científicos y filósofos, gramáticos y poetas. Digo infelizmente porque no siempre fue así.

Hubo un tiempo en que los astrónomos se enamoraban del titilar de las estrellas, los físicos creían que una linda costurera había cosido el universo y los biólogos celebraban que el ser humano respirase, incluso habiendo sido un muñeco de barro.

Hubo un tiempo en que las burras hablaban, las estériles tenían hijos (extra)ordinarios, los ángeles mataban millares de soldados agresores, los cayados secos florecían y el sol se detenía para esperar que los más débiles prevalecieran en la guerra.

Hubo un tiempo que las hadas ayudaban a las huérfanas, el beso del príncipe resucitaba a la princesa de su sueño, los espejos se revelaban para responder con honestidad y los niños, tallados en madera, se convertían en personas.

Hubo un tiempo en que la metáfora reinaba en la literatura. La copa de los árboles era un cáliz verde de donde salpica el rocío de la mañana, la nostalgia una mujer que ordena el cuarto del hijo que ya murió; y el alma de la luna se escondía en la garganta del gallo que susurra su canto en la madrugada.

Hubo un tiempo en que se hablaba de Dios como suspiro, olfato o gusto.

En él, encontrábamos el regazo materno, perdido desde la adolescencia. Dios era el pastor solitario que, sentado sobre una piedra, vigilaba sus ovejas pastando en una montaña distante; era el amante que abandona el harén para cortejar a su amada; era el juez que asume la lucha de los más débiles; era el médico que trae el bálsamo para aliviar el dolor del alma; era el amigo que se allega como hermano; era el rey que anuncia la llegada de un nuevo orden; era el padre que educa a sus hijos para una existencia madura y autónoma.

Hubo un tiempo en que se leían los textos sagrados con reverencia. Delante de lo numinoso, el mortal temía; delante de lo sagrado, el pecador temía; delante de los infinito, lo finito se perdía; delante de lo eterno, lo humano menguaba.

Lentamente, teólogos y exegetas, científicos y técnicos, gramáticos y lingüistas, minaron los sueños y las fantasías de los niños, vaciaron la verdad de los poetas, quisieron explicar el misterio, captar la verdad, sistematizar a Dios, disecar el poema y criticar la alegoría. ¡Y lo consiguieron!

Ellos exiliaron a los magos que corren detrás de las estrellas; escondieron a los profetas alucinados que hablan de ruedas de fuego en el cielo; quemaron a las mujeres que sienten en el cuerpo el éxtasis de lo divino.

Esos asesinos de la belleza, en el afán de explicar lo imposible y mapear los rumbos del Espíritu, dejaron al mundo más pobre, a la fe más segura, a la oración menos incierta y Dios quedó pequeño.

Ahora, quien necesite un milagro, dispone de hábiles evangelistas que ayudan a abrir las ventanas de los cielos; quien tenga dudas, puede comprar exhaustivos manuales sobre Dios; cuando la vida parezca amenazadora, es posible domesticarla, contratando profetas en alquiler.

Mi alma, sin embargo, tiene anhelo por la poesía que me abandone reticente; por la prosa que me hierva la sangre; por la ficción que me conmueva las entrañas; por el drama que me erice la piel; por los personajes que salten de los escenarios para encarnar en mí.

Siento que Dios todavía vive en el sueño de los niños; todavía habita donde reside la musa del poeta; todavía se revela en el deseo del profeta; todavía se mueve más allá del horizonte utópico del guerrero.

Siento que su habitación queda en el vacío, en la nada, y que su gloria se esconde en una nube espesa y deslumbrante.

Siento que puedo percibir su verdad en lo desconocido absoluto, y en lo inaudible escuchar su voz.

Siento que Dios es viento imperceptible, verdad diáfana y misterio asombroso.

Por lo tanto, muero al deseo de hacer análisis sintáctico o critica textual de los textos sagrados. Ya no envidio a los apologistas, sólo quiero que me devuelvan lo que me robaron: el alma de los poetas, el corazón de los niños y la levedad de los bailarines.

Soli Deo Gloria.

5 de julio de 2007

Excomunión

por Ricardo Gondim

Estoy escuchando el audiolibro “Generous Orthodoxy” de Brian McLaren, un regalo de mi amigo Carlos Alberto Junior.

Espero y oro para que alguna editorial brasileña se apresure a traducirlo (quien sabe inglés no debería dudar en comprarlo, aprovechando que el dólar está barato).

Cuando escucho a esa gente de la “Iglesia Emergente”, con quienes tengo gran afinidad; me convenzo cada vez más que el movimiento evangélico o “evangelical” -permítanme el extranjerismo- es un barco que hace agua.

Hace algún tiempo afirmé que no me considero más “evangélico”, y causé espanto entre mis pares. Sin embargo, cada día que pasa, mientras más malas noticias suben desde los sótanos denominacionales; y mientras más Youtube muestra bromas sobre el vodevil de los púlpitos, más convencido estoy que no tengo nada que ver con lo que fue mi cuna religiosa.

Mi “auto-excomunión” del movimiento evangélico no es estética, aunque no tolere más oír la poesía banal de las canciones y la música pobre que tienen éxito. No aguanto más los coros de guerra, convocando a los creyentes para pisotear a los enemigos. Ni hablar de las coreografías de las danzas. ¡Horribles!

Mi “auto-excomunión” del movimiento evangélico no es ética, aunque me provoca náusea el gran número de políticos que, en nombre de Dios, ejercen sus mandatos con las mismas prácticas que los más nefastos. No soporto más convivir con evangelistas y pastores, dueños de un discurso radical en cuanto al dogma, al credo, al moralismo sexual, y que saben repetir como loros la Sana Doctrina, pero se comportan como inescrupulosos manipuladores, siempre ávidos por dinero.

Mi “auto-excomunión” del movimiento evangélico no es doctrinal. Sigo creyendo en la Trinidad. Tengo a Jesucristo como el Señor y Salvador de mi vida. Hablo en lenguas desde mi experiencia pentecostal. Creo y doy testimonio de milagros. Oro por la liberación de endemoniados y espero un cielo nuevo y una tierra nueva.

Mi “auto-excomunión” del movimiento evangélico sucedió porque no puedo convivir con autoproclamados “teólogos” que guardan sus doctrinas y conceptos como verdaderas vacas sagradas. No me gusta el clima de caza de brujas, que apedrea y quema a quien se atreve a tocar las “cláusulas pétreas”.

No tolero la intolerancia, no acepto la exclusión, no me siento bien con los discursos fundamentalistas. Creo que toda interpretación es interpretación y nada más, y que nadie –ni San Agustín, ni Arminio y ni siquiera yo– tiene la última palabra en cuanto a la verdad.

Mi “auto-exclusión” del movimiento evangélico sucedió porque me cansé de estar intentando leer la Biblia con el literalismo fundamentalista. Considero agotador tener constantemente que hacer acrobacias para explicar, con la exégesis propia de los evangélicos, textos que discriminan a las mujeres en el Deuteronomio, o aquel en donde Dios envía un espíritu de mentira para confundir a los profetas.

No quiero más hacer cuentas para explicarles a los adolescentes cómo el arca de Noé pudo albergar a todos los insectos, mamíferos, aves, reptiles y batracios del planeta.

Mi “auto-exclusión” del movimiento evangélico sucedió porque ya no tengo el estómago para quedarme a escuchar sermones del tipo: “Dios es poderoso, él va a hacer el milagro”, y cerrar mis ojos a los exiliados de Darfur, o a los miserables que esperan en las filas de los dispensarios inmundos de las zonas más pobres de Río de Janeiro.

No quiero vivir la fe ensimismada y privatizada que tanto se propagó, y que busca, o convive, con el concepto burgués de mundo. A decir verdad, no logro más orar pidiendo bendición, protección, inmunidad, prosperidad o libramiento. No quiero tener que ejercitar la fe para “ver a Dios abrir las ventanas de los cielos”.

Mi “auto-exclusión” del mundo evangélico sucedió porque tengo sed de intimidad con Dios; porque intuitivamente, percibo que la Biblia posee una riqueza inmensamente mayor de lo que me enseñaron. Quiero vivir en la libertad del Espíritu, sin miedo de las implicaciones y de las fragmentaciones más “peligrosas” de esa decisión.

Mi “auto-exclusión” del movimiento evangélico sucedió porque me apasioné por Dios de una manera que considero linda, pero que va a contramano de la mayoría.

Estoy tan absolutamente lleno de curiosidad sobre dimensiones de la verdad que, reconozco, jamás comprenderé completamente. Estoy con sed de leer como nunca leí, reír como nunca reí, bailar como nunca bailé; orar como nunca oré. Quiero glorificar a Dios con levedad, sin paranoias de que el diablo me va a agarrar si le dejara una brecha o que seré castigado con rigor si ‘meto la pata’.

Mi “auto-exclusión” del mundo evangélico sucedió porque hoy veo a mi Prójimo como amado de Dios y no más como hijo de la ira. De repente, comencé a percibir que la Gracia fue esparcida sobre la tierra así como el sol, que bendice indiscriminadamente.

Intento librarme del lenguaje excluyente de los creyentes. Ya no tengo miedo de decir que aprecio la “música del mundo”, que considero a los “Médicos Sin Fronteras” una bella expresión del amor de Dios, y que voy a estudiar, con enólogos, los misterios de los mejores vinos. Antes que me olvide, no creo que entrenarme para un maratón sea perder el tiempo.

No me definiré por ningún movimiento porque creo que los movimientos, cualquiera sea, son cercas que empobrecen. No defenderé una teología específica, ni siquiera la Relacional, porque no creo que ellas sean suficientes para explicar al Eterno. Me gusta la frase de Paul Tillich: “Dios está más allá de Dios”.

¿Hacia dónde voy de aquí en adelante? Anhelo caminar humildemente con mi Señor; voy a intentar ser justo, desarrollar un corazón misericordioso y amar la paz.

Soli Deo Gloria.

4 de julio de 2007

Carta para ti, mi amigo

por Ricardo Gondim

Estimado amigo,

Te escribo porque quedé consternado con tu carta. Se del riesgo de ser impertinente, pero no me pude contener; sufrí cuando te imaginé sentado frente a la computadora con un rostro tan huraño.

Creo que, en verdad, tuve una visión tuya. Vi tu ceño fruncido, tus ojos fusilando al mundo, tu cara enrojecida de rencores y tuve miedo.

Sí, coincido en que hay momentos que dan ganas de escupir insultos, llenar nuestra escritura de asteriscos, dejar de lado los escrúpulos y gritar improperios.

Sí, coincido que el perverso ambiente social brasileño se perpetúa con oligarcas cínicos, que ríen como hienas.

Sí, coincido que el clero del movimiento evangélico se conformó con repetir dogmas petrificados.

Sí, coincido que el éxito comercial de las editoriales norteamericanas es el que forma el canon de la teología evangélica.

Sí, coincido que el movimiento evangélico ya no responde a los cuestionamientos y las tensiones de un mundo globalizado (con tantas sociedades complejas).

Sí, coincido con tu radicalidad, pero no puedo acompañarte en tu sectarismo.

Tú continúas mirando al mundo por las estrechas aberturas de tu ventana religiosa. Te aconsejo que las abras de par en par para que contemples el universo que está más allá de tu verdad.

Te recuerdo que sólo logramos abarcar una ínfima zona del saber; y que en el océano del conocimiento, por más que nademos, nunca nos distanciamos de sus playas rasas.

Te doy un poema de Carlos Drummond de Andrade de regalo:

El mundo es grande y cabe
en esta ventana sobre el mar.
El mar es grande y cabe
en la cama y en el colchón de amar.
El amor es grande y cabe
en el breve espacio de besar.

Las personas son sectarias cuando no aceptan que existan otras verdades y realidades más allá de su horizonte, de su catecismo, de su mapa, de su espectro auditivo o de lo que pueden medir.

Los sectarios tienen miedo de ser libres y, por lo tanto, buscan restringir el mundo; ellos nunca quieren perder el control; la libertad siempre es arriesgada y todos los sectarios son prudentes y lúcidos.

No niego tu indignación, pero difiero de tu intolerancia. Creo que ella camufla tu recelo de enfrentar valientemente un mundo tan alocado.

Sientes rabia de ver tanta injusticia no porque ames la justicia, sino porque temes que ella te destruya; te opones a la miseria no porque la consideres un ultraje a la vida y al propio Dios, sino porque genera personas violentas que pueden amenazar a tu familia; rechazas el sufrimiento universal no porque diezme inocentes (tu no crees que existan inocentes en el mundo, ¿no es cierto?), sino porque tanto dolor estorba tu búsqueda de felicidad.

Intenta ser radical, pero no te dejes jamás envolver en el sectarismo.

Se radical en defender la dignidad de hombres y mujeres que reflejan la Imago Dei (Imagen de Dios).

Se radical en despreciar a los señores de la guerra que festejan mientras Roma arde en llamas.

Se radical en denunciar a aquellos que perpetúan sistemas económicos opresores.

Se radical en insistir aplaudiendo a quienes van en un bote contra un petrolero que puede contaminar la playa.

Se radical y no creas que el futuro será la versión domesticada del presente o del pasado.

Se radical contra cualquier ideología que intenta transformar “el futuro en algo preestablecido, una especie de hado o destino irremediable”.

Se radical y no aceptes el discurso reaccionario de que necesitamos domesticar el presente para tener un “futuro predeterminado o fijado inexorablemente”.

Te aconsejo leer “Pedagogía del Oprimido” de Paulo Freire. Él podrá ayudarte a entender la diferencia entre el sectario y el radical.

"La sectarización es siempre castradora por el fanatismo que la nutre. La radicalización, por el contrario, es siempre creadora, dada la criticidad que la alimenta. En tanto la sectarización es mítica, y por ende alienante, la radicalización es crítica y, por ende, liberadora. Liberadora ya que, al implicar el enraizamiento de los hombres en la opción realizada, los compromete cada vez más en el esfuerzo de transformación de la realidad concreta, objetiva".
Por último, no tengas miedo de dar un paso hacia fuera de tu zona de confort; recuerda que los verdaderos artesanos de la historia fueron mujeres y hombres que no se intimidaron con las corrientes que les detenían los pies.

Me despido pidiéndote que medites en una cita más de Paulo Freire:
"El hombre radical, comprometido con la liberación de los hombres, no se deja prender en “círculos de seguridad” en los cuales aprisiona también la realidad. Por el contrario, es tanto más radical cuanto más se inserta en esta realidad para, a fin de conocerla mejor, transformarla mejor".

No teme enfrentar, no teme escuchar, no teme el descubrimiento del mundo. No teme el encuentro con el pueblo. No teme el diálogo con él, de lo que resulta un saber cada vez mayor de ambos. No se siente dueño del tiempo, ni dueño de los hombres, ni liberador de los oprimidos. Se compromete con ellos, en el tiempo, para luchar con ellos por la liberación de ambos".

Si, como afirmáramos, la sectarización es lo propio del reaccionario, la radicalización es lo propio del revolucionario.
Abrazos esperanzados,

Ricardo Gondim

Soli Deo Gloria


Las citas entre comillas son de Paulo Freire en “Pedagogía del Oprimido”, Siglo XXI Editores, 2005.

(N. del T. tengo una versión del libro "Pedagogía del Oprimido" en español, en formato PDF de 275 KB. Es libre y gratuita. Si alguien desea el archivo, favor de enviarme un correo a lgabrielpr@yahoo.com y se lo envío. Gabriel)

14 de junio de 2007

Yo acepto, yo rechazo

por Ricardo Gondim

Aceptar y rechazar siempre fueron dos verbos difíciles para mí. Mi madre me enseñó a no aceptar favores de desconocidos, pues podían tener malas intenciones; luego, aprendí a no rechazar la mano extendida de los amigos, ellos podrían expresar los favores divinos; así que sigo sin discernir en que momentos debo aceptar o rechazar.

Ante todo, necesito decir que ya acepto caminar tomado de la mano de gente que valora las relaciones más allá de la reputación, la lealtad por encima de las censuras sociales; acepto la mirada ingenua del amigo que nada exige y nada promete sino su compañía.

También debo aclarar que rechazo sentarme a la mesa del presuntuoso, aquel que evita entrar en contacto con su propia alma. Reconozco mi inhabilidad para percibir estratagemas, por lo tanto, huiré de los sagaces.

Por ultimo, no quiero forzarme a nada; abandoné el deseo de hacer adeptos, seguidores o discípulos. Deseo ofrecer, tan solamente, mi débil consciencia, mis parcos conocimientos y mis sufridas percepciones de lo divino. Aquellos que lo acepten no necesitan enviarme su contestación (hasta porque obsequio lo que tengo y lo que soy por razones egoístas).

Necesito vaciar lo que considero precioso y que se acumula dentro de mi pecho. A quien no le guste, o no lo acepte, o se sienta molesto con mis inquietudes, basta descender la calzada y caminar hacia el lado opuesto, así no estaremos obligados a vernos cara a cara.

Por más que lo intente, sigo claudicante; no logro resolver enigmas, resolver mis paradojas para cerrar los capítulos de mi historia. Se que soy un hombre maduro, pero reconozco que mi madurez no condice con mi edad.

¡Lo siento! Pero esa es mi cruel comprobación después de todo lo que leí, todo lo que estudié y todo lo que ya oré. Continúo siendo un esbozo en un tablero, una masa sin leudar, un nido abandonado, una sutura mal cicatrizada.

En esa confusión mental, en ese torbellino espiritual y en ese sufrido maratón, busco el valor para optar por el sí o por el no.

No obstante, acepto sonrisas sinceras, abrazos sin pretensiones, mensajes reenviados con mala gramática, pasteles cocinados con cariño y llamadas telefónicas breves, sólo para saber como estoy.

Rechazo amistades gaseosas, textos canónicos, santos fanfarrones, sermones incorregibles, certezas sobre la maldad ajena; en fín, hipérboles religiosas.

Acepto fragilidades no confesadas, discordias leales, criticas honestas, ignorancias sensatas, racionalidades humildes.

Rechazo la pedantería académica, la erudición fingida, el hablar hermético, la sabiduría presumida y los preconceptos intelectuales.

Un día voy a aprender a ser una persona mayor, mientras tanto quiero aprender a vivir. Y eso me basta.

Soli Deo Gloria.

11 de junio de 2007

Mis miedos

por Ricardo Gondim

“En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor” (1º Juan 4:18)

Yo fui un niño lleno de miedo. Temía acostarme en cuartos a oscuras, mirar espejos a media noche, encontrarme con un alma en pena, pasar frente al cementerio de madrugada, escuchar los ruidos del ladrón que robaba gallinas en el patio, ver trabajos de macumba en el cruce de los caminos y tener pesadillas durante el sueño.

Siento que estoy cambiando.

Ya no tengo miedo del diablo y de sus demonios. Aprendí que ellos fueron derrotados en el Calvario, y los evangelios nos mandan a no temer a quien sólo puede matar el cuerpo.

Temo a mi corazón, que todavía no conquisté. Continúo sorprendido de la manera en que él sigue encantado con el aplauso fácil del adulador y con su capricho ante las pasiones más irresponsables.

Ya no tengo miedo del tiempo, enemigo feroz que devora todo y a todos. Descubrí que no puedo estancarlo y que me arrastrará inexorablemente a la cueva de la muerte.

Temo no darme cuenta, en el presente huidizo, de la mirada suplicante del amigo; la comida sagrada donde no se reparte sólo el pan; el día lluvioso que llama a la calma; el aroma de la alegría en el café caliente de la mañana.

Ya no le temo a la oscuridad, cobertor nocturno que esconde la luz. Aprendí a convivir con tinieblas las diversas veces que lloré en las Unidades de Terapia Intensiva de los hospitales, en los absurdos velorios de adolescentes y en el silencio de Dios, escondido cuando le pedí un milagro.

Temo la falta de transparencia en el hablar afable del cínico, el oscuro oportunismo del amigo desleal y la ceguera del intolerante.

Ya no le tengo miedo a la violencia, residuo de nuestra naturaleza salvaje. No me siento amenazado por la industria bélica, el rostro impávido de los generales no me aterra, la amenaza del terrorista enloquecido no me intimida y quienes se alegran en derramar sangre inocente no me espantan.

Temo la complacencia del rico, la pusilanimidad del indolente, la indiferencia del poderoso, la negligencia del afortunado y el cinismo del astuto.

Ya no tengo miedo del futuro infierno, lugar medieval donde eternamente se castiga a los pecadores.

Temo al ambiente asfixiado de odio que transforma el hogar en un calabozo; al diálogo acusatorio que destruye la honra inocente; a la inhumanidad que aliena a los desdichados y discrimina a los discapacitados.

Ya no tengo miedo de Dios, padre amoroso y comprensivo de mis innumerables limitaciones.

Temo a los ídolos crueles que obran según la lógica de la retribución, implacables con el drama humano; dioses que inventé y que creí capaces de ayudarme a dirigir mi breve peregrinación por la vida.

No, no perdí mis miedos. Sigo temiendo, pero visitado por el amor de Dios hecho fuera los temores infantiles.

Soli Deo Gloria.

6 de junio de 2007

Pistas para una espiritualidad liberadora

por Ricardo Gondim

Dios nos concedió la vida y con ella una dádiva extraordinaria: libertad. Los hijos de Dios fueron llamados a cumplir el propósito último de la creación alcanzando una independencia semejante a la de Jesucristo. Él usó su libertad para hacer el bien, sometiéndose voluntariamente a Dios. Caminar libre es caminar responsablemente, rechazar la condición de subordinado y no dejarse conducir con correas. Solamente los libres reconocen su dignidad humana creada a imagen de Dios y, sin servilismo, no bajan la cabeza ante los opresores.

Los religiosos también han intentado humillar a sus seguidores. A lo largo de la historia el clero ha montado estructuras con el objetivo de esclavizar a través de la intimidación, el terror y la muerte. Aterrorizaban porque amenazaban con maldiciones divinas. Sin embargo, es posible andar prevenidos contra aquellos que se atreven a manipular y oprimir en nombre de Dios.

1. Cuidado con instituciones que prometen desgracias para quienes se desvinculan de ellas. Una organización que necesita resguardar la lealtad de sus miembros con intimidación, se inspira en el diablo. Dios no propone que sus relaciones se basen en el soborno o la coerción.

2. Cuidado con los líderes que intentan defender sus posiciones proclamando hacer recibido una unción especial del cielo. Ellos se creen incuestionables. Sin embargo, entre los humanos nadie habla “ex cátedra” porque ninguna profecía es de particular interpretación.

3. Cuidado con cualquier revelación misteriosa, que no puede ser debatida. No acepte el estigma de rebelde sólo porque buscó comprender una determinada doctrina. Una persona no puede ser considerada insumisa cuando pregunta con motivaciones genuinas. Un culto legítimo necesita de racionalidad.

4. Cuidado con las nuevas verdades que, de tan inéditas, ni siquiera los apóstoles las percibieron. Todo concepto nuevo debe producir una sensación de ya ser conocido, pero que puede necesitar de mayor explicación o sistematización. Toda gran herejía nació de personas que se creyeron profetas de oráculos inéditos.

5. Cuidado con prácticas que sólo suceden en lugares de puertas cerradas. Las experiencias religiosas en ambientes secretos tienden a la promiscuidad o al autoritarismo. No merece credibilidad quien necesita esconder lo que practica por miedo a la exposición. Dios es luz, y desea que se anuncien sus verdades desde arriba de las azoteas.

6. Cuidado con los líderes que se envanecen con sus títulos y gustan de tratos formales. Jesús rechazó la vulgar adulación de las personas y enseñó que sus seguidores no podían llamar a nadie de maestro, pues solamente Dios merece una honra como esa.

7. Cuidado con organizaciones que se estructuran con jerarquías de poder. El reino de Dios no funciona como los gobiernos del mundo, donde los fuertes comandan. Iglesias que valoran rangos e incentivan la oposición política forman liderazgos domesticados, que siempre coinciden con los influyentes que están arriba. Los que desean “llegar a la cima” corren el riego de vender la propia alma.

8. Cuidado con los líderes que aman el dinero, principalmente los que se enriquecieron. Ellos se sienten merecedores de lo mejor, sueñan con proyectos faraónicos y usan la lógica maquiavélica de que el fin justifica los medios. Crean costosas estructuras, carentes de un volumen absurdo de recursos, y luego no saben si adoran para recaudar o si recaudan para seguir adorando. Jesús ya dio vuelta las mesas de instituciones como esas.

9. Cuidado con iglesias que poseen un grupo privilegiado en lo alto de su estructura. Esa elite blinda al líder de convivir con el pueblo y él termina deshumanizado, pues pierde contacto con la realidad de la vida y no oye críticas; ni siquiera nota que sus aduladores sólo quieren preservar sus privilegios.

10. Cuidado con mensajes que enfatizan exageradamente la culpa. Un legalista necesita de personas que nunca se sienten libres. Él no cree en la madurez cristiana, capitaliza con la incoherencia humana y tiraniza sus auditorios. Evangelio significa buena noticia y debe generar ambientes agradables, nunca paranoicos.
Hace más de dos mil años Juan amonestó a sus lectores que debían poner a prueba los espíritus. Nunca hemos necesitado seguir su consejo tanto como ahora.

Soli Deo Gloria.

“Queridos hermanos, no crean a cualquiera que pretenda estar inspirado por el Espíritu, sino sométanlo a prueba para ver si es de Dios, porque han salido por el mundo muchos falsos profetas.”
(1º Juan 4:1)

1 de junio de 2007

Mi cautela contra la soberbia

por Ricardo Gondim

De vez en cuando, sobresaltado, descubro que soy un terrible enemigo de mí mismo. Asombrado, percibo que me recosté en una cama tejida de laureles, embriagado con el mosto barato de mis escasas conquistas.

Me doy cuenta de la ansiedad mesiánica que creé para convencerme que mis ideas eran concluyentes. Hice una lectura absolutista de la vida, me sentí agraciado con una fina sensibilidad para escuchar la voz audible de Dios y ser su profeta preferido.

En ese embotamiento narcisista, manipulé los mecanismos de autocensura buscando mantenerme en alta estima dentro del sistema religioso. Logré alienarme de la capacidad de cuestionar, anticipé el discurso preferido del grupo y así perdí mi energía creativa. Me sentí contento al repetir tediosamente el producto del pensamiento ajeno. Alquilé mi conciencia, aplastado por el imperativo de la supervivencia. Luego, envanecido, terminé vendiendo mi alma como la prostituta hace con su cuerpo.

Y para maquillar esta condición patética, busqué atribuir autoridad absoluta a mis verdades condenando a quienes no aceptaran cabestros tan estrechos. Me ahogué en pequeños pozos de agua y defendí ortodoxias que ni sabía definir correctamente.

Aprendí a mantenerme solidario a las ideas más que a las personas. Atrincherado en las plataformas de la retórica, pronuncié conceptos y vociferé discursos invertebrados. Supe mantener mi corazón protegido de la gente, llenando mi mente con ideas renovadoras. Preferí esconderme detrás de una biblioteca y regurgitar frases de impacto a exponerme delante de aquellos que podían herir mi egoísmo.

Lamento que me haya inspirado en lo que la religiosidad tenía para alimentar mi presunción. Me fortalecí comiendo ese pan mohoso, pero desaprendí a llorar delante del gran drama humano; juzgué precipitadamente a los débiles y fui lento en dar espacio para que mi prójimo viviese sus contingencias. Mi actitud implacable no era más que un recurso para esconder mis crisis espirituales.

Sin comprender que la fe nace de la incertidumbre, intenté acomodar mis convicciones espirituales en las categorías más exactas. Viví una hipocresía velada sin lograr admitir mis dilemas y sin poder revelarlos. Temía que los religiosos me juzgaran como un débil que había perdido su alma.

Estoy aprendiendo a descansar en la gratuidad del amor de Dios. Siento que no necesito probarme ante Él y ante nadie.

Los traumas que viví en los pasillos eclesiales son dolorosos; hay mucho que volver a aprender. Ahora, por lo menos, me veo más libre y menos riguroso conmigo y con mi prójimo. Ando más consciente que vivir es tan complejo que puedo contar con la paciencia comprensiva de Dios mientras celebro mi existencia como esposo, padre, hermano y amigo.

Soli Deo Gloria.